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Del lodo cenagoso a la Roca Firme: El rescate soberano del Dios-Hombre

Esperé pacientemente al SEÑOR, Y El se inclinó a mí y oyó mi clamor. Salmos 40:1
El enfermo Le respondió: "Señor, no tengo a nadie que me meta en el estanque cuando el agua es agitada; y mientras yo llego, otro baja antes que yo." Juan 5:7

Resumen: Estamos atrapados en una condición humana donde el auto-rescate es imposible, haciendo que los sistemas religiosos y el esfuerzo personal sean completamente fútiles. No necesitamos una escalera para salir ni una ventaja competitiva; necesitamos que el Dios Soberano se extienda hacia nuestra desesperación. Jesús nos encuentra en nuestra impotencia, no para ayudarnos a ayudarnos a nosotros mismos, sino para sustituir Su fuerza por nuestra debilidad y hablar vida a nuestras almas. Abandonemos, pues, los "estanques" de este mundo y confiemos únicamente en Cristo, permitiendo que Su graciosa liberación desborde en un nuevo cántico de alabanza.

La narrativa bíblica nos presenta dos profundos retratos de la desesperación humana: un hombre atrapado en un pozo de lodo rugiente y otro hombre paralizado junto a un estanque de superstición. Estos dos relatos, que abarcan siglos, convergen para enseñarnos una verdad singular y vital: la humanidad está atrapada en una condición de la cual el auto-rescate es imposible, y la salvación se encuentra solo en la intervención del Dios Soberano.

La disciplina espiritual de la espera

A menudo confundimos la espera con una demora pasiva, una pérdida de tiempo mientras esperamos que las circunstancias mejoren. Sin embargo, la antigua comprensión hebrea revela que la verdadera espera es una disciplina espiritual activa y vigorosa. Es el acto de unirse al Señor, como un escalador confía en la resistencia a la tracción de una cuerda. Esto no es una resignación al destino, sino un asirse desesperado y clamoroso al carácter de Dios.

En marcado contraste, vemos la tragedia de la resignación pasiva en el hombre del estanque. Su espera se había osificado en una parálisis de décadas, no solo de sus miembros sino de su espíritu. Él no se estaba uniendo a Dios; estaba obsesionado con un lugar y un evento supersticioso: el movimiento del agua. Esto nos desafía a examinar el objeto de nuestra propia esperanza: ¿Estamos entrelazando activamente nuestras vidas con el Creador, o estamos esperando ociosamente un golpe de suerte o un cambio en las circunstancias?

La trampa de la religión versus el rescate de la gracia

Tanto el pozo como el estanque representan trampas. El pozo crea una situación de "falta de tracción", donde cuanto más se lucha, más profundo se hunde uno en el lodo. Esta es una imagen de la incapacidad total del alma humana para salir del pecado.

El estanque, sin embargo, representa otro tipo de trampa: un sistema de competencia despiadada. La creencia de que la curación estaba reservada para la primera persona que entrara al agua creó una teología de "supervivencia del más apto". Favorecía a los fuertes y a los rápidos, dejando a los débiles sin esperanza. Los pórticos circundantes, a menudo interpretados como representantes de la Ley, podían albergar a los enfermos y definir su diagnóstico, pero no poseían poder para sanarlos.

Esto expone la futilidad del legalismo religioso y del esfuerzo humano. Ya sea que estemos atrapados en el lodo de nuestros propios fracasos o tendidos en la estera de la comparación religiosa, somos igualmente indefensos. No necesitamos una escalera para salir; necesitamos un Salvador que se extienda para rescatarnos.

El dilema del "Ningún Hombre" y la solución del Dios-Hombre

El corazón de la crisis humana se expresa en el lamento del hombre paralítico: no tenía a nadie que lo ayudara. Su cosmovisión era completamente horizontal; creía que su salvación dependía de un mediador humano que lo llevara a la fuente de poder. Se sentía abandonado porque le faltaba un patrón o un siervo.

La profunda ironía radica en el hecho de que, mientras él se quejaba de no tener a nadie, el Dios-Hombre estaba directamente delante de él. Aquel mismo que había venido a hacer la voluntad del Padre —Aquel de quien estaba escrito en los rollos antiguos— estaba presente para ofrecer una esperanza mejor. Jesús no vino para ayudar al hombre a competir por el agua; Él vino para ser el Agua Viva. No funcionó como un cargador para arrastrar al hombre al estanque; Él actuó como el Creador que manda la vida.

Cristo responde a nuestro clamor de soledad no ayudándonos a ayudarnos a nosotros mismos, sino sustituyendo Su fuerza por nuestra debilidad. Él es el Varón de Dolores que entró en el pozo definitivo de la muerte para que nosotros pudiéramos ser elevados a las alturas de la vida.

El mecanismo de la gracia soberana

El contraste entre las dos narrativas resalta la diferencia entre las obras y la gracia. El estanque exigía esfuerzo: uno tenía que bajar y llegar primero. El Salvador, sin embargo, emitió un mandato que no requería agua ni competencia. La sanidad fue inmediata, completa y soberana.

Esta es la naturaleza del Evangelio. Dios no espera que ganemos tracción en el lodo; Él nos levanta. No nos pide que ganemos una carrera hacia el agua; Él habla una palabra de vida a nuestras almas muertas. Él entra en el tiempo y el espacio de nuestro sufrimiento, tomando nuestra parálisis sobre Sí mismo y dándonos Su justicia.

Un llamado a un nuevo cántico

Quizás la lección más aleccionadora reside en las consecuencias de la liberación. El salmista, al ser rescatado, irrumpió en un nuevo cántico. Su gratitud desbordó en testimonio público, haciendo que muchos vieran, temieran y confiaran en el Señor. Su liberación se convirtió en un catalizador para un avivamiento comunitario.

En trágico contraste, el hombre del estanque respondió con ingratitud y letargo espiritual. Aceptó la sanidad pero ignoró al Sanador, eventualmente entregándolo a las autoridades para protegerse a sí mismo. Estaba físicamente sano pero permanecía espiritualmente enfermo.

Esto sirve como advertencia a todo creyente. Es posible experimentar las bendiciones de Dios sin ofrecer la adoración debida a Dios. Estamos llamados a ser como el salmista —a dejar que nuestro rescate conduzca a un nuevo cántico. Cuando nuestros pies están puestos sobre la Roca, nuestras bocas deben llenarse de alabanza. No debemos conformarnos con el mero alivio de nuestros problemas; debemos perseguir a la Persona que los resolvió.

En última instancia, se nos invita a abandonar los "estanques" de este mundo —nuestra dependencia de sistemas, personas y el esfuerzo propio— y a confiar únicamente en el Hombre, Jesucristo. Solo Él puede levantarnos del lodo cenagoso y establecer nuestros pasos, dándonos un cántico que el mundo no puede silenciar.