Arraigados Profundamente, Permaneciendo Verdaderos: el Secreto de una Vida Imperecedera

Bendito es el hombre que confía en el SEÑOR, Cuya confianza es el SEÑOR. Será como árbol plantado junto al agua, Que extiende sus raíces junto a la corriente; No temerá cuando venga el calor, Y sus hojas estarán verdes; En año de sequía no se angustiará Ni cesará de dar fruto. Jeremías 17:7-8
Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en Mí y Yo en él, ése da mucho fruto, porque separados de Mí nada pueden hacer. Juan 15:5
Charles Spurgeon

Autor

Charles Spurgeon

Resumen: Mis amados amigos, somos llamados a arraigarnos profundamente en el Dios vivo, como un árbol robusto plantado junto a un arroyo perenne, en agudo contraste con la esterilidad de la autosuficiencia. Nuestro Señor Jesús lo aclara aún más, declarándose a Sí mismo la Vid Verdadera; solo permaneciendo en Él podemos obtener vida incesante, dar fruto abundante e imperecedero, y glorificar verdaderamente a nuestro Padre Celestial.

Mis amados amigos, ¡qué misterio tan profundo, y a la vez qué gloriosa realidad, espera nuestra contemplación hoy! Desde los antiguos ecos de Jeremías hasta las propias palabras de nuestro bendito Señor Jesucristo, una melodía constante resuena, pintándonos la gran verdad de nuestra vitalidad espiritual usando el humilde, pero poderoso, lenguaje del jardín.

Consideren, si quieren, el marcado contraste que traza el profeta Jeremías. Él habla del hombre que confía en su propia fuerza efímera, un alma pobre comparada con un arbusto arar raquítico en el desierto reseco. Oh, puede parecer que se yergue alto por una temporada, pero sus raíces son superficiales, su fruto hueco, su propia vida un espejismo. Cuando llega el calor abrasador —¡y llegará, mis queridos!— este arbusto se marchita, ajeno al refrigerio que no puede alcanzar. ¿No es esta una vívida imagen de la autosuficiencia, de edificar nuestras esperanzas sobre arena movediza, dejando nuestras almas estériles y desoladas?

¡Pero contemplen la gloriosa alternativa! Jeremías entonces nos señala al hombre cuya confianza está fija en el Dios vivo. Él es como un árbol robusto, intencionalmente plantado junto a un arroyo perenne. Sus raíces se hunden profundamente, encontrando siempre esa agua inagotable. Tal árbol no teme el calor del verano ni el año de sequía; sus hojas permanecen verdes, su fruto abundante. ¡Qué testimonio de la bienaventuranza de cimentar nuestras vidas en el carácter inmutable de Dios, obteniendo vida incesante de Su presencia a través de la oración y la devoción!

Luego, siglos después, nuestro Señor Jesucristo mismo sube al escenario, no solo haciendo eco de esta verdad, sino elevándola a una realidad íntima de Nuevo Pacto. Él declara: "¡YO SOY la Vid Verdadera!" ¡Ya no es un simple árbol cerca del arroyo, sino la fuente misma de vida dentro de nosotros! El Padre, el diligente Viñador, nos cuida. Él nos poda, sí, a veces dolorosamente, pero siempre con propósito, para quitar todo lo que estorba, para que podamos dar aún más, y más rico, fruto para Su gloria.

Aquí, mis amigos, está la médula de nuestra vida espiritual: "Permaneced en Mí, y Yo en vosotros." Esto no es una relación casual; ¡es una morada orgánica y mutua! La savia misma de la vida de Cristo —Su Espíritu, Sus palabras vivas— fluye a través de nosotros. "Separados de Mí," Él declara, "nada podéis hacer." Un sarmiento separado de la vid no es sino leña muerta. Pero unidos a Él, ¡Oh, qué poder! ¡Qué propósito! ¡Qué vida imperecedera!

Cultivemos, por tanto, con toda diligencia, esta preciosa conexión. Que hundamos nuestras raíces profundamente en Él, la Vid Verdadera, haciendo de Él nuestro hogar, para que nuestras vidas sean resilientes, fructíferas y verdaderamente glorifiquen a nuestro Padre Celestial. Amén.

(Fuente: Una reflexión moderna adaptada del estilo de Charles Spurgeon)