
Autor
Milagros GarcĂa Klibansky
Resumen: Dios es como un alfarero que moldea nuestras vidas, aunque a veces estamos llenos de cristales que nos hieren a nosotros y a otros. Aunque caigamos una y otra vez, Dios siempre va por nosotros y nos rescata de nosotros mismos. Somos barro inĂștil hasta que somos tocados por el Artista Divino. Debemos reconocer que somos obra de sus manos y llevar su sangre en nosotros.
ImagĂnen la escena: Taller de un alfarero. El barro es puesto encima del torno, el alfarero se dispone a darle forma a su obra. No es una obra cualquiera, es la obra de su vida, necesita que quede perfecta, sino, no servirĂĄ al propĂłsito para el cual serĂĄ destinada.
Se sienta y el torno comienza a girar, sus amorosas manos van dando forma a la informe masa, la belleza va apareciendo ante sus ojos y de pronto⊠Un dolor agudo en su mano, la sangre comienza a mezclarse con el barro, pero no puede soltar, echarĂa todo a perder y a pesar de su dolor, es mĂĄs importante que la pieza no se deforme. Al fin puede parar y saca con cuidado un vidrio afilado de la masa. ContinĂșa, no importa cuantas veces sea herido, no va a abandonar hasta que su obra sea perfecta.
ÂżTe recuerda algo o a alguien? Recuerdas al profeta cuando dijo: âY la vasija de barro que Ă©l hacĂa se echĂł a perder en su mano; y volviĂł y la hizo otra vasija, segĂșn le pareciĂł mejor hacerlaâ. Jer 18.4
Cuando llegamos a las manos de nuestro alfarero, venimos llenos de cristales, existen cristales de variados tipos y colores, algunos muy atractivos, pero algo que sĂ tienen en comĂșn es que hieren. Los cristales de nuestra vida son capaces de herirnos a nosotros mismo y lo que es peor, herimos a cuantos nos rodean. Pero a Dios no le importa cuantas veces sangren sus manos en su afĂĄn por moldearnos para su gloria.
Somos barro inĂștil hasta que somos tocados por el Artista Divino. âPero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotrosâ 2 Cor 4.7 AĂșn cuando caigamos una y otra vez, Ăl va a por nosotros, Ăl nos rescata de nosotros mismos, Ăl no mide esfuerzo ni pĂ©rdidas materiales, no le importa ni siquiera su vida, Ăl la da en rescate. Su fidelidad no conoce lĂmites, asĂ es nuestro Salvador.
El dĂa que veas sus manos heridas, reflexiona, si realmente fueron los clavos los que las provocaron o fuimos nosotros los que las infringimos. Necesitas ser una obra lista para el propĂłsito que fuiste creada. Reconozcamos como el profeta IsaĂas: âAhora pues, JehovĂĄ, tĂș eres nuestro Padre; nosotros barro, y tĂș el que nos formaste; asĂ que obra de tus manos somos todos nosotrosâ. Isa 64.8.
No olvides que llevas su sangre en ti, es ella la que te da vida e identidad. Haz que se note.