
Autor
Dr. Roberto Miranda
Resumen: El pastor habla sobre la resiliencia y cómo podemos ser resistentes a la adversidad y usar las pruebas de la vida para salir victoriosos. Citando a Pablo, dice que en todas estas cosas somos más que victoriosos. Explica que nuestra postura debe ser llegar a ser lo que somos en realidad y estar en un continuo proceso de liberación y crecimiento personal. En Segunda Corintios, Pablo habla acerca de cómo el velo que cubría a los judíos impidiéndoles ver la gloria de Dios, se quita cuando nos convertimos al Señor y donde está el espíritu del Señor, hay libertad. En Cristo Jesús, tenemos acceso a todas las bendiciones espirituales y somos transformados de gloria en gloria por el espíritu del Señor. El pastor enfatiza que la vida cristiana es un proceso gradual de transformación y renovación que puede ser difícil y arduo, por lo que es importante reconocer nuestro dolor y nuestras limitaciones.
En este sermón, el pastor habla sobre la importancia de reconocer nuestras faltas y ataduras para poder comenzar un proceso de transformación. También destaca que Cristo ha venido para reparar este mundo quebrantado y que Él desea sanar y salvar lo que se había perdido. El pastor enfatiza la importancia de meditar en nuestra posición legal y reprogramar nuestro cerebro para cambiar la narrativa dominante en nuestra mente y pasar de una expectativa de derrota a una expectativa de bondad y éxito en Cristo.
En este sermón, el pastor habla sobre la importancia de reprogramar nuestra mente para pensar en positivo y tener una perspectiva de victoria en vez de una de derrota. Destaca que es posible cambiar los patrones de pensamiento, pero que es una empresa difícil que requiere compromiso y esfuerzo de nuestra parte. También menciona que Dios no viola nuestra libertad y trabaja a través de ella, permitiéndonos luchar con nuestras propias ataduras para que aprendamos autoconocimiento, misericordia, humildad, paciencia, fe y otras virtudes que nos hacen maduros y poderosos. El pastor invita a abrazar el proceso de transformación y aceptar el llamado de Dios a vivir una vida heroica, glorificando a Cristo y bendiciendo a otros.
Quiero continuar con nuestro estudio de la palabra del Señor y de este tema que se trata de esa palabra rara, de la resiliencia. Cómo ser resistentes a la adversidad, cómo usar los dolores, las pérdidas, las luchas de la vida para ser más fuertes, cómo salir victoriosos de toda situación de dificultad y de crisis en nuestras vidas. El Apóstol Pablo dice que “Antes, en todas estas cosas, somos más que victoriosos.” En las pandemias, en las luchas, en los déficits de la vida, nosotros la bateamos al diablo de jonrón, la sacamos fuera de la cancha, del campo porque tenemos ese poder de Dios. ¿Cómo podemos nosotros prosperar en medio de las crisis? ¿Cómo podemos cosechar en la sequía? ¿Cómo podemos sacar agua de la peña? ¿Y cómo podemos usar las experiencias negativas de este mundo para ser más gozosos, livianos, tener buen humor, liviandad de espíritu, alegría? Una de mis imágenes favoritas es la del Apóstol Pablo metido en una cárcel en Filipos, léase la Epístola a los Filipenses, en una mazmorra romana, probablemente habiendo sido azotado como lo fue tantas veces, inseguro de si iba a salir de allí vivo o no, diciendo, “Regocijaos, otra vez os digo, regocijaos.”
¿Qué le permitió al Apóstol Pablo en medio de sus luchas y sus aflicciones, ser un hombre lleno del gozo del Señor y llamar a otros a ser gozosos? Esa resiliencia, esa capacidad de rebotar en medio de las pruebas, es lo que nosotros queremos adoptar. Y esta serie de sermones que yo he estado compartiendo con ustedes tienen que ver, y nos invita a esa postura. Somos libres para ser quienes somos en verdad. y la Epístola a los Corintios, Segunda Corintios:3, versículos 16 al 18 nos llama a esa postura de llegar a ser lo que somos en realidad, pero que muchas veces no nos percatamos de ellos. Y otra cosa es este llamado de la palabra de Dios a ser gente en perpetuo proceso, en continuo proceso de liberación, de crecimiento, desarrollo, mayor consciencia de nosotros mismos. Eso es lo que la palabra de Dios nos llama a nosotros a ser. Y aquí tenemos este pasaje de Segunda Corintios, donde Pablo habla acerca de los judíos. Dice: “Y aún hasta el día de hoy, cuando se lee a Moisés – él está hablando de esos hebreos, 2000 años atrás – el velo está puesto sobre el corazón de ellos…” Y entonces, él añade, “… pero cuando se conviertan al Señor, el velo se quitará, porque el Señor es el espíritu y donde está el espíritu del Señor, allí hay libertad.”
Hermanos, el Apóstol Pablo nos está diciendo, cuando nosotros experimentamos la gloria de Dios en nuestra vida, como Moisés. Él está hablando acerca de ese evento en el Antiguo Testamento, él está hablando de esa experiencia de los hebreos cuando Moisés subió al monte, pasó 40 días ante la presencia del Señor y cuando bajó del monte, su compenetración con el espíritu de Dios había sido tan grande que Dios lo contagió con su gloria y el rostro de Moisés reflejaba la gloria de Dios. Y cuando él bajó la gente tenía temor de él. Tenían miedo de contemplar esa gloria de Dios. Y eso dice algo de paso, acerca de la condición de los judíos. Esos hebreos, esos israelitas que estaban en el desierto, era gente pecaminosa, resistente a la palabra de Dios, malagradecida, duros de cerviz y yo creo que lo que está en nosotros muchas veces nos lleva a resistir. No queremos esa gloria de Dios, le tenemos temor. Ahora, cuando uno está en Cristo, uno no tiene que tenerle temor a la presencia de Dios. Uno sabe que está cubierto por la gracia del Señor. Pero estos judíos, estos hebreos, tenían miedo y le pidieron a Moisés que se pusiera un velo encima de su cabeza y de su rostro, para no ver esa gloria porque le tenían temor. Y dice Pablo, hoy en día, todavía mil y pico de años después, - cuando él habla acá en el año 1 después de Cristo, - ese velo que Moisés tenía, que era como un impedimento a percibir totalmente la gloria de Dios, todavía está sobre ellos, los cubre a ellos y cubre la ley, y cubre la palabra de Dios y no pueden verla como es. Ahora, cuando se conviertan al Señor, ese velo será quitado.
Hay algo aquí acerca de que cuando tu entras en el camino del Señor, cuando tu recibes a Cristo como tu salvador, cuando Cristo se hace Señor de tu vida, tu puedes tener una experiencia mucho más directa de la gloria de Dios de la que tuvieron esos judíos originales. Tu puedes percibir la gloria de Dios directamente en tu vida, puedes experimentar y participar del poder desnudo de Dios que te permite hacer cosas extraordinarias. Y eso es lo que Dios quería para los judíos también. Dios no quería que ellos se quedaran abajo. En el original, la intención de Dios era tener perfecta comunión con su pueblo, pero no pudieron hacerlo ni quisieron hacerlo. No quisieron ver la gloria de Dios reflejada en Moisés. Pero cuando nosotros entramos en el camino del Señor, el velo se raja de arriba para abajo, que fue lo que pasó asimismo. Ese velo que cubría el lugar santísimo, en el templo donde estaba la presencia misma de Dios y que ahí solamente podía entrar el sumo sacerdote una vez al año, con temor de su muerte si no estaba purificado, hoy en día, nosotros tenemos acceso, dice, al mismo trono de Dios por esa ancha vía que Dios ha abierto a través de Jesucristo. Entonces, al nosotros entrar y poder entrar a la presencia de Dios, nosotros somos hechos partícipes de todos los beneficios, todos los recursos del cielo para vivir vidas poderosas y transformadas. Esa es la clave aquí. Que ahora nosotros tenemos en Cristo Jesús acceso a todas las bendiciones espirituales.
La palabra dice que hemos sido bendecidos con toda bendición espiritual en los lugares celestes a través de Cristo Jesús. Y entonces, él dice, “cuando se convierten al Señor el velo se quita, porque el Señor es el espíritu y donde está el espíritu del Señor allí hay libertad.” Hermanos, déjenme decirles algo, que en Cristo Jesús nosotros tenemos libertad de nuestras ataduras, tenemos libertad de nuestros pecados dominantes, tenemos libertad de las heridas del pasado, tenemos libertad de las cadenas que nos aguantan de vivir vidas victoriosas, poderosas, agresivas en el Señor, que bendigan a otros, de alcanzar nuestro sueños, de bendecir a nuestros familiares, de traer a otros al conocimiento de Cristo, de vivir vidas libres y esperanzadas en el Señor. En el Señor tenemos libertad para experimentar cosas grandiosas. Y eso es lo que yo quiero en esta tarde señalar, hermanos, que nosotros ocupamos una posición privilegiada y muy diferente a la de aquellos que veían al Señor solamente intermediariamente. De paso, les quiero decir que hay mucha gente hoy en día aún en el Evangelio, que están viendo al Señor a través de un velo y no han experimentado la gloria plena de Dios, no les ha amanecido ciertas enseñanzas, ciertos derechos que tienen como hijos de Dios. Y todavía viven en la religión o viven en la pasividad, o viven un Evangelio muy limitado que no les enseña otras dimensiones más profundas de la vida cristiana y de las promesas que Dios tiene para ellos.
Nuestros hermanos hablaban hoy acerca de estas clases de libertad en Cristo, y son importantes estas cosas porque hay mucha gente que viene a la iglesia, ponchan la tarjeta, cantan dos o tres himnos pasados por agua, escuchan el sermón a medias y se van a su casa exactamente como entraron y pasan la vida en esa posición. Y entonces, Dios quiere más que eso. Dios quiere vidas productivas de parte de nosotros. Dios quiere vidas esperanzadas. Dios quiere vidas que puedan decir en el medio de la cárcel, “Regocijaos, otra vez os digo, regocijaos.” Que tengan libertad en Cristo, que estén luchando pero también ganando victorias, porque el espíritu del Señor está en nosotros, y donde está el espíritu del Señor, hay libertad. No puede haber cautividad si nosotros estamos en Cristo. Si se da esa cautividad es porque algo no hemos aprendido, conocido, abrazado, aprendido a usar. Hay una desconexión entre lo que Dios nos ha dado y nos hecho y lo que nosotros somos en la actualidad. Y la idea de la palabra es unirnos con el poder de Dios que ya está dentro de nosotros. “Donde está el espíritu del Señor allí hay libertad. Por tanto,” dice, “nosotros todos mirando a cara descubierta – como Moisés. Moisés podía ver la gloria de Dios porque Dios le dio permiso para hacerlo y nosotros podemos experimentar la gloria de Dios porque Dios nos da permiso para experimentarla a través de Cristo Jesús. Entonces, dice, “Nosotros todos mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen como por el espíritu del Señor.”
¡Guau! Mire, zambúllase en esa palabra. Medite en ella esta semana. Deje que ella se meta en los poros de su piel y en los tuétanos de sus huesos. Somos transformados de gloria en gloria. ¿Sabes tu que tu estás en un proceso de transformación gradual? O eso es lo que debes experimentar. Dios te está llevando a través de un proceso de transformación gradual. Y si tu no estás experimentando eso, algo anda mal y tienes que buscar la razón y unirte al programa de Dios. La vida cristiana es una vida de perpetua transformación o debe serlo, de perpetua renovación, de ganar batallas, de ascender a nuevos niveles de grandeza humana, de desarrollo personal. Me encanta, he dicho antes eso, uno de mis versos favoritos, “Porque la senda del justo es como la luz de la aurora que va en aumento hasta que el día es perfecto.” ¿Te ves tu como la luz de la aurora que estás cada día que pasa, yendo de gloria en gloria, de grandeza en grandeza, de peldaño en peldaño? Esa debe ser tu experiencia. No te conformes con nada menos que eso. La vida cristiana es una vida de perpetua transformación y renovación. Recuerde lo que dice la palabra Romanos, capítulo 12, versículo 2, “No es conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios agradable y perfecta.” Romanos 12, por favor. La renovación y la transformación, el lema de la vida cristiana es renovación hacia transformación. Cada día Dios debe estarnos sacando componentes antiguos, hábitos antiguos, pensamientos antiguos, destructivos, negativos, y reemplazándolos con pensamientos positivos. Ahí está la renovación, y la transformación se supone que sea ese resultado final de nuestra vida, que de paso, les digo que no se cumplirá completamente aquí en la tierra, sino se cumplirá cuando estemos cara a cara delante del Señor, cuando Dios nos libre de toda lágrima, toda enfermedad, toda tristeza y veamos su gloria completa. Ahí se completa el proceso que se inicia aquí en la tierra.
Pero mientras estamos en la tierra, estamos comprobando esa buena voluntad de Dios, agradable y perfecta. Si no estamos siendo renovados, transformados, entonces, no podemos experimentar ese buen propósito de Dios. La manera de experimentarlo es involucrarnos, meternos, lanzarnos en ese proceso de continua transformación y renovación. Lo primero comienza allí, hermanos. Dite a ti mismo, “Yo soy una obra en construcción. Yo soy una obra de Dios que Dios está cada día perfeccionando y puliendo, y cada día que yo me levanto es un nuevo día para avanzar hacia el llamado y el propósito pleno de Dios.” La vida cristiana es un proceso gradual de transformación. Y ese proceso de transformación personal y de reemplazo de viejas perspectivas y hábitos, yo les quiero decir, es tremendamente arduo y difícil. No se engañen acerca de eso. Yo creo que muchas veces el mundo pentecostal, al cual yo me suscribo, está lleno de declaraciones fáciles, como que esto es simplemente reclámalo y ya es tuyo. Y le hacemos una injusticia a los hijos de Dios porque esto es un proceso muy arduo, muy difícil y a largo plazo también, y al prometerles cosas fáciles, lo que estamos haciendo es engañándolos y entonces, cuando se tropiezan con la realidad de la transformación, se descorazonan, o viven un vida artificial, echándose mucho perfume sin lavarse bien verdaderamente. Y eso es lo que pasa en mucho mundo cristiano hoy en día, gente perfumada pero el mal olor se transmite a través de su perfume también porque no han ido a través del proceso de la verdadera liberación personal.
Eso es lo segundo que quiero que entiendan. Primero, Dios te llama a una vida de transformación, segundo, ese proceso de transformación es arduo y difícil. Gran parte de la enseñanza cristiana nos llama y nos invita a ser transformados pero a veces no se nos enseña suficientemente cómo hacerlo y qué es lo que está específicamente involucrado en ese proceso. Eso es lo que yo quiero en estos próximos dos sermones, el otro lo predicaré más adelante, pero… La pregunta es, ¿cómo podemos nosotros cambiar nuestra manera de pensar? ¿Cómo podemos atravesar ese proceso en una forma diestra? Lo primero, yo creo, que uno tiene que hacer en el proceso de transformación es reconocer nuestro dolor y nuestro quebrantamiento. No ignorar la naturaleza negativa de nuestras experiencias. Hay que ser honestos con uno. Uno tiene que reconocer sus faltas, reconocer las ataduras. No le pongas otro nombre a aquello de lo cual tu padeces, tus pecados, tus limitaciones. Los gigantes hay que nombrarlos. Los gigantes hay que encararlos, hay que verlos exactamente cómo son antes de descabezarlos. David frente a Goliat sabía que estaba ante un gigante, y le dijo, “Tu vienes contra mí con lanza y con espada.” El diablo es así, anda como león rugiente buscando a quién devorar. Es malo. Satanás es malo. ¿Cuántos saben que el diablo es malo? Y nuestras ataduras son difíciles. Nuestras luchas son fuertes. Tenemos que reconocerlas. No ignoramos la naturaleza negativa de nuestra situación y de nuestras experiencias.
Ser resiliente y tener una actitud positiva no se trata de poner la cabeza en la arena como el avestruz, o reprimir nuestros sentimientos, hay que reconocerlos. Las personas resilientes, yo descubro que son gente realista y lúcidas. Más mí los cristianos más maduros son aquellos que ven el mundo tal como es y se conocen a sí mismos. Saben de qué pie cojean. No tratan de pretender ser lo que no son. Los cristianos resilientes son gente que admiten su situación. Son gente lúcida. Yo encuentro mucha gente en el camino que se engañan a sí mismos y caminan como si fueran gigantes, pero les falta mucho para llegar a esa posición. Tenemos que comenzar donde estamos y de allí entonces, Dios llevarnos a dónde tenemos que ir. Los cristianos resilientes saben que el mundo es un lugar caído, que habitamos un mundo pecaminoso, un mundo que nos ha dañado, nos ha herido. Hemos tenido experiencias de nuestro pasado, hemos cometido graves pecados, hemos sido objeto de la injusticia y el abuso de a veces nuestros padres, la sociedad, nuestras circunstancias, nosotros mismos nos hemos perpetrado una cantidad de heridas y abusos. Y esa es una realidad de la vida de la vivencia humana. Y muchas veces cuando venimos al Evangelio, venimos así, heridos, rasgados por Satanás y por el mundo.
Y en esa aceptación de lo negativo, está el comienzo de la salud emocional y de una perspectiva positiva. “Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia, conforme a la multitud de tu piedad, borra mis rebeliones,” y él dice, “porque yo reconozco mis rebeliones y mi pecado está siempre delante de mí. Contra ti, contra ti solo he pecado y he hecho lo malo delante de tus ojos.” Mire qué confesión más generosa de parte de David. Tenemos que reconocer de qué pie cojeamos. Tenemos que reconocer dónde estamos y de ahí… Porque muchas veces en el mundo carismático todo es, ¿cómo estás? Oh, en victoria. Esto y lo otro. El diablo está bajo mis pies. Sí, está, pero a veces el diablo también te muerde los pies y tenemos que tener cuidado con eso. Hay que saber porque muchas veces eso sirve como una excusa para no bregar con toda la suciedad que está dentro de nosotros. No entrar en ese proceso difícil y desagradable de comenzar a raspar la comida endurecida sobre los platos. Y tenemos que hacer eso para poder llegar a la grandeza. Así que, reconocer dónde estamos y quiénes somos.
En segundo lugar, reconociendo eso, tenemos también que reconocer que hay otro principio regidor, además de ese principio, hay otro principio superior que gobierna el mundo. ¿Y cuál es ese principio? Que Cristo ha venido a reparar este mundo quebrantado y que Cristo ha venido a sanar y a salvar lo que se había perdido, que Cristo ha venido a deshacer las obras del diablo, como dice la palabra. Él vino a deshacer las obras del diablo. Y podríamos decir, Él vino que desmontar las obras del diablo, porque ese es el original de ese término. Esa es la especialidad del Señor. Eso quiere decir que Él vino a suplantar ese principio de la caída por un principio superior, el principio de la redención, la salvación, la gracia de Dios en el mundo. Este mundo está ahora mismo en proceso de reconstrucción. Cristo le quitó la ponzoña a la muerte y al diablo y ahora estamos en proceso. Este mundo está en un proceso a largo plazo en que Dios está reconstruyéndolo y llevándolo a un estado al cual Él quiere llevarlo y nosotros somos parte de ese proceso de reconstrucción. Dios nos ha llamado a ser parte, ser colaboradores del Reino de Dios. Pero junto con el reconocimiento de nuestros pecados y nuestras caídas, y nuestras ataduras a la depresión, el resentimiento, la ira, la baja autoestima, las adicciones sexuales, los pensamientos que nos agobian, junto con eso que tenemos que reconocerlo para nombrarlo y entonces que la luz de Dios ilumine sobre ellos, tenemos que reconocer que también Cristo ha venido para deshacer todas esas cosas.
Lucas capítulo 4, versículo 18 al 21. Dice que a Jesús lo invitaron al inicio mismo de su ministerio a una sinagoga y cuando Él llegó como rabino que era, lo invitaron a compartir la palabra y le entregaron el rollo del Libro de Isaías, yo sé que Dios tenía algo que ver con que fuera ese rollo en particular. Dice que cuando el Señor tomó el rollo en su mano y Él entró a la sinagoga conforme a su costumbre, registre eso allí. Se le dio el Libro del profeta Isaías y el Señor tomó el libro y lo abrió significativamente a un pasaje de Isaías. Y leyó las siguientes palabras, “El espíritu del Señor está sobre mí por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres. Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón y a pregonar libertad a los cautivos, a dar vista a los ciegos física y espiritualmente, a poner en libertad a los oprimidos, - todos aquellos que están oprimidos de diferentes ataduras, diferentes situaciones – a predicar el año agradable del Señor.” Y cuando Él terminó de leer eso dice que enrollando el libro, se lo dio al ministro y se sentó. No se sentó, como decir que ya terminé. No, Él se sentó entonces a predicar porque en ese tiempo los predicadores se sentaban con una banqueta. Hoy en día nosotros nos paramos, en aquel tiempo los predicadores se sentaban y me parece una muy buena idea a veces cuando estoy cansado. Se sentó y los ojos de la gente estaban prendidos sobre Él. ¿Qué querrá Él decir con esto? ¿Por qué escogió ese pasaje? ¿Qué va a decir este hombre misterioso que está iniciando su carrera y que está haciendo milagros ya? Y dice, “Y comenzó a decirles, “Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros.” Esa fue una declaración de guerra contra el diablo, contra el mal, contra todas esas enfermedades y ataduras. Dice, hoy, lo que ustedes están mirando acá, es el cumplimiento de la profecía de Isaías en mi persona.
Y eso dice algo acerca del ministerio de Cristo para nosotros. Él ha venido a hacer todas esas cosas. Sabe que la palabra que se traduce salvación en español, es la palabra griega sozo. ¿Y sabe lo que quiere decir la palabra sozo? No es soso como desabrido, no, sozo, quiere decir salvación pero tiene un doble significado, salvación y sanidad. La misma palabra se usa en el griego para ambas situaciones, por eso es que usted ve que cuando Cristo sanaba a algunos enfermos decía, “Tu fe te ha salvado y te ha sanado también,” porque es la misma palabra. El programa de Cristo es bien abarcador e involucra muchas diferentes condiciones y situaciones. La palabra sozo se refiere que sanidad, salvación, preservación, restaurar las cosas destruidas y volver a ponerlas en su condición original. La salvación en Cristo es un proceso que lo abarca todo y el Señor quiere ministrar a todas las dimensiones de tu vida. Él quiere ministrar a tu espíritu, Él quiere ministrar a tus emociones, Él quiere ministrar a tu cuerpo, Él quiere bendecir a tu familia, Él quiere bendecir tu relación con tus hermanos en Cristo, tu trabajo, tu relación con tus hijos, tu vida interna, todo. El Señor viene a sanarlo todo. Él viene con una escoba bien grande y con un cubo lleno de agua y jabón para limpiar todas las áreas de tu vida y bendecir tu vida. Ese es el programa de Cristo, un programa bien abarcador. En la vida del creyente ese Cristo que quiere venir a sanar y salvar y bendecir y restaurar, ese es el principio dominante y rector en tu vida. Vivimos bajo la bandera redentora de Cristo Jesús. Cristo ha venido para que tengamos vida y vida en abundancia. No solamente una vida dada con una cucharita, no, una vida que Él te tira el cubo completo encima, una vida completa, hermanos. Y yo creo que al nosotros hacernos partícipes de ese plan de Cristo, podemos entrar en él entonces. Dios quiere renovarnos totalmente. Y a veces como eso no se nos hace parte de nuestro programa, no lo experimentamos.
Segunda de Corintios, capítulo 5, dice el Apóstol Pablo, “Si alguno está en Cristo, nueva criatura es. las cosas viejas pasaron y he aquí, todas son hechas nuevas.” Cuando tu entras a Cristo, esa es la realidad judicial que tu ocupas. Esa es tu posición legal. Tu eres un ciudadano del Reino de Dios. Tu te conviertes en un hijo adoptivo de Dios. Los planes de para ti son buenos. Él te quiere tratar como un hijo del reino. ¿Cuántos aman a sus hijos? ¿Cuántos quieren darles buenas cosas a sus hijos? ¿Cuántos quieren ser una fuente de bendición para sus hijos? Asimismo es el Padre. El Padre quiere que tu vivas una vida buena, plena, abundante, y que tu prosperes tanto física como espiritualmente. Cuando tu estás en Cristo ocupas una nueva posición legal, judicial, adquieres una nueva identidad. Efesios, capítulo 2, versículo 6 dice, “Y juntamente con Cristo nos resucitó,” de paso, ese es el lema de la Semana Santa para nosotros como iglesia, nos resucitó con Él, resucitados con Él. “Juntamente con Él nos resucitó y así mismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús.” Nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús. Oops, se equivocó la palabra porque yo estoy aquí en el 22 de la Reed Street, o el 20 de la Reed Street, en Boston. Yo no estoy sentado con Cristo. Pero no, judicialmente, espiritualmente, en términos de tus derechos, de tu identidad, tu estás sentado juntamente con Cristo en los lugares celestiales. Aquí puede estar nevando y a 15 grados bajo cero, pero tu estás allá tostadito, sentado a la presencia de Dios, gozando de tu identidad en Cristo Jesús. Y nosotros tenemos que dejar que nuestra vida sea regida y determinada por esa posición. El diablo no quiere que tu entiendas que esa es tu posición verdadera y que ese es tu derecho como un hijo de Dios. Esa es nuestra nueva condición y posición.
Debemos meditar en esa condición hasta que se convierta en nuestra perspectiva y por lo tanto, debemos reprogramar nuestro cerebro, cambiar la narrativa dominante en nuestra mente. Esta es nuestra tarea mientras buscamos pasar de una expectativa de derrota, fracaso, desastre, a una expectativa de bondad y éxito en Cristo. ¿Por qué digo eso? Porque muchos de nosotros hemos sido heridos por la vida. Es más, hemos sido tan heridos que ni siquiera sabemos cuánto nos ha herido la vida. Muchos de nosotros fuimos heridos a una edad tan temprana que no nos percatamos de cuán profundo es el mal que se nos ha hecho. Yo creo que hay gente que fue herida en el vientre de su madre. Hay personas que fueron concebidas en un pecado o fueron concebidas a través de una violación, o fueron concebidas en un tiempo en que la madre estaba deprimida, o ilegítimamente y la madre los rechazó en el vientre, y rechazó esa venida de ese hijo al vientre. Y ese hijo que participaba de la misma sustancia sanguínea de la madre sintió el rechazo y la tristeza de esa madre, y bebió de esa leche prematura de dolor y de rechazo. Y cuando salen a la vida, ya están marcados. Y a veces viven presos de una tristeza que no saben de dónde viene, pero viene muchas veces del rechazo espiritual de esa madre que se sintió avergonzada porque el hijo fue concebido en una situación ilegítima o como fuera. Y otros, desde la niñez, vivieron en hogares donde los padres estaban tan heridos que experimentaron golpes, rechazos, malas palabras, profecías negativas, abuso, falta de afirmación personal. Y antes de ellos ni siquiera poder identificar lo que estaban experimentando, ya eran objeto de ello. Y entonces, entraron a la adultez, a la adolescencia con ese programa metido allí día tras día, y no se les ocurre otra forma de ver el mundo. Ni han podido identificar que esa no es la manera en que ellos se deben sentir.
Y nosotros tenemos que entender que no, cuando entramos en Cristo Jesús ante los ojos de Dios, las cosas viejas pasaron y he aquí, todas son hechas nuevas. Y una de las cosas que tenemos que hacer es comenzar a renunciar a ese programa. Tenemos que rechazarlo visceralmente, porque ese no es el programa de Dios para nosotros. Esa no es nuestra identidad. Hay que reprogramar el cerebro y cambiar esa narrativa negativa. Muchos de nosotros vivimos en la expectativa de que todo va bien, pero, no te preocupes que en unos días todo se va a venir abajo. Cuánta gente es así, que aunque usted quiera pelear con ellos y decirles, mira, “”e felicito,” “Pero tu vas a ver lo que va a pasar en dos o tres días.” Vivimos en esa expectativa de derrota y negatividad. No podemos. Porque esa expectativa de derrota viene precisamente muchas veces porque eso es lo que hemos experimentado. Mucha gente que ha vivido bajo un programa negativo aún en la fe, no pueden concebir un Dios que los ha perdonado, los ha amado, quiere cosas buenas para ellos, y que ellos tienen derecho a aspirar a cosas mayores. Y entonces nosotros tenemos que deshacer ese programa. Por eso yo digo que esto es un esfuerzo por ayudarnos a ver granularmente lo que está detrás del proceso de reprogramación y de entrar en la plenitud de vida que Dios quiere para nosotros.
Déjenme decirles algo que lo que tu esperas en la vida, eso es lo que te va a venir. Esto es lo que se llama una fe negativa. Así como hay una fe que trae buenas cosas, hay una fe que crea cosas negativas y si nosotros estamos siempre esperando que viene el desastre por ahí, así nos va a suceder. Tenemos que creer que hay buenas cosas alrededor de la esquina. Pero si tu viviste en un programa que todo era negativo, entonces es difícil. Si tu crees que todavía vives bajo la sombra de tu pasado, entonces, así será. Hermanos, también déjenme decirles aquí en paréntesis, porque miro alrededor y sé que hay muchos de ustedes que están ahora mismo en lucha. Hay muchas personas, y yo me voy a incluir en ellos también, estamos en batalla. Hay dificultades, tu estás pasando quizás por una crisis ahora mismo en este momento, quizás hay situaciones emocionales, quizás hay situaciones financieras, quizás hay situaciones de trabajo, de vivienda, por las cuales tu estás pasando ahora mismo y yo te invito a saber que ese no es el momento final, que tu estás en proceso. Yo le digo a la gente, esto es simplemente una fotografía o un momento en una película. Es un cuadrito en una película mucho más larga que eso. Ustedes recuerdan aquellos tiempos en que las películas eran en rollos, y había imagencitas que iban cambiando un poquito y entonces, rápidamente parecía algo fluido. Bueno, así es tu vida ahora mismo. Es un marco, un cuadrito en una película y no lo congeles, no congeles tu vida y digas, bueno, esto que estoy pasando ya es el final. Dios no me ama. La palabra de Dios no se puede confiar en ella. Recuerda, la vida cristiana es un proceso que termina en el último de nuestros días.
Y en ese proceso hay luchas, hay batallas, vienen momentos difíciles, vienen pruebas. Pero tu no puedes congelar la película en ese momento. Y tu tienes que mirar que vendrán mejores tiempos, vendrán tiempos de refrigerio, vendrán tiempos en que tu mirarás hacia atrás y verás ese momento que te pareciera terminante, y tu dirás, era un momento. ¿Cuántos podemos decir lo mismo? ¿Cuántos pasamos por situaciones que decíamos, ya el diablo viene y me va a comer vivo? Y Dios vino y te salvó y te sacó adelante y creciste y fuiste bendecido. No te dejes intimidar por el hecho de que quizás ahora mismo tu estés en el horno de fuego, porque hay uno que va a venir y va a estar contigo y te va a sacar adelante. Y tienes que esperar ese momento. No te des por vencido prematuramente. Cree que Dios es poderoso para usar ese momento de prueba para seguir adelante. Y digo eso porque algunos me escuchan decir estas cosas y dicen, sí, pero el pastor no sabe lo que yo estoy pasando ahora mismo. Sí, es más, él está contigo porque él también está pasando por su propia lucha y sus dificultades.
¿Cómo reprogramar la mente después de años o décadas de vivir bajo una perspectiva negativa? Lo primero en esa reprogramación de la mente es aceptar que sí se puede, que esto es posible, que tu puedes cambiar tus hábitos mentales, que quizás tu has estado tomando pastillas para la depresión por muchos años y tu piensas que ya no hay cambio para ti porque tu estás tan acostumbrada a las pastillas que ya no hay alternativa. Pero tu sí puedes romper ese hábito. Y de paso, te digo que si tu has estado tomando pastillas por algún tipo de insomnio, o lo que sea, no te salgas inmediatamente. Hay consecuencias. Espera en el Señor. Ahora, si tu fe te da para hacerlo. Amén, pero quiero decir que también hay espacio para que tu vayas poco a poco destetándote de ellas mientras recibes más y más fe de parte del Señor. Eso depende, conforme a tu fe te será hecho. Si tu eres adicto a la nicotina o al licor, o lo que sea, Dios va a ir liberándote y va a ir haciendo la obra. Puede hacerlo inmediatamente, a veces lo hace fulminantemente, pero muchas veces es un proceso a largo plazo.
Y lo que tenemos que aceptar es que es posible cambiar los patrones del cerebro y de la mente. Es posible cambiar los hábitos: ira, rencor, crítica, abuso de los demás, es posible cambiar esos hábitos y llegar a ser esa criatura divina que Dios quiere que tu seas. Acepta que es posible cambiar. La Biblia dice que con Dios todas cosas son posibles. Cristo dijo, para los hombres esto es imposible, pero para Dios todo es posible. Los psicólogos mismos nos dicen que el cerebro es eminentemente plástico y flexible. Podemos cambiar nuestra forma de pensar. El cerebro es la cosa más flexible y adaptable que hay en el universo. Tu cerebro no es esa masa de neuronas, esa masa de carne que está en tu cabeza. No, el cerebro es más bien una conexión electroquímica de billones de conexiones electroquímicas. Y eso se puede cambiar, eso se puede ajustar y es posible cambiar los hábitos, los patrones de pensamiento. Es decir, te lo dice la palabra de Dios que debe ser lo verdaderamente importante para ti, pero también te lo dicen los psicólogos, de que uno puede cambiar hábitos de pensamiento.
Número 1, aceptar que es posible y segundo, yo creo que también tenemos que aceptar que es una empresa difícil. Es un proceso arduo, va a requerir mucho compromiso y mucho esfuerzo de tu parte. Si tu estás batallando, luchando con algún hábito, es un proceso difícil. Tomará tiempo en muchas ocasiones. Tienes que derribar viejas estructuras neurológicas, viejos hábitos mentales y tienes que reemplazarlos por otros nuevos. Y para muchos de nosotros eso suena como que oh, el pastor está negando el poder de Dios. No, lo que estoy reconociendo es que en mi experiencia personal de décadas de luchar contra mis propias ataduras y mis propias dificultades, yo he aprendido que esto es a brazo partido. Es un esfuerzo que, por más que tu confieses, reclames, reprendas, hay una lucha verdadera en nosotros que tenemos que darla. Y eso es un proceso a largo plazo y no le voy a prometer algo que en mi propia vida no ha sido cierto. Y lo he visto en miles de personas con las cuales yo he interactuado a través de los años de ministerio. Les digo que el que se cree que está bien limpiecito y pulidito, muchas veces es el que más huele mal. Es difícil. La gente más espiritual indague a fondo y usted verá allí los huecos también. Se toma tiempo. Hay que reemplazar hábitos malos con hábitos buenos poco a poco. Por lo tanto, tenemos que adoptar una perspectiva a largo plazo, inclusive cuando tenemos el completo respaldo de Dios, esto se toma tiempo.
Y una razón, hermanos, por la cual esto es así, es que Dios no viola nuestra libertad. Dios trabaja a través de nuestra libertad. Él trabaja en cooperación con nosotros. Él nos respeta. Muchos de nosotros creemos que lo que Dios debiera hacer es levantarnos la tapa del cerebro y tocarnos con una agujita y sacar todos los diablitos que están en nuestra mente. Eso sería fácil, pero Dios dice, no, yo te respeto. Dios nunca viola tu libertad. Dios nunca viola tu dignidad inherente. Él te creó libre y yo creo que parte de la dificultad de la redención del mundo y de los hijos de Dios es que Dios se auto limita. No es que Él no pueda hacerlo, Él puede hacer lo que le da la gana. Pero Dios nos respeta como seres libres y Él solo nos toca con extremado respeto. En la medida en que nosotros le vamos soltando partes de nuestro ser y vamos trabajando con Él, Él va entrando y entrando. Pero Dios no entra y se fuerza sobre nosotros. Y si lo hiciera, empobrecería el proceso divino de restauración y transformación. Mientras digo eso viene a mi mente la imagen de una mariposa en su cocoon, en su crisálida, cocoon, en inglés. Piense en un gusano que se mete dentro de esa crisálida, esa envoltura, se derrite prácticamente su carne impura y de esa masa biológica que se acaba de derretir, ahí adentro de esa crisálida se está formando algo diferente que en vez de arrastrarse por el suelo y ser objeto de rechazo, está convirtiéndose en algo bello, colorido, alado, etéreo, pero está metido ahí adentro siendo formado. Y entonces, cuando llega el momento en que se ha consumado ese proceso de renovación, que se llama metamorfosis, cambio de forma, ese gusano ya convertido en una mariposa, ahora tiene que salir a la superficie, porque las mariposas tienen que volar y adornar el mundo. Y lo que pasa entonces, es que esa mariposa metida en su crisálida, tiene que pelear con la cobertura que la encierra. Y en ese proceso desarrolla fuerzas sus alas para poder volar. Y si usted prematuramente quiere ayudar a la mariposa y romper la crisálida usted en vez de ella, no va a poder volar. La está dañando y está dañando su destino. Ella tiene que pelear con la corteza que la cubre para poder volar y hay que dejarla que ella luche con eso y que rompa la crisálida y salga ella sola.
Y yo creo que algo así es lo que Dios hace con nosotros. Dios nos mete en su laboratorio de tratamiento y nosotros quisiéramos que Dios viniera y rompiera la corteza carnal que nos impide ser como Dios quiere que seamos, y nos rebelamos y decimos, “¿Por qué tu no me libras de esto yo?” y Dios dice, “Porque tu eres un gusano en formación de mariposa y yo quiero que tu aprendas a volar y que me glorifiques con tu propia lucha.” Y entonces Dios permite que luchemos y que breguemos con nuestra humanidad para que nosotros aprendamos una cantidad de cosas muy necesarias. ¿Qué cosas aprendemos nosotros cuando estamos luchando con nuestras propias ataduras? Aprendemos auto conocimiento, aprendemos misericordia, aprendemos humildad, fe, paciencia, visión a largo plazo, esperar en el Señor, aceptarnos a nosotros mismos, auto conciencia. Una cantidad de cosas y virtudes que son las que constituyen a un hombre, a una mujer verdaderamente maduro y poderoso. Si Dios acortara el proceso, te estaría impidiendo acceder a todas esas cosas. Y porque Él te ama tanto y te respeta tanto, Él permite que tu luches muchas veces con esas cosas. No reniegues de ello. Abraza el proceso. A veces las luchas de la vida, las pérdidas son la muestra más grande de la misericordia y el amor de Dios, ese Dios que quiere que nosotros seamos como Él, como Cristo, que venció todo lo que el diablo le tiró. Y Dios quiere tu seas también un vencedor, un héroe, un hombre, una mujer experimentada en quebrantos, pero que le das gloria a Dios y creces y te haces bello. Muchas veces en nuestras vidas superficiales somos inútiles, somos feos, somos desagradables, y Dios tiene que desangrarnos y crucificarnos para que podamos entrar en nuestra propia resurrección y nuestra propia transformación. No rehúyas del proceso, por eso es que es tan difícil ese proceso, por eso es que yo no estoy aquí para decirte que todo va a salirte bien, que no vas a tener problemas en la lucha, que no vas a tener reversos financieros. Los vas a tener porque es que Dios se glorifica en nuestras dificultades y nuestras luchas. Su voluntad en ti se perfecciona a través de la naturaleza zigzagueante del proceso de transformación. En el proceso aprendes todas estas virtudes que glorifican a Dios. Y cuando Dios te mira, Dios dice, “Ese es mi hijo, esa es mi hija, una vencedora, un vencedor.” Y yo quiero invitarte a ese proceso.
Hay mucho más que quiero compartir contigo y lo vamos a hacer en el camino, pero hoy quiero que tu entiendas que Dios te llama a vivir en un mundo pecaminoso pero también a vivir en su adopción de ti, su promesa de victoria, su llamado a la vida de lucha y de un soldado. Tu eres un soldado, tu eres un atleta, tu eres una heroína que Dios te ha llamado a eso. No te ha llamado a engordar simplemente con su bendición, te ha llamado a vivir la vida de un guerrero y adornar el mundo con tu grandeza y bendecir a otros, y atraerlos al Reino de Dios, y ser un ejemplo del poder redentor de Cristo Jesús. Eso es lo que Dios te llama. Acéptalo, recíbelo ahora mismo. Baja tu cabeza, ponte de pie, lo que tu quieras, y di, “Señor, yo acepto tu llamado. Tu me has hecho grande. Tu me has hecho poderoso. Tu me has invitado a ser poderoso y poderosa como Cristo. Tu me llamas a transformación, a levantar alas como las águilas. No me llamaste a una vida fácil. Me llamaste a una vida heroica, a glorificar a Cristo y aunque se tome tiempo, aunque la lucha sea larga, aunque sea difícil el camino, aunque esté poblado de gigantes, aunque tu no quites a los gigantes de la tierra que tu me has prometido, yo sé que tu me has llamado a descabezar los gigantes y a ocupar la tierra.” Nunca te dejaré, nunca te desampararé. Yo estoy contigo, como estuve con los grandes hombres y mujeres de la Escritura, yo estoy contigo también. Solamente te pido una cosa, no dejes que la palabra se aparte de ti. Esfuérzate y sé valiente. No temas. No desmayes, yo estaré contigo dondequiera que tu vayas. No te des por vencido. No le reconozcas una sola gota de supremacía al diablo y al principio del mal. Mis pensamientos para contigo son buenos. Yo te invito a emprender esta caminata conmigo a largo plazo. A largo plazo, yo estaré contigo dondequiera que tu vayas.
Padre, abrazamos tu llamado, abrazamos tu promesa, qué bueno que tu no nos ha hecho la vida fácil. Qué bueno que tu nos has llamado a ser poderosos en Cristo Jesús y nos promete la victoria. Bendice este pueblo. Acompáñalo en sus luchas, Señor, en sus sufrimientos, padecimientos, yo los bendigo con tu bendición en el nombre de Jesús. Amén y amén, que el Señor les bendiga, mis hermanos. Amén.