
Autor
Faustino de Jesús Zamora Vargas
Resumen: No debemos tratar de negociar con Dios, como si Él fuera un hombre de negocios. Debemos confiar en su providencia y vivir una relación íntima con Él. Cuando olvidamos esto, podemos caer en el pecado de tratar de negociar con Dios. Debemos recordar que Cristo perdonó nuestros pecados, está en nuestra vida, y la vida eterna es un regalo que nos ofrece a cambio de nuestra entrega, obediencia y sumisión. Debemos reparar nuestro altar de sacrificios, nuestra memoria, y nuestra oración para no olvidar las muchas veces que Dios se ha manifestado con poder en nuestras vidas. No negociemos con Dios, búscalo con todo tu corazón.
En momentos de desesperanzas, cuando la prueba hace entrada triunfal en nuestra existencia, clamamos desesperadamente a Dios, suplicamos sus bendiciones, su intervención divina para la solución del problema que estamos atravesando, nos arrodillamos, y hasta le hacemos promesas a cambio de sus favores como si Dios fuera un hombre de negocios, un Dios que condiciona sus bendiciones a lo que podamos ofrecerle o suplicarle. A los ojos de nuestro creador, nada de lo que hagamos o digamos podría satisfacer las expectativas de un Dios santo que nos ofrece misericordia y sobre todo gracia infinita aunque no la merezcamos. Para experimentar una vida de victoria en Cristo, no es necesario que sentemos a nuestro Dios en el banco del trueque, del intercambio. Si tú me das esto, yo te doy esto otro. Si tú me concedes lo que te estoy pidiendo, yo entonces voy a tratar de cumplir con mis obligaciones y deberes cristianos.
Muchas de las frustraciones que vienen a la vida del creyente, se basan en su desmedida incredulidad y aunque parezca una paradoja, aun siendo creyentes, a veces nos comportamos como incrédulos porque no confiamos en la providencia de Dios. Hay algunas verdades que el creyente debe saber si quiere vivir en victoria en Cristo:
Lo cierto es que somos olvidadizos sin razones para serlo. En tiempos antiguos, nuestros hermanos de la fe, edificaban altares a Dios que eran como recordatorios permanentes para que su pueblo nunca se olvidara de que Él se había manifestado con poder en determinada situación. Cuando Elías confrontó a los profetas de Baal y de Asera en el Monte Carmelo, antes de clamar a Dios para que manifestara su poder a los ojos de los idólatras, lo primero que hizo fue arreglar el altar del Señor que estaba arruinado. (1 Reyes 18:30-32) y con 12 piedras edificó un altar en el nombre del Señor. Después oró y ya conocemos el final de esta historia. Elías nos está exhortando ahora, en este justo momento, a reconsidera y no olvidar ciertas cosas:
No negocies con Dios, sino ¡búscale con todo tu corazón! ¡Dios te bendiga!