Fuego consumidor

Faustino de Jesús Zamora Vargas

Autor

Faustino de Jesús Zamora Vargas

Resumen: El autor comparte su experiencia como recién convertido al cristianismo y cómo se sintió abrumado por la idea de un Dios que era fuego consumidor además de amor. Con el tiempo, aprendió que el fuego de Dios es un fuego purificador y que el amor es su llama más ardiente. En Jesús, somos bautizados en Espíritu Santo y fuego y no tenemos condenación. Dios anhela fundirse en nosotros y hacernos uno en Él.

Eran los días en que todo mi ser alababa al Señor motivado por la belleza del 'primer amor'. Todavía puedo sentir el desorden de los latidos de mi corazón

en la carrera de la entrega total a un algo interior que hacía rebozar de entusiasmo y júbilo todos los resquicios de mi razón. Mi fe se agrandaba a cada paso. El mundo y la vida irradiaban nueva luz. El suceso de Cristo en mi vida fue publicado sin cesar. Anunciarlo, se convirtió en devoción y la devoción es un asunto de Dios. La visión personal del Cristo que me abría los brazos era una aparición obsesiva. Él poseyó mi mente y en breve comencé a remendar con hilos celestiales las alforjas rotas de la conciencia mundanal y me dejé deslizar por un canal espiritual donde yo sabía de antemano que todo lo que iba a encontrar, aun en los momentos de miseria, era bendición.

La palabra amor comenzó a adquirir una nueva dimensión; era un nuevo descubrimiento de mí mismo. Nunca sospeché que aquel sentimiento sobrenatural que venía del amor de Dios podía sacar a la luz lo mejor de mí… y cantaba…Entonces no conocía siquiera una sola alabanza, pero yo la inventaba, le cantaba a mi Dios, lo hacía en voz baja, alta, gritaba de contentamiento. En mis primeras vacaciones familiares, ya en el Señor, lloré como un niño una tarde mirando el sol esconderse en el horizonte y allí salieron mis primeros intentos de poesías, ingenuas y descarnadas, pero cargadas de gratitud y de emociones sinceras. ¡Qué amado me sentía! ¡Mis lágrimas se ponían alas de colibrí y avivaban mis pies, mi alma y mis sentidos!

Pero un día, sin esperarlo y en el puro fragor del entusiasmo por mi Salvador, me espetaron a la cara: -Cuidado, Dios no sólo es amor, sino también fuego consumidor-.

Nadie es capaz de imaginar el efecto negativo que tales palabras pueden causar en un corazón recién convertido y gozoso, peor si vienen de un hermano supuestamente maduro en la fe y la comunión con Dios. Aquella noche, literalmente, fui consumido en las llamas de la inocencia y la confusión. No podía entender aquel nuevo sentimiento mezcla de amor y de pavor apocalíptico por un Dios que ahora se me hacía incomprensible por causa de un comentario supuestamente bíblico, pero devastador. Sentí pánico…y me sumergí – tal vez por primera vez – en la Palabra. Lo primero que descubrí fue el manejo tan superficial de las Escrituras con el fin de ministrar a una nueva criatura en Cristo que lo único que necesitaba era entonces reafirmar su fe y su confianza en Dios. Con el tiempo, el estudio de la palabra fuego en el contexto de Dios ha ministrado mi vida y en más de una ocasión he solicitado a mi Rey que su fuego me consuma (que extinga para siempre las estrategias amañadas para tratar de agradarle, los giros temporales hacia el egocentrismo y la autosuficiencia y los asomos temporales y perturbables del viejo hombre que ya murió en la Cruz hace casi una década) para que aflore y perviva el cristiano que se sabe vencedor en Cristo Jesús.

La buena noticia es que el Cristo que nos viste de su santidad, nos regaló hace 2000 años el beneficio inmensurable de Su gracia mediante un nuevo pacto glorioso –sellado con su muerte y resurrección - en el que el amor es la llama más ardiente de su fuego purificador. Dios, habiéndonos santificado, justificado y redimido en su Hijo Jesucristo, no pretende aniquilarnos, extinguirnos y desaparecernos de la geografía de su mapa pastoral. ¡No, a nosotros no! El juicio vendrá con fuego (Apocalipsis 19), pero hemos sido bautizados por Jesús en Espíritu Santo y fuego (Mateo 3:11). El que permanece en Cristo no debe temer. Somos parte de un reino inconmovible y nuestra esperanza está cimentada en un fundamento indestructible. Cristo es hoy el fuego que nos consume. En Él no tenemos condenación (Jn. 5:24; Ro. 8:1), sino un anhelo celestial de bendecirnos con toda bendición espiritual.

Dios anhela fundirse en ti, consumirte con su fuego abrazador y hacerte uno en Él.

¡Dios te bendiga!