¿Adónde me iré de Tu Espíritu, O adónde huiré de Tu presencia? — Salmos 139:7
Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en Mí y Yo en él, ése da mucho fruto, porque separados de Mí nada pueden hacer. — Juan 15:5
Resumen: A menudo nos preguntamos dónde está Dios, pero la Escritura revela Su presencia de dos maneras profundas: Su naturaleza ineludible y que lo abarca todo, y Su conexión íntima y moradora. Nunca podemos escapar de Su mirada universal, ya que Él sostiene activamente toda la existencia y ve todo lo que hacemos. Sin embargo, Su vida especial y salvadora fluye únicamente a través de Cristo, exigiéndonos que permanezcamos activamente en Él por el Espíritu Santo para dar fruto espiritual. Vivir "Coram Deo" significa que somos sostenidos en Su dominio ineludible y, por la fe, abrazados por un Salvador que mora en nosotros, transformando el temor al juicio en la alegría de una relación profunda y una verdadera fecundidad. Esta verdad nos invita a dejar de huir y, en cambio, a escondernos *en* Dios, experimentando plenamente Su amor, gracia y poder.
Los creyentes a menudo se preguntan dónde está Dios, buscando Su presencia tanto en la comodidad como en el desafío. Las Escrituras revelan una verdad profunda y multifacética sobre la presencia de Dios, presentando dos modos distintos pero armoniosos: Su presencia universal e ineludible y Su presencia íntima y moradora. Comprender esta dualidad transforma nuestro caminar de fe, ofreciendo un profundo consuelo y un claro llamado a vivir en unión con Él con propósito.
Primero, nos encontramos con la **presencia ineludible y que lo abarca todo de Dios. Imaginemos intentar escapar del Espíritu de Dios o huir de Su mirada—es un intento inútil. No importa adónde vayamos, desde los cielos más altos hasta las partes más profundas de la tierra, desde los confines del amanecer hasta los límites más lejanos del mar, Dios está allí. Ni siquiera la oscuridad puede escondernos de Él, porque para Él, la noche es tan luminosa como el día. Esta no es una fuerza vaga e impersonal, sino la presencia activa y personal del Creador. Él está presente en todas las cosas en virtud de Su poder, sustentando su propia existencia. Cada aliento que tomamos, cada pensamiento que concebimos, cada rincón del universo—todo es sostenido bajo Su inmediata supervisión. Para los justos, esta presencia universal trae un inmenso consuelo, asegurándonos que nunca estamos verdaderamente solos, incluso en nuestro sufrimiento más profundo o en nuestros momentos más oscuros. Para aquellos que se rebelarían, sirve como un solemne recordatorio de que no hay lugar oculto para el pecado; todo está al descubierto ante la divina faz. Nuestro propio ser, tejido por Sus manos, habla de una dignidad y un valor inherentes otorgados por nuestro Creador, independientemente de nuestros logros.
Segundo, descubrimos la íntima y moradora presencia de Dios, una conexión vital ofrecida únicamente a través de Cristo. Mientras que Dios está universalmente presente, hay una vida especial y salvadora que fluye exclusivamente a través de la unión con Jesús, la Vid Verdadera. Esta presencia íntima es condicional, exigiéndonos que "permanezcamos" en Él. Permanecer significa residir, morar y continuar en una relación firme, como una rama conectada vitalmente a su vid. Esta conexión no es meramente externa, sino una morada mutua: nosotros estamos en Cristo, y Él en nosotros, por el poder del Espíritu Santo. El Espíritu actúa como la savia misma, comunicándonos la vida de Cristo, capacitándonos para dar fruto—el fruto espiritual de amor, gozo y paz, y el fruto de un servicio y testimonio efectivos. Sin esta conexión viviente, no podemos hacer nada de valor eterno. Nuestros esfuerzos, por nobles que sean a los ojos del mundo, carecen de la vida y el propósito divinos que conducen a una genuina fecundidad espiritual. La clara advertencia aquí es: una rama separada de la vid se marchita y eventualmente es cortada. Esto habla de una muerte espiritual, un rompimiento del flujo vivificante de Cristo, incluso mientras uno todavía pueda existir en la presencia universal de Dios como criatura.
Uniendo estas dos verdades, entendemos que los creyentes están llamados a vivir Coram Deo**—ante el rostro de Dios. Somos criaturas sostenidas en el dominio ineludible de Dios, maravillosamente hechas e íntimamente conocidas por Él. Este conocimiento no es solo una fuente de consuelo en el sufrimiento, sino también un llamado a una profunda integridad, sabiendo que ninguna parte de nuestra vida está oculta a Su vista. El mismo Espíritu que nos tejió en el vientre ahora desea morar en nosotros, haciendo de la presencia salvadora de Cristo una realidad vibrante en nuestro interior. El temor de ser conocidos por un Juez omnipresente se transforma en la alegría de ser abrazados por un Salvador que mora en nosotros.
Para nosotros, como creyentes, esta síntesis ofrece una rica edificación:
En última instancia, no podemos escapar de Dios, y en Cristo, somos invitados a dejar de huir y, en cambio, a escondernos en Dios. El hecho objetivo de Su presencia universal se convierte en el fundamento de nuestra experiencia subjetiva de Su amor, gracia y poder que mora en nosotros. Esta verdad nos libera para vivir plenamente, sabiendo que somos completamente conocidos, profundamente amados y eternamente sostenidos por nuestro magnífico Dios.
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