No me abandones, oh SEÑOR; Dios mío, no estés lejos de mí. — Salmos 38:21
y Le rogaba con insistencia: "Mi hijita está al borde de la muerte; Te ruego que vengas y pongas las manos sobre ella para que sane y viva." — Marcos 5:23

Autor
Charles Spurgeon
Resumen: Mis queridos hermanos, aunque a menudo sentimos el peso aplastante de las tristezas de la vida y una distancia percibida de Dios, ¡en Cristo Jesús, nuestro Emanuel, Dios se ha acercado! Él rompe toda barrera para encontrarnos en nuestro más profundo quebranto, transformando Su disciplina percibida en gracia íntima y vivificante. Así que, cuando la carga de la vida oprima o tus fallas te abrumen, recuerda que Su toque inquebrantable te sana y te lleva a Su luz maravillosa.
Mis queridos hermanos, ¿alguna vez han sentido el peso aplastante de las tristezas de la vida, su propia alma clamando: "¡No te alejes de mí, oh Señor!"?
En la antigüedad, los santos, aunque fieles, a menudo percibían la mano pesada de la disciplina de Dios en sus aflicciones. Soportaban el aislamiento de sus fallas, el frío del abandono humano, anhelando una cercanía a Dios justo más allá de su alcance. Sus corazones anhelaban rescate, un abogado, un Dios que se acercara cuando todos los demás huyeran.
¡Pero bendito sea Su nombre! ¡Una nueva mañana amaneció en Cristo Jesús, nuestro Emanuel! Ya no debemos lamentar una distancia percibida. Miren, amigos míos, a Jairo, un hombre de posición, humillado ante el Maestro, suplicando: "¡Ven y pon Tus manos sobre ella!" Y noten bien a la pobre mujer marginada, que se atrevió a tocar tan solo el borde de Su manto.
¡He aquí la gloriosa maravilla! Lo que una vez se sintió como una mano de presión judicial ahora se revela como la mismísima mano de gracia íntima y vivificante. Jesús, nuestro Señor, no se encoge ante la muerte ni la impureza. ¡No, Él *entra* en ese espacio! Su toque, lejos de ser contaminado, purifica; lejos de atrapar la muerte, resucita a la vida; ¡trae limpieza y sanidad! Él rompe toda barrera —social, espiritual y ceremonial— para encontrarnos en nuestro más profundo quebranto.
Así pues, amados, cuando se sientan abandonados, cuando la carga de la vida oprima fuertemente, o sus propias fallas los abrumen, recuerden: ¡Dios se ha acercado! En Cristo, el antiguo clamor por cercanía es respondido. Dejen a un lado todo orgullo, alma querida, y como Jairo, inviten a Jesús a sus 'causas perdidas'. Su santidad no contamina, sino que los sana. Él promete fidelidad inquebrantable. ¡Su toque transforma! Confíen en Él, porque Él es nuestra salvación, siempre listo para terminar las estaciones oscuras de nuestras almas y llevarnos a Su luz maravillosa.
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