Oh Señor DIOS, Tú has comenzado a mostrar a Tu siervo Tu grandeza y Tu mano poderosa; porque ¿qué dios hay en los cielos o en la tierra que pueda hacer obras y hechos tan poderosos como los Tuyos? — Deuteronomio 3:24
Padre, quiero que los que Me has dado, estén también conmigo donde Yo estoy, para que vean Mi gloria, la gloria que Me has dado; porque Me has amado desde antes de la fundación del mundo. — Juan 17:24
Resumen: El relato sagrado revela el plan redentor de Dios a través de dos plegarias cruciales: la súplica ferviente de Moisés por una promesa temporal y la declaración sumo sacerdotal de Jesús de gloria eterna. Moisés, de pie en el umbral, solo vio el "principio" y le fue denegada la entrada, resaltando las limitaciones del Antiguo Pacto y la necesidad de un mediador perfecto. Siglos después, Jesús declaró con confianza que Su obra estaba "terminada", introduciendo una relación íntima y familiar con Dios y asegurando para los creyentes una herencia eterna. Esta progresión del anhelo terrenal al cumplimiento celestial nos invita a confiar en el plan soberano de Dios y a descansar en la provisión y certeza últimas de Cristo. En esencia, la pregunta de Moisés "¿Quién es este Dios?" encuentra su gloriosa respuesta en la persona de Jesucristo, dando la bienvenida a todo creyente a la presencia del Padre para siempre.
El relato sagrado presenta dos plegarias cruciales, separadas por milenios, que iluminan brillantemente el camino de la fe y el progreso del plan redentor de Dios. Una es la súplica ferviente de Moisés, el siervo fiel, en las llanuras de Moab; la otra, la declaración sumo sacerdotal de Jesús, el Hijo amado, en el Aposento Alto. Juntas, estas oraciones pintan un cuadro majestuoso de anhelo y cumplimiento, de promesa temporal y gloria eterna, ofreciendo profundas reflexiones para todo creyente.
Moisés, de pie en el umbral de la Tierra Prometida a la que le fue prohibido entrar, reflexionó sobre el asombroso poder de Dios. Había sido testigo de la derrota de reyes poderosos y gigantes colosales, evidencia clara de la "grandeza" y la "mano fuerte" divinas en acción. Para Moisés, estos actos milagrosos eran meramente el "principio" de la auto-revelación de Dios, lo que impulsó su petición sincera de ver la consumación de la tierra. Su forma de dirigirse a Dios fue reverente, reconociendo su condición de "siervo" ante su "Señor". Sin embargo, a pesar de su fiel servicio y la demostración innegable del poder de Dios, la petición específica de Moisés fue denegada. Esta denegación, no obstante, no fue un rechazo a Moisés ni a la relación, sino una profunda necesidad tipológica. Reveló que el Antiguo Pacto, encarnado por la Ley y su mediador, podía llevar a la humanidad al borde de las promesas de Dios, pero no podía, en última instancia, introducirles en la herencia plena debido a sus limitaciones inherentes y al fracaso humano. La exclusión de Moisés resaltó la necesidad de un mediador perfecto.
Más de mil años después, encontramos a Jesús, el Hijo de Dios, pronunciando una oración marcada no por una súplica sino por un autoritario "Yo quiero". A diferencia de Moisés, que solo vio el "principio", Jesús declaró con confianza que Él había "terminado" la obra que se le había encomendado. Su forma de dirigirse a Dios como "Padre" señala un cambio transformador de una dinámica judicial, de amo-siervo, a una relación íntima y familiar. El deseo de Jesús era que Sus seguidores estuvieran "con Él donde Él está" para "contemplar Su gloria". Esto va más allá de la promesa terrenal y geográfica que Moisés buscaba, revelando que la verdadera herencia es una presencia eterna y relacional con Dios mismo. La "gloria" de la que habló Jesús trasciende el mero poder externo; es la esencia radiante del amor eterno de Dios, un amor compartido entre el Padre y el Hijo "antes de la fundación del mundo".
La profunda conexión entre estas dos oraciones se representa vívidamente en la Transfiguración. Allí, Moisés, a quien se le había denegado la entrada a la tierra terrenal, finalmente estuvo dentro de ella, conversando con Jesús sobre Su "partida"—Su nuevo Éxodo. Crucialmente, Moisés contempló la gloria de Jesús, la misma visión que Jesús oró para que Sus discípulos experimentaran. Este momento sirvió como un puente tangible, cumpliendo la petición denegada de Moisés de una manera infinitamente mayor y ofreciendo a los discípulos un anticipo de la visión beatífica prometida en la Oración Sumo Sacerdotal de Jesús.
El viaje desde la oración de Moisés hasta la oración de Jesús ofrece a los creyentes varios mensajes edificantes:
En esencia, la pregunta de Moisés "¿Quién es este Dios?" encuentra su respuesta última y gloriosa en la persona de Jesucristo. La mirada "incompleta" de Moisés desde el Monte Pisga culmina en la contemplación eterna e ininterrumpida de la gloria de Cristo, donde todo creyente es bienvenido a la presencia del Padre para siempre.
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