
Autor
Dr. Roberto Miranda
Resumen: Muchas veces seguimos la rutina de la vida cristiana sin experimentar la presencia actual de Dios. Debemos buscar esa presencia y unir nuestro corazón a los símbolos de nuestra fe para que tengan significado y poder. La presencia de Dios no reside en objetos físicos como el Arca del Pacto, sino en el corazón de su pueblo. Necesitamos clamar por una visitación fresca de su poder para ser la Iglesia gloriosa que El necesita en estos últimos tiempos.
Muchas veces nos limitamos a seguir la rutina de la vida cristiana y nos preguntamos: ¿Por qué Dios no me bendice? ¿Por qué no recibo sanidad? ¿Por qué no tengo prosperidad? ¿Por qué en mi familia no hay bendición? ¿Por qué mi estado emocional no cambia? ¿Por qué mis finanzas no son bendecidas?
Quizás es porque aunque hemos retenido los ritos de la religión, no gozamos de la presencia actual de Dios con nosotros. ¡Tenemos que buscar ese Poder real de Dios! Tenemos que ir donde está su Presencia activa, e impartirle realidad a los ritos en los cuales participamos.
Los hebreos no tenían discernimiento espiritual, y creían que por el mero hecho de tener consigo el arca del pacto les estaría asegurada la victoria en la guerra. Pero a pesar de llevar el arca a la batalla, sufrieron una terrible derrota. Los filisteos, enemigos acérrimos de Israel, derrotaron al pueblo de Dios y tomaron posesión del Arca. La tuvieron consigo durante veinte años.
¿Qué pasa en una nación cuando tanto el pueblo como las autoridades civiles, y aun las autoridades eclesiásticas, se han apartado de Dios y su bendición ya no está sobre ellos? ¿Qué sucede? La presencia de Dios se va. Su presencia está impedida. Los dones del Espíritu, la unción de Dios, el Shalom de Dios no pueden habitar en una tierra así.
¿Qué pasa cuando la gente cree que la presencia de Dios se hace posible por medio de ritos vacíos, programas, cantos, cosas meramente físicas, y no de la presencia actual de Dios que bendice y le da vida a esas cosas? ¿Qué pasa muchas veces en las Iglesias? La presencia de Dios se ha ido, pero el pueblo sigue con la rutina religiosa.
La gente sigue cantando como si nada; los órganos siguen tocando como siempre; las luces y los micrófonos se prenden cuando comienza el servicio. Se hace todo lo que hace una iglesia. Inclusive, el símbolo del arca continúa en su lugar como supuesta señal de la presencia y el mover de Dios. Pero Dios no está en ninguna de esas cosas. Su presencia no reside en el metal o la madera.
Creemos que con alabanzas huecas, mero programa, rituales vacíos que no representan verdaderamente un pueblo que está viviendo y gozando de la presencia de Dios; creemos que con eso vamos a recibir la bendición y tener éxito en nuestras batallas, nuestras peleas contra Satanás y todas las fuerzas que quieren destruir nuestra vida. Pero sufrimos derrota.
¡Dios no se enamora de un pedazo de madera aunque esté cubierto de oro! O de cualquier otro símbolo, aunque lo haya bendecido en otro tiempo. El Arca en sí no tenía importancia o valor absoluto. El Arca era simplemente un símbolo de la presencia de Dios. Uno hubiera pensado, "Dios nunca va a permitir que ese arca sea tomada." Se trataba de un símbolo demasiado sagrado.
¡Pero fue tomada! Fue tomada porque ahí no estaba la presencia Dios en ese momento. Y en ese hecho reside una lección para nuestras Iglesias.
Si llegamos a la Iglesia creyendo que simplemente porque el Pastor o los músicos van a ejecutar ciertos ritos vamos a ser bendecidos, estamos trágicamente equivocados. Uno tiene que participar activamente en los símbolos de la fe para que tengan significado.
Las acciones en sí mismas no significan nada. Lo que hace la diferencia es el corazón que se une a la acción y la actualiza y la convierte en poder de Dios. Mi vivencia, mi corazón, mi pasión, tienen que estar unidos a los gestos de mi religión. Dios no quiere rituales vacíos. Nunca bendecirá los escombros de una religión muerta. Tenemos que clamar al Señor por una visitación fresca de su poder, para que vuelva a soplar su Espíritu en nuestras reuniones, y podamos ser esa Iglesia gloriosa que El necesita en estos últimos tiempos.