Sal de la Cueva

Susan Combs

Autor

Susan Combs

Resumen: La victoria de Elías sobre los profetas de Baal y su oración por lluvia revelan una gran fe y un anhelo de avivamiento nacional. Sin embargo, después de estos milagros, la amenaza de Jezabel lo atemorizó y lo llevó a abandonar el lugar que Dios le había asignado. Agotado y desanimado, huyó al desierto y se escondió en una cueva; finalmente, se defendió culpando a otros y adoptando una mentalidad de víctima. Dios respondió primero atendiendo con ternura sus necesidades físicas y luego hablándole, no mediante el viento, el terremoto ni el fuego, sino por medio de un suave susurro. No debemos considerar que toda lucha es demoníaca; a veces necesitamos descanso y cuidados prácticos. Tampoco debemos escondernos detrás de la religiosidad, el desánimo, la ira o la culpa. Todos fallamos, pero Dios nos llama amorosamente a salir de la cueva para que podamos reconocer con sinceridad nuestra responsabilidad y recibir restauración. Su llamado no se cumple automáticamente: debemos decir que sí con valentía, permanecer donde él nos ha puesto a menos que nos indique que nos vayamos y confiar en que él nos fortalecerá para que sus propósitos se cumplan por medio de nuestra vida.

Primera de Reyes 18; quizá conozcan la historia. Trata del profeta Elías desafiando a los profetas de Baal durante una época en la que el pueblo de Israel había dejado de adorar a Yahvé y, en cambio, adoraba ídolos. Así que Elías organiza una competencia, un desafío para los profetas de Baal. Dice: «Ahora veremos quién es el Dios verdadero. Ustedes pueden preparar su propio altar para Baal y clamar a él para que su dios Baal envíe fuego sobre este altar, y yo construiré un altar al Señor, a Yahvé, e invocaré su nombre, y veremos quién responde con fuego». Y eso es exactamente lo que sucede: los profetas de Baal construyen su altar y pasan toda la mañana y todo el día clamando a su dios para que responda con fuego. Entonces vemos que Elías empieza a meterse un poco con ellos, empieza a burlarse de ellos y dice: «Quizá su dios está tomando una siestecita».

Entonces Elías dice: «Muy bien, ya basta de eso; ahora es mi turno». Así que les ordena construir el altar al Señor, y sabemos que clama al Señor. Estaremos, pues, en Primera de Reyes, capítulo 18, comenzando en el versículo 36.

«…A la hora del sacrificio, el profeta Elías se adelantó y oró: “Señor, Dios de Abraham, de Isaac y de Israel, que hoy se sepa que tú eres Dios en Israel, que yo soy tu siervo y que he hecho todas estas cosas por mandato tuyo. Respóndeme, Señor, respóndeme, para que este pueblo sepa que tú, Señor, eres Dios y que estás haciendo volver de nuevo su corazón”. Entonces cayó fuego del Señor y consumió el sacrificio, la leña, las piedras y la tierra, y también lamió el agua de la zanja. Cuando todo el pueblo vio esto, se postró y gritó: “¡El Señor es Dios! ¡El Señor es Dios!”. Entonces Elías les ordenó: “Apresen a los profetas de Baal. Que no escape ninguno”. Los apresaron, y Elías hizo que los llevaran al valle de Cisón, donde los degolló».

Aquí, en este pasaje, vemos el anhelo de Elías y el propósito por el cual hizo todo esto. Clamaba por un avivamiento nacional. ¿Cuántas personas aquí quieren ver un avivamiento nacional? El pastor Roberto hablaba de ello antes. Queremos ver un avivamiento a nivel nacional. Él declara su propósito: «Señor, que sepan que tú eres el Señor, que yo soy tu siervo y que he hecho todas estas cosas por mandato tuyo. Respóndeme para que este pueblo sepa que tú eres Dios y que estás haciendo volver de nuevo su corazón». Para que la nación supiera quién es Dios. Para que la nación viera quién es Dios.

Y Dios no respondió de cualquier manera. Envió fuego no solo para consumir el sacrificio, sino también las piedras sobre las cuales se había colocado el sacrificio, la leña y el agua que se había vertido sobre el sacrificio y que había llenado la zanja a su alrededor. El fuego lo consumió todo. El Señor hizo exactamente lo que Elías le pidió. Ahora todo estaba listo; el escenario estaba preparado para un avivamiento nacional. Ahora Dios hace otro milagro, comenzando en el versículo 41, la segunda parte de la historia.

«…Y Elías le dijo a Acab: “Ve, come y bebe, porque se oye el sonido de una lluvia torrencial”. —Había habido una hambruna—. Así que Acab se fue a comer y beber, pero Elías subió a la cumbre del Carmelo, se inclinó hasta el suelo y puso el rostro entre las rodillas. “Ve y mira hacia el mar”, le dijo a su siervo. Él subió y miró. “No hay nada”, dijo. Siete veces dijo Elías: “Vuelve”. La séptima vez, el siervo informó: “Del mar está subiendo una nube tan pequeña como la mano de un hombre”. Entonces Elías dijo: “Ve y dile a Acab: ‘Engancha tu carro y desciende antes de que la lluvia te detenga’”. Mientras tanto, el cielo se oscureció con las nubes, se levantó el viento, comenzó a caer una lluvia torrencial y Acab partió en su carro hacia Jezreel».

Y aquí vemos a un gran hombre de Dios, un hombre de fe, un hombre que no daba un paso sin consultar primero al Señor, un hombre íntegro que amaba al Señor con todo su corazón. Ora dos veces y Dios hace dos grandes milagros. Primero el fuego, y luego, después de tres años y medio de sequía, Elías oró y llovió.

Ahora vamos a ver el lado humano de Elías. En el versículo 46, leamos esto juntos en inglés y en español, en voz alta.

«…El poder del Señor vino sobre Elías y, ciñéndose el manto a la cintura, corrió delante de Acab durante todo el camino hasta Jezreel».

¿Qué hacía un santo profeta de Dios corriendo al lado del carro de un rey pagano? ¿Por qué se unió a él en ese momento? Y cuando contemplamos la vida de los profetas y luego observamos cómo son las cosas hoy en día, ¿por qué todo el mundo quiere ser profeta o apóstol? Porque cuando de verdad examinamos la vida de los profetas en la Biblia o la de los apóstoles en el Nuevo Testamento, las cosas no fueron precisamente fáciles para ellos; fue duro. Vivían aislados durante largos períodos. Vemos a Elías una y otra vez en el desierto, completamente solo, alimentado por los cuervos. Tenía una relación preciosa con Dios, pero creo que quizá también le faltaban un poco las relaciones interpersonales. Y quizá necesitaba y carecía de la sensación de aprobación de otros seres humanos.

Así que, en este caso, antes de correr no consulta primero al Señor. Y eso llama la atención porque, cuando uno contempla la vida de Elías, ve que cada vez que va a hacer algo, primero ora, primero consulta al Señor. El Señor le hablaba y luego él actuaba. Pero aquí no. Y me pregunto, conociendo la naturaleza humana, si en este caso simplemente pensaba para sus adentros: «Ahora voy a demostrarlo». El fuego había caído de manera impresionante. Había llovido después de tres años y medio. Impresionante. Tal vez pensó: «Ahora la gente tendrá que aceptarme». Así que corre junto a Acab durante todo el camino hasta la ciudad de Jezreel, pero quizá no vaya a encontrar allí nada bueno.

Capítulo 19, versículos 1 y 2.

«Acab le contó a Jezabel todo lo que Elías había hecho y cómo había matado a espada a todos los profetas. Entonces Jezabel envió un mensajero a Elías para decirle: “Que los dioses me castiguen con toda severidad si mañana a esta hora yo no he hecho con tu vida lo mismo que con la de uno de ellos”».

Ahora se encuentra en una situación difícil, pero no imposible. Acaba de ver caer fuego del cielo, acaba de ver venir lluvia del cielo, y ahora Jezabel lo amenaza. ¿Cómo responderá nuestro héroe de la fe a esta amenaza? Versículo 3; leámoslo todos juntos, en inglés y en español, en voz alta.

«…Elías tuvo miedo y huyó para salvar la vida. Cuando llegó a Berseba de Judá, dejó allí a su siervo».

¿Qué pasó con el avivamiento? ¿Y qué pasó con el milagro que Dios había hecho por medio de él? ¿Qué pasó con la posición que Dios le había asignado en la nación? Si nos ponemos en el lugar del pueblo de Israel en aquel momento, imagínense: habían visto a este héroe de la fe clamar y vieron caer fuego del cielo; lo vieron clamar otra vez y vieron caer lluvia del cielo. El pueblo gritó a una voz: «Este es el Dios verdadero, el Señor». Allí decía: «Este es el Dios verdadero».

Y ahora este gran héroe de la fe se levanta y huye. El Señor nos ha asignado una posición, unas tareas, como el círculo en el que nos desenvolvemos. Dios los ha asignado a ciertos lugares, ciertas situaciones y ciertas posiciones en la vida y en la sociedad. El propósito de Dios al ponerlos allí es que resplandezcan, pero esos lugares no siempre son fáciles y, a veces, quizá queramos ser como Elías y huir.

¿Cuántos tienen trabajos difíciles? ¿Cuántos están en un ambiente muy secular, rodeados de oscuridad? ¿Cuántos estudian en escuelas donde hay mucha oscuridad? ¿Cuántos podrían estar en familias de las que, de vez en cuando, quisieran huir? Puede suceder. ¿Cómo vamos a reaccionar? ¿En la vida de cuántos de los aquí presentes ha hecho Dios grandes milagros? También en la de él, pero al parecer olvidó el fuego y el agua. Cuando Jezabel lo amenazó con sus palabras, todas aquellas victorias simplemente se desvanecieron. Ante un gran desafío no tuvo miedo, pero ante uno menor se vino abajo.

¿Cuántos, si dejamos a un lado toda nuestra religiosidad y somos sinceros, dirían: «¿Saben qué? Eso también me pasa a mí»? Él sale huyendo. Versículo 4.

«…Mientras tanto, el propio Elías se internó en el desierto y caminó durante un día. Llegó hasta una retama, se sentó debajo de ella y pidió morir. “Ya he tenido suficiente, Señor”, dijo. “Quítame la vida, pues no soy mejor que mis antepasados”».

Si de verdad quería morir, entonces ¿por qué huía de Jezabel? Ella se habría encargado del asunto por él, ¿verdad? Así que, obviamente, en realidad no quería eso. En ese momento estaba emocionalmente fuera de control. Creo que quizá aquí se estaba dando cuenta de verdad de la gravedad de su error, de su equivocación, porque había abandonado una posición en la que Dios lo había colocado para provocar un avivamiento nacional. Por eso dice: «Ya basta, Señor; no soy mejor que mis antepasados. Solo quiero morir».

Estaba destrozado. Ahora bien, estar quebrantado puede ser una buena posición, porque cuando estamos destrozados es cuando Dios se inclina, nos levanta y nos restaura. Más adelante, en los versículos 5 al 7, leeremos esto otra vez juntos.

«…Entonces se acostó debajo de la retama y se quedó dormido. De pronto, un ángel lo tocó y le dijo: “Levántate y come”. Miró a su alrededor y allí, junto a su cabeza, había un pan cocido sobre brasas y una jarra de agua. Comió y bebió, y después volvió a acostarse. El ángel del Señor regresó por segunda vez, lo tocó y le dijo: “Levántate y come, porque el viaje es demasiado para ti”».

Así que aquí está Elías; le ha fallado al Señor de una manera tremenda. Y Dios viene y no lo reprende ni lo regaña. La manera en que Dios trata a Elías me derrite el corazón cuando veo la ternura de Dios hacia él. Había cometido un gran fracaso, había abandonado su puesto, y a lo largo de tres versículos se dice una y otra vez que Dios lo ayuda a dormir, envía un ángel para que le prepare comida y restaura su alma. Cuida de él físicamente; estaba exhausto. Había corrido por el desierto con sus propias fuerzas; estaba agotado emocional y físicamente.

A veces, cuando estamos agotados, reprendemos a los demonios del agotamiento. No les ocurrirá a ustedes como me ocurrió a mí. Hace años teníamos un piano viejo en mi apartamento, y yo estaba sentado a la mesa del comedor, quizá a unos cuantos pasos del piano. Estaba solo en casa, y el piano empezó a tocar. Yo miraba el piano, y el piano estaba tocando. Y pensé: «Es un demonio que intenta asustarme, pero no voy a dejar que me asuste; voy a ignorarlo». Seguí estudiando y preparando mi mensaje, y el piano continuó tocando. Me cansé, así que me levanté para reprender a aquel demonio que tocaba el piano, pero antes de reprenderlo pensé: «Voy a echar un vistazo aquí debajo de la tapa». Abrí la tapa y había un ratón dentro del piano. Se comía aquellas distintas cosas, tiraba de ellas y producía sonidos con esas cuerdas. Yo estaba a punto de reprender a un demonio y no era más que una ratita de avivamiento que intentaba tocar música, alabando al Señor con el piano. Digan: «Miren, hay demonios, pero no todo es un demonio».

Así que el Señor atiende de una manera hermosa las necesidades físicas de Elías. Díganle a alguien que tengan cerca: «Tenemos que cuidar este templo del Espíritu Santo». En el versículo 8 dice:

«…Así que se levantó, comió y bebió. Fortalecido por aquella comida, viajó cuarenta días y cuarenta noches hasta llegar a Horeb, el monte de Dios».

Así que aquella era una comida que alimentaba de verdad. Cuarenta días y cuarenta noches caminando. En el versículo 9:

«…Allí entró en una cueva y pasó la noche. Entonces vino a él la palabra del Señor: “¿Qué haces aquí, Elías?”».

Ahora bien, cuando responde a esta pregunta, casi parece que durante aquellos cuarenta días y cuarenta noches hubiera estado memorizando esta respuesta religiosa que iba a dar cuando tuviera la oportunidad. Debajo del árbol estaba quebrantado; reconocía su error, su equivocación, pero ahora parece haber preparado una defensa de sí mismo delante del Señor. El versículo 10 lo demuestra:

«…Él respondió: “He sentido un gran celo por el Señor Dios Todopoderoso. Los israelitas han rechazado tu pacto, han derribado tus altares y han matado a espada a tus profetas. Solo quedo yo, y ahora también intentan matarme”».

Dios dice: «¿Qué haces aquí, Elías?». Y él responde: «Que yo esté aquí es culpa de todos los demás. Yo no he fallado; todos los demás han fallado». ¿Cuántas personas aquí podrían tener la tendencia a culpar a todo el mundo? Muy bien, levanten bien alto la mano. Este es el momento de la confesión.

Está escondido en una cueva con mentalidad de víctima, diciendo: «Soy víctima de todos los demás». Si tenemos esa mentalidad, nunca llegaremos a ninguna parte. El Señor le pregunta: «¿Qué haces aquí, Elías?». «No es culpa mía; es culpa de todos los demás». Si tan solo hubiera dicho: «Señor, he fallado. Soy culpable. Señor, huí por miedo; tuve miedo incluso después de verte enviar fuego y lluvia. Aun entonces tuve miedo y abandoné el puesto que me habías asignado». Y creo que Dios habría movido cielo y tierra para restaurarlo a esa posición, y la historia de Israel habría sido diferente. Pero no lo hizo; dijo: «Es culpa de todos los demás y yo soy inocente».

Cuidado. Tenemos esa tendencia a encerrarnos en una cueva, a encerrarnos en la depresión, en el desánimo, en la ira, sintiendo que todo lo que nos rodea nos convierte en víctimas. Pero la Palabra dice que somos más que vencedores. Tenemos que romper esa mentalidad de la cueva. Tenemos que ser sinceros con el Señor y ante los demás; quitarnos esa máscara, eliminar esa máscara de religiosidad con la que fingimos: «Soy perfecto y tengo todas las respuestas». Todos fallamos. Díganle a alguien: «A veces fallo. A veces cometo errores». Díganle a alguien: «No soy perfecto». Y si están junto a un familiar, esa persona puede confirmárselo. A veces no soy una persona tan fácil. A veces puedo ser un poco difícil. ¿Para cuántos es verdad esto? Gracias por esa sinceridad. El Señor puede cambiarnos a todos.

Y vemos que Elías tenía memorizada su respuesta; la va a repetir más adelante. Retomemos el relato en el versículo 11.

«…El Señor le dijo: “Sal y ponte de pie en el monte, en la presencia del Señor, porque el Señor está a punto de pasar”. Entonces, un viento grande y poderoso desgarró las montañas y destrozó las rocas delante del Señor, pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento hubo un terremoto, pero el Señor no estaba en el terremoto. Después del terremoto vino un fuego, pero el Señor no estaba en el fuego».

Tres manifestaciones fuertes: un viento poderoso, un terremoto y fuego; pero el Señor no estaba en ninguna de esas manifestaciones. En otras partes de la Palabra leemos que, en otros momentos, el Señor sí se revela mediante esas manifestaciones específicas. Un viento poderoso: Hechos, capítulo 2, Pentecostés. Un terremoto: lo leemos en Ezequiel 37 y de nuevo en Hechos, capítulo 4. Y leemos acerca del fuego justo en el capítulo anterior, cuando el Señor envió fuego para consumir el sacrificio. Pero esta vez, cuando Elías estaba tan abatido emocionalmente, el Señor no le habló con voz fuerte; esta vez, la Palabra dice:

«…Y después del fuego vino un suave susurro». Un pequeño silbido.

Así fue como llamó a Elías allí mismo. No le habló con voz fuerte, sino que hizo lo siguiente: «¡Elías!». Lo llamó con ternura. Lo llamó con voz suave porque amaba a Elías y quería restaurarlo. Era una situación en la que el Señor podría haberse enojado mucho con Elías, pero no lo hizo.

Y si le has fallado al Señor y has tenido miedo de volver a él, él te llama esta mañana. Sal de la cueva. Te está llamando con ternura, con ternura. Puede ser que hayas fallado de maneras significativas, pero su deseo es restaurarte.

«…Cuando Elías lo oyó, se cubrió el rostro con su manto, salió y se quedó de pie a la entrada de la cueva. Entonces una voz le dijo: “¿Qué haces aquí, Elías?”».

Él da su respuesta religiosa memorizada. No había sido quebrantado por la ternura del Señor. ¿Cómo respondemos a la ternura del Señor? ¿Cómo es tu relación con Dios? La relación con Dios debería ser algo hermoso y maravilloso: que despertemos cada día anhelando un nuevo día con Dios y que nos vayamos a dormir por la noche sintiendo la suave presencia del Señor sobre nosotros.

Él quiere esa clase de relación íntima y cercana con su pueblo. Eso es lo que Dios anhela para ti. Y muchas veces somos nosotros quienes levantamos muros religiosos entre el Señor y nosotros, en lugar de derribar esas barreras que hemos erigido en nuestro corazón para decir: «Sí, Dios, tienes razón; así soy yo. He fallado. Por favor, ten misericordia de mí, Señor. Perdóname».

Dios tiene grandes propósitos para cada uno de nosotros que estamos hoy en este lugar. Él anhela tenerte en ese lugar donde pueda ministrarte directamente, sin ninguna barrera, porque su amor por ti no puede expresarse con palabras; ni el español y el inglés juntos logran hacerle justicia. No es posible. Su amor es demasiado grande.

Esta mañana quisiera orar por varias cosas. Primero, si le has fallado al Señor de alguna manera, te has escondido en la cueva y quizá has estado culpando a otros —puede ser algo que sucedió hace mucho tiempo, pero lo recuerdas, lo repites y le das vueltas a quién es realmente el responsable—, te sientes víctima, te has convertido en víctima. Si ahora quieres salir de ese lugar, ponte de pie ahí mismo donde estás, porque Dios quiere hacer algo hoy en tu vida.

Y quizá ya estás cansado de limitarte a culpar a los demás y dices: «Dios, quiero asumir la responsabilidad de mis errores delante de ti y delante de los demás. Quiero tener el valor de afrontar mis errores». Ponte de pie dondequiera que estés y levanta las manos al Señor. Esta es una decisión personal; es tuya y solo tú puedes tomarla. Esta clase de cambio no puede suceder porque otra persona ore por ti; es tu decisión. No voy a seguir siendo igual, no voy a continuar así.

Levanta las manos y reconócelo con tus propias palabras; habla con el Señor en voz baja, ahí mismo donde estás. Díselo, díselo. Examina con sinceridad tu propia responsabilidad y pide perdón. Y pide perdón por haber culpado a otros. Y di: «Señor, quiero cambiar hoy». Dilo en voz alta, con tu propia voz. Renuncio a la tendencia de culpar a los demás. Ayúdame a ser transparente, a ser sincero, a asumir la responsabilidad de mis propias decisiones y de mis propios actos. Perdóname, Dios. Cámbiame, Dios. Soy más que vencedor en Cristo Jesús y todo lo puedo en Cristo Jesús, que me fortalece. No soy víctima de nadie; pertenezco al reino de Dios, soy hijo o hija de Dios. Gracias, Señor. Gracias, Señor.

Gracias, Dios. Y quisiera orar por una cosa más. El llamado de Dios no se cumple automáticamente; necesitamos participar, requiere que le demos al Señor un sí lleno de confianza. Elías se había apartado del llamado de Dios al avivamiento; había estado huyendo. Y si estás en una situación difícil —podría ser un matrimonio, un trabajo duro o unos estudios difíciles— y Dios no te ha dicho que te vayas, pero una y otra vez surge en tu corazón el deseo de dejarlo todo atrás, esta mañana dirás: «Dios, quiero ser valiente, quiero seguir perseverando hasta que tú me digas que me vaya».

Quiero cumplir tus propósitos en ese lugar por medio de mi vida. Y si esta mañana quieres decir: «Sí, Señor, úsame allí mismo», simplemente levanta las manos y di: «Dios, quiero que me uses allí mismo, en esa situación. Señor, esta mañana he tomado la decisión de ser valiente y permanecer firme en un lugar difícil. No quiero irme huyendo; ayúdame, Dios. Fortaléceme, Dios. Señor, dame tu Espíritu, dame tu Palabra; Señor, por favor, fortaléceme en ese lugar. Prepárame en ese lugar para conquistar esa tierra en tu nombre, en el nombre de Jesús. Amén».