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La victoria de Elías sobre los profetas de Baal y su oración por lluvia revelan una gran fe y un anhelo de avivamiento nacional. Sin embargo, después de estos milagros, la amenaza de Jezabel lo atemorizó y lo llevó a abandonar el lugar que Dios le había asignado. Agotado y desanimado, huyó al desierto y se escondió en una cueva; finalmente, se defendió culpando a otros y adoptando una mentalidad de víctima. Dios respondió primero atendiendo con ternura sus necesidades físicas y luego hablándole, no mediante el viento, el terremoto ni el fuego, sino por medio de un suave susurro. No debemos considerar que toda lucha es demoníaca; a veces necesitamos descanso y cuidados prácticos. Tampoco debemos escondernos detrás de la religiosidad, el desánimo, la ira o la culpa. Todos fallamos, pero Dios nos llama amorosamente a salir de la cueva para que podamos reconocer con sinceridad nuestra responsabilidad y recibir restauración. Su llamado no se cumple automáticamente: debemos decir que sí con valentía, permanecer donde él nos ha puesto a menos que nos indique que nos vayamos y confiar en que él nos fortalecerá para que sus propósitos se cumplan por medio de nuestra vida.
El amor de Dios es el corazón del evangelio: Él dio a su Hijo para que las personas crean, sean salvas y reciban la vida eterna. Sin embargo, muchas aún tienen poco o ningún acceso a esta buena noticia, mientras que nosotros podemos pasar fácilmente por alto el hambre espiritual que nos rodea. No solo tenemos el privilegio de enviar misioneros; cada uno de nosotros es enviado a compartir a Cristo con personas que pueden parecer seguras, pero que siguen sin tener una esperanza verdadera.
Debemos ofrecer la Palabra con amor, sin presión ni condenación. Somos responsables de sembrar fielmente la buena semilla, pero no de la condición ni de la respuesta del corazón de otra persona. El rechazo no debe desanimarnos, pues incluso el mensaje de Jesús fue rechazado, y algunos corazones solo se ablandan después de sembrar con perseverancia.
La fe determinada busca llegar a Jesús aun cuando la multitud, la demora o las circunstancias parezcan cerrar el camino. Para avanzar debemos vencer cinco obstáculos. Primero, el temor, que paraliza e impide actuar; frente a él necesitamos creer. Segundo, la idea de que Dios tiene favoritos: él ama a todos por igual, aunque derrama su bendición sobre quienes se acercan y lo buscan con confianza. Tercero, desconocer el corazón del Padre: Dios está pendiente de cada detalle, conoce nuestros deseos y se deleita en responder, por lo que debemos apartar la mirada del problema y volverla hacia él. Cuarto, usar mal nuestras palabras; no se trata de negar las luchas, sino de hablar conforme a la Escritura, reconociendo la dificultad y confesando a la vez la ayuda y el poder de Dios. Finalmente, una respuesta distinta de la esperada puede herir nuestra fe. Aunque no entendamos sus propósitos, no debemos instalarnos en la duda, sino confiar nuevamente en su bondad y poner en sus manos nuestro pasado, presente y futuro, creyendo que usará aun las experiencias dolorosas para bien.
Todo lo que hacemos para Dios carece de valor si no nace del amor. No basta profetizar, tener fe, dar bienes o sacrificarnos: nuestras obras son consideradas según la motivación del corazón. El amor verdadero no es fingido ni se limita a un sentimiento; se manifiesta en palabras, hechos y actitudes, y junto con el perdón constituye un arma poderosa para derribar barreras y sanar vidas.
Estamos llamados a amar a tres grupos. Primero, a los creyentes, aunque seamos imperfectos y las relaciones cercanas produzcan heridas y conflictos. Dios puede usar esos “martillos” para quebrantar nuestro orgullo y formar nuestro carácter. Segundo, debemos amar a quienes no conocen a Cristo, sin aprobar el pecado ni exigirles que vivan como creyentes, mostrando con nuestra vida la fragancia de Cristo. Tercero, hemos de amar, bendecir, hacer bien y orar incluso por nuestros enemigos; el perdón puede restaurar tanto a víctimas como a ofensores.

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