Ninguna condenación

Dr. Roberto Miranda

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Dr. Roberto Miranda

Resumen: En este mensaje, el pastor habla sobre Romanos 8, donde el Apóstol Pablo establece los fundamentos de una vida cristiana libre y sin condenación. El pasaje comienza con la declaración de que no hay ninguna condenación para los que están en Cristo Jesús. El pastor explica que estar en Cristo es como un árbol que está arraigado en la tierra y recibe sus nutrientes de ella. De la misma manera, nosotros recibimos vida y comunión con Dios al estar en Cristo.

Sin embargo, el pastor también señala que estar en Cristo implica no andar conforme a la carne, sino conforme al espíritu. Es decir, no vivir de acuerdo a nuestros deseos pecaminosos, sino al Espíritu Santo. Además, se habla de la ley y la gracia, y cómo los mandamientos de Dios pueden convertirse en una obsesión que lleva a la condenación en lugar de a la vida. En resumen, el mensaje destaca la importancia de mantener un balance entre nuestra conciencia de pecado y nuestra confianza en la gracia y la misericordia de Dios en Cristo Jesús.

La ley en el Antiguo Testamento se convirtió en una carga mortífera para los judíos, quienes vivían obsesionados por sus pecados. Los mandamientos de Dios deben ser vistos y relacionados de manera orgánica para que haya vida en ellos. En la carne, nadie puede agradar al Señor, solo el espíritu de Cristo Jesús en nosotros. Dios envió a su Hijo en semejanza de carne de pecado para condenar al pecado en la carne. Los que son de la carne piensan en las cosas de la carne, mientras que los que son del espíritu piensan en las cosas del espíritu. Los cristianos deben tener sus prioridades en las cosas del espíritu y no en las cosas terrenales. La vida del cristiano debe estar coloreada totalmente por su condición de hijo de Dios, y su mayor placer debe ser servir al Señor, crecer en las cosas del espíritu, conocer más y más de Dios y ser un sacrificio agradable a Él. Dios solo se complace en un compromiso total con Él y un corazón en fuego por Él.

Pablo nos llama a vivir una vida de entrega total a Dios, poniendo a Cristo en primer lugar y buscando las cosas del espíritu. Cuando hacemos esto, la gracia del Señor fluye a través de nosotros y somos instrumentos de su gracia para bendición de otros. Debemos confiar en la cruz de Cristo para nuestra salvación y vivir en su gracia y amor. Ninguna condenación puede afectarnos cuando vivimos en Cristo Jesús.

El Señor plantó esa palabra en mi corazón, Romanos, capítulo 8 y sentí que debía desarrollarla un poco más porque es una enseñanza clave. Es una enseñanza central de la vida cristiana. Es uno de los pasajes más teológicamente complejos de toda la Escritura, y yo diría que el Evangelio completo está resumido en ese mensaje de Romanos, capítulo 8, uno de los capítulos clave, ejes de toda la Escritura. Y allí el Apóstol Pablo establece los fundamentos en realidad de una vida cristiana libre. Y me encanta que hoy, que había escogido este pasaje ya hacía muchos domingos atrás para predicarlo hoy, hoy coincide precisamente con el Día de la Independencia de Estados Unidos, independencia de un dominio muy fuerte que había sobre esta nación de parte de Inglaterra, su independencia, su emancipación en un sentido de ataduras nacionales, pero nosotros hoy celebramos independencia en Cristo Jesús, independencia del mal, independencia de ese espíritu que nos tenía cautivos cuando no conocíamos a Cristo. Así que estamos celebrando libertad en Cristo Jesús. Y ¿sabe qué? Somos libres de condenación y de eso es que quiero hablarles esta tarde. Ninguna condenación, ese el título de este mensaje.

En Romanos, capítulo 8 quiero leerles el pasaje porque solamente el pasaje nos bendice y nos instruye. Ponga atención a lo que dice el Apóstol Pablo. Él abre ese capítulo con una declaración fulminante, dice, “Ahora pues, ninguna condenación.” Quiero que repitan conmigo eso, ninguna condenación. Eso está muy bajito, muy leve. Come on. Ese es el ensayo. Ahora, ninguna condenación. All right. Eso es. Gracias. “Ahora pues,” dice, “ninguna condenación hay ¿para quiénes? Para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne,” aquí hay una aclaración, “los que no andan conforme a la carne sino conforme al espíritu porque la ley del espíritu de vida en Cristo Jesús, me ha librado de la ley del pecado y la muerte.” Yo he estado peleando por dos maneras de predicar este sermón, a ver cuál. Esta mañana yo lo prediqué de una forma muy organizada y mis notas en inglés están, de hecho, en la página electrónica y la pueden ver. Pero a veces también es bueno como predicar la palabra de Dios orgánicamente, con un sistema completo vivo, como es el cuerpo humano, y este pasaje tiene tantas enseñanzas que lo podemos hacer nuestro bosquejo, el pasaje mismo nos enseña cómo hablar de estas verdades que el Apóstol Pablo… así que lo voy a hacer de esa manera. Permítanme simplemente fluir en el espíritu y compartir con ustedes algunas verdades.

Pablo comienza diciendo algo bien importante, dice, “Ahora pues,” esa palabra ‘pues’, ¿por qué está allí? Eso quiere decir que hay algo a antecede ese pasaje y él está como haciendo una conclusión de lo que él acaba de decir. ¿Qué es el ‘pues’? ¿Por qué el ‘pues’ allí? Porque en el capítulo 7, si usted lee el capítulo 7, usted verá que Pablo habla acerca de su esclavitud al pecado. Pablo era un hombre muy honesto, muy transparente, y a pesar de sus grandes logros, su tremenda unción, él era un hombre también que reconocía que él tenía deudas con Dios, que él era un hombre como cualquier otro y que tenía cosas que todavía lo ataban, y de las cuales él no podía liberarse aunque trataba. En el capítulo 7 es como una admisión de culpabilidad, y Pablo habla de que como que hay dos leyes en él, por una parte él quiere agradar al Señor y servirle al Señor, y por otra parte hay otra ley que lo jala, dice, y lo ata al pecado. Por una parte él quiere agradar a Dios en todas las áreas y por otra parte, él sabe que también hay cosas en su vida que deben estar rectas con el Señor y que no lo están.

Mire, por ejemplo, en el caso del Apóstol Pablo, una de las cosas que él dice que Dios le dio tantas bendiciones a Pablo, tantas revelaciones, que Dios tenía cuidado de que Pablo no se enorgulleciera demasiado. Parece que Dios discernió que en Pablo había una inclinación hacia enorgullecerse, y la verdad es que Pablo recibió unas revelaciones increíbles. Y dice Pablo que para que la enormidad y la grandeza de las revelaciones que Dios le había dado no lo enorgullecieran desmedidamente, Dios le dio un aguijón en la carne. Es mensajero de Satanás. Dios como que artificialmente puso algo en Pablo para que lo mantuviera humilde, para que lo humillara, que le recordara que él siempre era un reo de la gracia de Dios, que él necesitaba la gracia del Señor. Pablo también vivía atormentado con la idea de que él persiguió a la iglesia de Jesucristo y él dice que “Yo soy el menor de todos los Apóstoles porque yo perseguí la iglesia de Cristo.” Y él decía también que él era el jefe de los pecadores. Y entonces, eso hacía que Pablo tuviera un aprecio muy grande acerca de la gracia de Dios. Y muchos de los pasajes de la Escritura que él escribió, inspirado por el Espíritu Santo, tienen que ver con esa gracia de Cristo que neutraliza la maldad del pecado que hay en él.

Entonces, en el capítulo 7 él entra en una discusión bastante pormenorizada de su condición pecadora, y al final de ese capítulo 7 él dice, “Miserable de mí, ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?” Es una declaración de frustración total en él. Él sabe que por sí mismo él no puede ni siquiera comparecer ante el Señor y que él necesita de la gracia de Dios. Pero en el capítulo 7, de nuevo, es como el trasfondo negativo de este pasaje luminoso que es el capítulo 8. Recuerde eso, el capítulo 7, “Miserable de mí, ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Porque lo que no quiero hacer hago, y lo que quiero hacer no lo hago.” Y entonces, llega un momento como que él auto reflexiona y él nos da el antídoto de esa agonía que él siente por su condición pecaminosa. Y por eso, él dice, “Ahora pues,” en otras palabras, ahora, a pesar de esa incapacidad inherente que yo tengo de agradar a Dios, algo me consuela, algo me da paz y es que “ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús.” En otras palabras, él sabe que a pesar de todo, en Cristo él tiene la misericordia, la bondad, la comunión, la reconciliación con Dios.

Y hermanos, yo creo que nosotros, los hijos de Dios vivimos oscilando entre esos dos extremos, y que el secreto de una vida cristiana saludable y balanceada y apacible es saber cómo mantener el balance entre esas dos inclinaciones, esas dos consciencias que hay en nosotros. Por una parte, la consciencia de que somos pecadores, de que vamos a ofender al Señor, de que estamos dentro de un cuerpo cuya constitución misma nos guía hacia el pecado y eso nos hace sentir tristes, nos hace sentir deudores delante de Dios. Pero, por otro lado, tenemos en Cristo Jesús perdón de nuestros pecados, tenemos paz para con Dios, tenemos reconciliación en el Señor, tenemos justificación, tenemos vida y podemos comparecer confiadamente ante el trono de la gracia, como dice la palabra del Señor. Entonces, yo creo que el secreto de una vida cristiana feliz, balanceada, madura, está en llegar a ese punto de tomar esas dos verdades que parecen contradictorias: nuestra pecaminosidad, nuestra incapacidad para agradar a Dios, nuestra inclinación hacia el pecado por nuestra biología; y por otra parte ese Dios que nos ha perdonado, nos ha bendecido, nos ha justificado a través de Cristo Jesús.

¿Cómo vivir ese balance? Ese es el secreto y eso es lo que Pablo aquí trata de dejarnos. Yo quisiera esta tarde que todos nosotros saliéramos de aquí con ese doble llamado de agradar a Dios, por una parte y saber que vamos a fallar muchas veces, y por otra parte, descansar en el Señor y vivir nuestra vida tranquilos. Amén. Por lo menos hay dos o tres aquí que they get it. [Risas] Yo sé que todos lo reciben. Esa es la tarea de nuestra vida, salir de este lugar queriendo agradar al Señor y sabiendo que nunca llegaremos totalmente, pero también descansando en el Señor. Entonces, dice Pablo, “Ahora pues, a pesar de eso, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús.” La expresión ‘en Cristo’ es muy abundante en la teología de Pablo. Pablo habla una y otra vez acerca de ‘en Cristo’ y esa expresión ‘en Cristo’ tiene una importancia muy grande porque estar en Cristo quiere decir como un árbol está integrado a la tierra… ¿De dónde deriva un árbol su vida y su capacidad para dar fruto? Es del hecho de que está arraigado en la tierra y la tierra le da sus nutrientes. Sabe que la boda del árbol es la raíz, por ahí el árbol come, por ahí el árbol recibe los nutrientes de la tierra, por ahí el árbol se mantiene. Y las ramas de un árbol derivan su vida de estar pegadas al tronco de ese árbol que está recibiendo la sabia de la tierra. Y si una de esas ramas se desgaja y se separa del árbol, comienza a morirse inmediatamente. Las ramas tienen vida porque están en el árbol y el árbol tiene vida porque están en la tierra. Nosotros tenemos vida porque estamos en Cristo Jesús. ¡Aleluya! Porque habitamos en Él, porque respiramos en Él, porque soñamos con Él, porque continuamente nos estamos encomendando a Él, porque sabemos que sin Él nada podemos hacer. Así dice el Señor.

Dice, “Permaneced en mí, y yo en vosotros, y llevaréis mucho fruto porque fuera de mí nada podéis hacer.” Y es lo que Pablo dice, “Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús.” Y la tendencia de muchos de nosotros, ah, okay, yo estoy en Cristo. Ya yo ponché la tarjeta, ya yo pasé al frente, ya yo levanté la mano, me acuesto a dormir. Pero estar en Cristo es algo bien complejo y eso es lo que Pablo quiere desarrollar y por eso en esa segunda parte del versículo dice, “…los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al espíritu.” ¿Qué está haciendo él allí? Él está calificando lo que acaba de decir. Pablo era un teólogo muy desarrollado, un hombre muy racional, un hombre altamente educado y él ponía los puntos sobre las ies, él diferenciaba muy bien. Entonces, lo que Pablo quiere es ahora enseñarnos qué verdaderamente constituye estar en Cristo Jesús. Y ¿qué es lo que nos hace verdaderamente capacitados? Él abre y desgaja y desgrana esa expresión, ‘estar en Cristo’ y lo primero que él dice es, “Tu estás en Cristo si no andas conforme a la carne, sino conforme al espíritu.” Dice, “Los que no andan conforme a la carne, porque la ley del espíritu de vida en Cristo me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.” Y ahí se desata una interrelación entre dos o tres principios. Muchas veces en sus escritos Pablo habla de la ley y de la gracia.

La ley es los mandamientos, la ley es el tora, todos los libros del Antiguo Testamento. La ley es lo que hacía que agonizaran los escribas y los fariseos. La ley era lo que había convertido el judaísmo en una prisión donde los mandamientos se habían convertido en una carga mortífera sobre la consciencia de los religiosos del tiempo. Israel pasó de ser una nación idólatra, inmoral, que vemos retratada en muchos de esos libros que ustedes han estado leyendo en el Antiguo Testamento, y cuando Dios los castigó con el exilio, cuando regresaron del exilio estaban tan escarmentados por sus pecados que se fueron al otro extremo. Se fueron al extremo de la obsesión con los mandamientos. Y sabe que ahí hay una enseñanza para nosotros. Cuando los mandamientos de Dios se convierten en una obsesión, se convierten en muerte. Ahora, cuando nosotros nos relacionamos con los mandamientos de Dios en una forma orgánica, que respira, una forma que combina el deseo de agradar con el reposar en la justicia y la gracia y la misericordia de Dios, entonces, hay vida. Pero para los judíos, los mandamientos de la ley se convirtieron en una razón de muerte, mataron la vida en el judaísmo. Y la gente vivía obsesionada por sus pecados. Si hacían cualquier cosa y no se lavaban las manos, ya creían que Dios ya no estaba con ellos. Si no pagaban el diezmo ya creían que habían perdido su salvación. Si no hacían esto, si no hacían lo otro, si tocaban una persona inmunda, si pasaban por donde había una persona leprosa, todo era una fuente de condenación. Y eso ¿qué quiere decir? que cuando tu vives así, olvídate que tu vas a ser un bundle of nerves, como dicen. Tu vas a estar continuamente obsesionado con tu culpabilidad. La culpabilidad va a ser lo que te controle en tu vida. ¿Por qué? Porque nosotros por nosotros mismos no somos capaces jamás de agradar completamente a Dios.

Alguien ha dicho que nadie puede sobrevivir una auditoría del gobierno, de los taxes. Cuántos de nosotros vivimos temerosos de que si se ponen a escarbar en los taxes, algo va a salir por ahí en alguna manera. ¿Por qué? Porque las auditorías se meten en lo hondo de tus impuestos y siempre a alguien se le habrá olvidado un recibo cuando compró algo, se le habrá olvidado poner una cifrita por allí de algo que le dieron, un regalito o algo y no pagaron al gobierno. Dios es peor que una auditoría. Si Dios se mete en tu vida, siempre va a encontrar algo de pecado. Nadie puede agradar a Dios por su propia justicia, porque nuestra vida misma, nuestra biología nos hace ofender a Dios en mil maneras. ¿Sí o no? nuestros pensamientos, lo que hacemos, lo que no hacemos, lo que decimos, lo que no, todo se convierte en una relación de pecado. Entonces, Pablo dice que la ley del espíritu de vida en Cristo Jesús nos ha librado de la ley del pecado y de la muerte. Y por esa razón es que nuestra deuda, nuestra lealtad, no debe ser a la ley ni a las cosas de la materia sino a las cosas del espíritu. Porque es allí donde está nuestra salvación, es allí donde está nuestra esperanza. Entonces, Pablo establece esto, la ley nos condena y Dios, dice la Biblia, como que estableció la ley para probar que ningún ser humano se podía salvar por sí mismo. Y por eso todos esos libros del Antiguo Testamento y todo ese tiempo que se pasó en el Antiguo Testamento con todas esas leyes, era Dios preparando a la humanidad para una cosa, era para apreciar lo que Cristo iba a hacer. Como para decirle al hombre, tu ves, por tu propia manera tu nunca vas a poder agradarme. Y Dios se tomó siglos para probarle eso a la humanidad y entonces, envió a Cristo Jesús como la solución, para que nosotros podamos apreciar lo que Cristo verdaderamente ha hecho.

Hermanos, en la carne ninguno de nosotros podrá agradar al Señor. Como digo, de nuevo, nuestra constitución misma, lo que nosotros somos, nuestra neurología, nuestra constitución física, biológica, animal, terrenal, carnal, no es capaz de agradar al Señor. Esta es la materia. La materia nunca va a agradar al Señor, solamente el espíritu de Cristo Jesús en nosotros. Entonces, por eso Pablo dice, mira, si tu sabes que la carne no conduce a nada bueno, entonces, tu lealtad no debe ser a la carne, tu mente no debe estar dándole tanto valor a las cosas de la carne, sino a las cosas del espíritu. Entonces, tu debes vivir tu vida buscando las cosas del espíritu, apreciando las cosas del espíritu, porque la carne no lleva a nada bueno. Entonces, por eso Pablo dice, miren, los que no tienen condenación son aquellos que no andan conforme a la carne, sino conforme al espíritu, porque la ley del espíritu de vida es lo que nos ha librado de la ley del pecado y de la muerte. Entonces, veamos esto también, esta antinomia, materia-espíritu. Y Dios nos pregunta, ¿dónde está tu confianza? ¿Está en lo que tu puedes hacer por ti mismo? ¿Está en el mundo? ¿Está en las cosas del mundo o está en la ley de Cristo Jesús?

Entonces, en el versículo 3 Pablo dice, “Porque lo que era imposible para la ley por cuanto yo era débil por la carne, Dios enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne.” De nuevo, en otras palabras, Dios sabe que por nosotros mismos no podemos agradarle. Y a mí se me ocurrió algo, un pensamiento que quiero compartir con ustedes que está relacionado con esto. Dice, “Lo que era imposible por la ley por cuanto yo era débil por la carne,” sabe que Dios, Él sabe, Él conoce que nosotros somos polvo y Dios en vez de estarnos exigiendo y atacando y hostigando con nuestra incapacidad para agradarlo, Él envió una medicina que es la gracia de Cristo Jesús. Y eso me recordó algo que como padres, hermanos, como padres nosotros podemos sacar mucho más de nuestros hijos con la gracia que con el látigo de la ley. Y que nosotros debemos tratar en todo lo posible de ser misericordiosos con nuestros hijos. Cuando nosotros les exigimos a nuestros hijos, cuando los llamamos a portarse bien, a estudiar, hagámoslo siempre de manera que en su corazón quede un sentido de redención, que ellos sepan que nosotros los amamos, los apreciamos, sabemos que al final ellos van a hacer las cosas bien, y yo creo que uno le saca mucho más a los hijos con afirmación que con condenación. Nosotros sabemos que ser joven siempre conduce a errores, a desvaríos, una cantidad de cosas, y nosotros debemos siempre tener esa gracia con nuestros hijos.

También debemos tener gracia con nuestros semejantes, nuestros amigos, con nuestros hermanos porque eso muchas veces saca más que la condenación. Entonces, por eso Dios ideó esta manera, porque Él sabía que siempre recordándole a la gente sus pecados, sus errores, su incapacidad para agradarlo, lo que iba a hacer era simplemente meterlos más en el hoyo y por eso Él envió a Cristo para que nosotros pudiéramos descansar en Él, que supiéramos que Él no está allá airado con nosotros, que Él nos ha perdonado y que Él sabe que nosotros somos polvo, que somos débiles, que nuestra constitución misma es ofender y errar. Entonces, “Dios envía a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa de pecado, y condena al pecado en la carne.” Aquí hay algo bien importante que nosotros tenemos que recordar, cuando Cristo murió en la cruz, no solamente fue Cristo crucificado, sino que es casi, no sé cómo explicarlo, pero el pecado mismo fue crucificado en Cristo. Cristo asumió la forma de un hombre, un hombre perfecto, sí, pero era un hombre representando a la humanidad, y cuando Cristo muere en la cruz, no solamente está Él siendo clavado, sino que también el pecado nuestro, nuestra condenación está siendo clavada en la cruz del calvario.

La Biblia dice que en la cruz Cristo destronó a los principados y a las potestades, y anuló, dice, el acta de los decretos que nos era contraria. Es decir, que en la cruz todas las acusaciones del diablo, toda la condenación del diablo fue neutralizada. Es como si cuando Cristo estaba siendo crucificado había también un papel allí que era la condenación de la humanidad, y eso también fue crucificado. Él asumió la forma de un hombre para que sobre ese hombre cayeran todos los pecados de la humanidad, presentes, pasados y futuros. Cristo era la víctima que antes, en el orden de los sacrificios del templo y del Antiguo Testamento, las víctimas eran quemadas continuamente por los pecados de la nación. Ahora, Dios fue mucho más eficiente y con un solo sacrificio, el de Cristo Jesús, como una víctima, Él quemó todos los pecados de todos nosotros. Y hoy cuando nosotros permanecemos en Cristo, estamos bebiendo, comiendo, recibiendo de la vida que salió de su cuerpo quebrantado, su cuerpo magullado por el pecado. Dice que por los azotes de Cristo nosotros hemos sido curados. Y esa es una sanidad física, emocional, espiritual, y lo que se requiere es entonces, que nosotros entremos en lo que Cristo ya hizo, que nosotros aceptemos para mí, para ti, lo que el Señor hizo en la cruz del calvario.

Y es importante que entendamos eso también, porque lo que Pablo está diciendo aquí es que nosotros tenemos que poner nuestra firma en ese cheque, por así decirlo que Cristo escribió en la cruz del calvario. Si tu no pones tu firma sobre lo que Cristo hizo entonces, lo que Cristo hizo no es valedero para ti. ¿Cuántos saben que si tu no firmas un contrato, el contrato no vale? Si tu no firmas un cheque, lo que escribiste en el cheque no tienen ninguna vigencia. Si tu compras una casa y no firmas un contrato de esa casa, no vale nada. Si tu haces un testamento y tu no pones tu firma en ese testamento, lo que tu quieres que se haga con tu dinero no vale nada. Y de igual manera, el testamento que Cristo dejó en la cruz del calvario requiere tu firme, requiere que tu lo aceptes, que tu estés claro que eso es para ti y para mí. Por eso que cuando nosotros invitamos a la gente a levantar la mano en un servicio, a aceptar a Cristo como Señor y salvador, a pasar al frente, lo que estamos diciendo es pon tu firma en el cheque que Cristo emitió en la cruz del calvario. Reconoce que lo que Cristo hizo es para ti. Y si tu no pones tu firma, si tu no te apropias de lo que Cristo hizo, entonces, lo que Cristo hizo en la cruz del calvario no es valedero para ti. Esa idea de ni condenación es para los que estén en Cristo Jesús.

Y entonces, Pablo continua abundando en eso, en el versículo 5 él dice, “Los que son de la carne piensan en las cosas de la carne, pero los que son del espíritu piensan en las cosas del espíritu.” Y aquí hay algo bien importante que tenemos que también abundar un poquito sobre ellos. Esta idea de que los que piensan en la carne, ¿qué quiere decir eso? O los que piensan en las cosas del espíritu, ¿dónde estás tus prioridades? ¿En qué tu piensas cuando tu estás a solas? ¿Cuáles son las cosas que te preocupan a ti? ¿Cuáles son las cosas que llaman tu atención? Cuando tu estás tomando una ducha, por ejemplo, ¿en qué cosas tu piensas? Cuando tienes tu día libre, ¿Cuáles son las cosas que llaman tu atención? ¿En qué tu pasas tu tiempo? ¿Y cuáles son las cosas que tienen prioridad en tu vida? Porque eso es lo que Pablo está diciendo, que la vida en Cristo es más que simplemente venir a la iglesia un domingo y después te vas a tu casa y ya. Y el otro domingo tu vienes y entonces, otra vez eres cristiano, pero el resto del tiempo tu te lo pasas haciendo tu vida como tu quieres y tu cristianismo no impacta tus relaciones humanas, tu matrimonio, tus prioridades, lo que tu haces con tu dinero, cómo tu pasas tu tiempo, cómo tu inviertes tu talentos, qué decisiones tu haces con tu carrera, dónde vivir, dónde invertir tus energías. Los hijos de Dios, los que están en Cristo, piensan en las cosas del espíritu y no de la carne. Esto a diferencia de las personas que su prioridad está en su carrera, y cuántos cristianos hay verdaderamente que para ellos la vida cristiana es un after thought, es algo que es un apéndice de su vida, pero lo que verdaderamente les importa es llegar a la cúspide de su carrera, hacer dinero, tener una buena casa, comprarse el BMW que siempre han querido, sus hijos son su adoración, su descanso el sábado por la mañana, lavar el carro y ponerlo brillante para el fin de semana. Y para muchos cristianos, y ciertamente para la gente que no está en Cristo, esa es la vida. La vida es algo terrenal, algo que simplemente tiene que ver con este tiempo y este espacio. Y lo que dice Pablo es que si somos verdaderamente cristianos y estamos en Cristo Jesús, nuestra outlook, nuestra inclinación, nuestra perspectiva de la vida va a estar coloreada totalmente por nuestra condición de cristianos. Y en eso es que nosotros vamos a estar pensando y obsesionando y buscando cómo cultivar.

El cristiano piensa y ama y se involucra en las cosas del espíritu. Y en realidad, para el cristiano del cual Pablo está hablando aquí, la vida allá afuera, por así decirlo, es segunda o tercera categoría, sus preocupaciones están en su condición de hijo de Dios. Eso quiere decir que su placer mayor va a ser servir al Señor, crecer en las cosas del espíritu, ser un instrumento en las manos de Dios, conocer más y más de Dios. Pablo dice, como decía Meche el domingo pasado, su deseo era conocer a Cristo en sus padecimientos y en el poder de su resurrección. ¿Cuántos tienen hambre y sed de conocer a Dios verdaderamente? ¿Cuántos viven su vida deseando ser más y más como Cristo? ¿Para cuántos de nosotros nuestra pasión es que nosotros seamos un sacrificio agradable al Señor? ¿Y cuántos pasamos nuestro tiempo pensando? ¿Cuánto tiempo tu pasas meditando en la palabra del Señor? ¿En qué tu piensas cuando te levantas por la mañana? ¿Cuál es tu último pensamiento antes de dormirte? ¿En qué tu inviertes tu dinero, tu tiempo, tus talentos? ¿Cuáles son las cosas en que tu piensas? Porque eso es importante, porque para Dios lo único que verdaderamente agrada al Señor es un total compromiso con Él. Dios no es un Dios a medias. Dice la palabra que Dios es celoso. Él no comparte su amor con nadie. Él es un esposo celoso. Es más, la Biblia dice que la amistad con el mundo es enemistad con Dios. Hay una sola cosa que agrada al Señor y es un corazón en fuego por Él, un corazón que lo ama desesperadamente, “Como el siervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo, ¿cuándo vendré y me presentaré delante de la casa de Dios?” ese es el clamor que debe consumir nuestras vidas continuamente.

Yo anhelo que anhelo, que anhelo conocer a Dios más y más en su crucifixión y en el poder de su resurrección. Yo quiero conocer a Cristo en todas las dimensiones, no solamente en lo bueno, sino también en lo que no me gusta tanto para que mi vida sea agradable delante de Él. Y eso es lo que yo creo que Pablo quiere decir, los que no piensan en la carne, en las cosas de la carne, sino en las cosas del espíritu. Sabes tu que la mayor protección para un creyente es preocuparse por Cristo, preocuparse por las cosas del espíritu. Si tu te preocupas por las cosas del espíritu, Dios se preocupará por las cosas de la carne en tu vida. Asimismo dice la Biblia, “Buscad primeramente el Reino de Dios y su justicia y todas las demás cosas os serán añadidas.” ¿Cuántos pueden decir ‘Dios ha probado eso en mi vida’? Yo he descubierto que servir al Señor es la mejor inversión de todas las inversiones que un hombre o una mujer pueda hacer. Cuando tu sirves al Señor y le das todo, el Señor se preocupa por ti, se preocupa por tus hijos, se preocupa por tus finanzas, se preocupa por tu salud, se preocupa por tu estado emocional. Todas las cosas que los gentiles, los que no conocen a Cristo, viven estrujándose y agonizando para conseguir, el Señor te las da sin dolor alguno. Tus partos son partos sin dolor porque tu prioridad es agradar a Cristo Jesús.

Yo les puedo decir en mi propia vida, hermanos, cuando el Señor me llamó al ministerio hace décadas, mi preocupación era, bueno, si yo dejo mi carrera y me pongo a servir al Señor, voy a ser un pastor muerto de hambre por allí, mis hijas van a pasar trabajo, mi esposa va a estar en necesidad, mi casa, las buenas ambiciones que yo tengo de progreso y voy a tener que sacrificar mi vida, por así decirlo. ¿Sabe qué? El Señor nos ha sorprendido con su provisión a través de 30 y pico de años de ministerio. Dios no nos ha falta. Dios nos ha bendecido. Dios nos ha dado los anhelos de nuestro corazón, hermanos, tanto en lo material como en lo espíritu, como en lo emocional, como en lo familiar. Dios ha sido más que misericordioso porque lo hemos servido a Él. Cuando tu te preocupas por las cosas del espíritu, y tu entiendes que tu primer llamado es agradar al Señor, y tu pones a un lado todas las cosas que obsesionan a los seres humanos, Dios dice, ahora podemos trabajar. Ahora yo te voy a constituir en un canal de mi gracia. Y no solamente vas a ser de bendición para ti mismo, sino que vas a ser de bendición para otros también.

El Señor le pidió a Pedro su barca, ¿recuerdan ese pasaje? El Señor está predicándole a una multitud y la multitud se agolpa sobre Él y Él quiere predicar y como está tan cerca de la gente, en su limitación humana, Él no podía alcanzar a los que estaban bien atrás porque su voz no se proyectaba. Dice que Él vio a Pedro que tenía su barca y Pedro venía de toda una noche de pescar sin coger ni un solo pez. Y el Señor le dice a Pedro, “Pedro,” y Pedro en ese momento no conocía todavía a Cristo como verdaderamente lo debía conocer, y el Señor le dice, “Pedro, ¿me puedes prestar tu barca?” Y entonces, dice que el Señor se montó sobre la barca y me imagino que Pedro o alguien lo ayudó y retiró la barca un poquito de la orilla. Y entonces, de ahí, retirado de la orilla, Él tenía toda la multitud delante y podía predicar con efectividad. Y me imagino que mucha gente pudo ser bendecida, porque Pedro le prestó su barca al Señor. Y cuando el Señor terminó de predicar, le dijo a Pedro, “Ahora, Pedro, ven, móntate y vamos a bogar mar adentro.” Para mí el bogar mar adentro… el mar adentro es el lugar de la consagración, el lugar de la entrega, el lugar donde uno se retira de la multitud y del mundo y ahora está a solas con Cristo Jesús. Y entonces, allí, retirado de la orilla, el Señor le dice, “Ahora, Pedro, echa tus redes para pesar.” Usted ve, en todo momento el Señor tenía consciencia de las necesidades de Pedro. Él sabía que en ese hombre que estaba allí oyéndolo, había un hombre que estaba preocupado quizás por su familia, porque estaba tratando de pescar, no había conseguido ningún pez, su profesión no le estaba deparando provecho, estaba pensando, “Voy a perder la barca, la alquilé, la arrendé, todavía tengo que pagarla y ¿qué va a ser de mi familia?”

Y muchas veces nosotros somos así. Estamos preocupados por nuestro futuro, nuestra carrera, nuestros intereses, y muchas veces el Señor quiere usarnos en diferentes maneras, pero nosotros no entendemos que el Señor quiere usar nuestra vida, el Señor quiere tomarnos como un instrumento de su gracia. El Señor quiere que nosotros le rindamos todo, le entreguemos todo a Él y le digamos, “Señor, aquí estoy. Lo que tu quieras de mí.” Eso es lo que yo voy a hacer. Cuando Pedro le rinde su profesión al Señor, le rinde su propiedad de esa barca al Señor, entonces, Cristo queda libre para bendecir a Pedro también. Y entonces, le dice a Pedro, “Ahora, echa tu red,” y lo que le está diciendo es, entre paréntesis, y tu vas a ver la diferencia de pescar conmigo como tu prioridad, y pescar con la pesca como tu prioridad. Dice la palabra que cuando Pedro echó sus redes, dice que salió una multitud de peces. Yo me imagino que la palabra de Cristo llamó a todos los peces que estaban a cientos de yardas de distancia y todos esos peces acudieron para bendecir la red de Pedro. Y recuerde que Pedro pescó en condiciones no muy buenas. Él había tratado de pescar en la noche cuando los peces están receptivos, no hay gente, no hay ruidos que los ahuyente. Y ahí hay una enseñanza también que Pedro le dice al Señor, “Señor, pero toda la noche hemos tratado de pescar y no hemos cogido nada.” ¿Cuántos de nosotros aquí hemos tratado de pescar toda la noche en condiciones buenas y no hemos cogido nada? Porque no hemos puesto a Cristo en nuestra prioridad, no estamos permitiendo que el Señor use nuestra economía, que use nuestros recursos, no le hemos entregado la totalidad de nuestro ser al Señor. No nos hemos olvidado de nosotros mismos para que el reino de Cristo sea avanzado.

Y entonces, Pedro recoge esa gran cosecha de peces y el Señor le dice, “Pedro, ahora será no pescador de peces malolientes, sino serás pescador de hombres, de almas.” ¿Por qué? Porque cuando usted se entrega completamente al Señor, se consagra, Dios le bendice materialmente, le bendice en su profesión, le bendice en su familia, y usted cambia de estatus. Usted se convierte de un ser meramente biológico a un ser exaltado, como un ángel que sirve al Señor y es usado para el avance del Reino de Dios. Entonces, lo que Pablo está haciendo aquí, hermanos, es un llamado precisamente a vivir esa experiencia del Apóstol Pedro. Y yo creo que el Señor nos está llamando a una experiencia de consagración total, de pensar en las cosas del espíritu, porque solamente una persona que le da completa prioridad a Cristo, a Dios en su vida, puede vivir libre verdaderamente de la condenación. Tu no puedes liberarte de la consciencia culpable por tus propias obras. La única manera es metiéndote directamente en Cristo y dejando que el Señor ocupe todos los rincones de tu ser. Cristo se meta en ti y tu te metas en Cristo. Y al tu entonces vivir así, en Cristo Jesús, no preocupándote por las cosas de la materia, no dándole prioridad a las cosas materiales, dándole más importancia a las cosas del espíritu entonces, la gracia del Señor puede correr libremente a través de ti. Todos los nutrientes que tiene el Evangelio, la paz con Dios, el poder espiritual, la capacidad para bendecir a otros, victorias sobre tus ataduras, un estatus nuevo, de hijo verdaderamente legítimo de Dios, todas esas cosas comienzan a fluir a través de ti. Tu eres como el árbol, pegado a la tierra, siendo nutrido, dando fruto a su tiempo porque la vida de Cristo fluye a través de tu vida.

En el versículo 9 Pablo dice, “Más vosotros no vivís según la carne, sino según el espíritu, si es que el espíritu de Dios mora en vosotros.” En otras palabras, esa es la alternativa, él está dando por sentado algo que en muchos de nosotros no es una realidad. Ustedes no deben vivir, sería mejor decir, según la carne sino según el espíritu. Y si tu vives así, hermano, como un sacrificio sobre el altar consumiéndote lentamente por amor a Dios, si tu no confías en tu propia justicia, sino que confías en la justicia de Jesucristo, tu puedes vivir libre de condenación. Cuando un hombre o una mujer ama a Dios por sobre todas las cosas, cuando un hombre o una mujer está tan lleno de la presencia de Cristo en ellos que no hay espacio para nada más, entonces, mira, cuando tu cometes un error, cuando pecas como Pablo, como yo, como todos los que estamos acá, la sangre de Cristo inmediatamente viene y te limpia de todo pecado. La sangre de Cristo te restablece, te restituye pero tu tienes que tener esa relación de intimidad con el Señor. Tu tienes que dejar que la sangre de Cristo esté fluyendo continuamente a través de ti, que tus intereses sean los intereses del Reino de Dios. Y cuando tu vives así, pegado a la gracia que hay en Cristo Jesús, pegado a lo que Él hizo en la cruz del calvario, sabiendo que Él es tu vida y que tu vida está escondida en Cristo Jesús, entonces tu puedes estar tranquilo, tu puedes dormir tranquilo, tu puedes vivir la vida de gracia que Dios tiene para ti.

Entonces, termino con esa idea. Que lo que Pablo está estableciendo es ese balance de amar a Dios por sobre todas las cosas, querer agradarlo con pasión, vivir una vida de santidad, esforzarnos por ser agradables delante de Dios, estar continuamente ardiendo como un sacrificio que se va consumiendo, que Dios va puliendo cada día. Dios va crucificando cada día, Dios va llevando a través de una serie de experiencias que nos van acercando más y más y haciéndonos más como Cristo. Cuando vivimos esa vida de entrega total, pero también vivimos esa vida de descanso en el Señor, cuando tu te acuestas en la noche, tu sabes que has adquirido una cantidad de deudas con Dios, pero tu puedes decir, “pero ahora me remito a la gracia del Señor.” Y al otro día te levantarás y volverás a hacer lo mismo, confiarás en Cristo, te esforzarás por servirlo, pero también vas a relajarte y descansar en lo que Cristo hizo en la cruz del calvario. Yo espero que en esta tarde ese sea nuestro mover, esa sea nuestra dinámica.

Vamos a inclinar nuestras cabezas un momento. Vamos a recordar lo que el Señor nos está diciendo en esta tarde. A nuestros hermanos jóvenes yo les digo, enamórense del Señor, pongan a Cristo en el primer lugar y denle la prioridad siempre, y el Señor se encargará de todo aquello a lo cual ustedes aspiran. A los maduros ya, que tienen tiempo en la fe, los que están ya en su carrera, en sus trabajos, yo les digo, pongan a Cristo en el primer lugar. Encomiéndense a Él, vivan para Él, ámenlo a Él, vivan en lo que Él hizo en la cruz del calvario, no vivan en su propia suficiencia, siempre confiando en la gracia que se desprende de su cruz. Y hagan a Cristo algo tan real en sus vidas que no haya espacio más otra cosa, ni las acusaciones del diablo, ni ninguna otra cosa. Y entonces, vamos a poder vivir vidas satisfechas, vidas de bendición, vidas a través de las cuales corra la gracia del Señor. Ahí donde tu estás di conmigo, Señor, me remito a tu gracia, me confío a ti. Dedico mi vida a ti. Entrego todo lo que tengo a ti, Señor. Reposo en lo que tu has alcanzado en la cruz, donde te diste por mí, y hoy te pido, entra a mi vida, entra a mi corazón, y que lo que tu hiciste en la cruz se haga valedero para mí también. Me entrego a ti. Te acepto, te recibo, te confieso como mi Señor, como mi salvador.

¿Puedes tu decir eso? Señor, en tu cruz yo tengo salvación. En tu cruz yo tengo vida eterna. En lo que tu alcanzaste a través de tu sacrificio, yo tengo vida eterno, tengo perdón de mis pecados. Si tu has hecho eso esta tarde, tu puedes decir, yo estoy libre de toda condenación. Padre, gracias por tu bondad, gracias por tu amor, gracias por tu misericordia, gracias por lo que tu alcanzaste en la cruz del calvario. Mi hermano, si tu has hecho eso hoy, aunque sea la primera vez o aunque sea que ya lo hayas hecho antes, si tu quieres confesar esa dependencia en Cristo Jesús, por qué no levantas tu mano ahora mismo. Sea como sea, si lo has hecho antes, si lo estás haciendo ahora por primera vez, no importa, confiesa tu entrega al Señor, y tu confianza en el Señor. Levanta tu mano. Ponte de pie, como tu quieras. Vamos a ponernos de pie y vamos a confesar nuestra dependencia en el Señor esta tarde. Vamos a decirle al Señor, Padre, yo confío en lo que tu has hecho en la cruz en esta tarde. Te bendecimos, te damos gracias, Señor, confiamos en tu cruz. Confiamos en tu liberación. Gracias por lo que tu has alcanzado, Señor, en la cruz del calvario. Te adoramos y ten bendecimos, Padre. Ninguna condenación para los que están en Cristo Jesús. Amén, amén, y amén. Dios les bendiga mis hermanos. Vamos a vivir vidas libres para servir a Cristo y para hacer su voluntad. Amén y amén. Dios les bendiga.