
Autor
Dr. Roberto Miranda
Resumen: En Filipenses 3:12-13, el Apóstol Pablo habla acerca de soltar el pasado y enfocarse en lo que está adelante. La vida cristiana es una jornada progresiva y demanda un continuo deshacerse de cosas viejas y formas de pensar para poder entrar en el gozo y disfrute del Señor. Es importante adoptar una nueva perspectiva y no vivir en el pasado para poder abrazar las nuevas condiciones que Dios tiene para nosotros. Pablo sabía acerca de soltar cosas y olvidarse del pasado, ya que antes de conocer a Cristo, fue un gran perseguidor de la iglesia. La vida cristiana demanda un abandono de viejas identidades y un asumir nuevas identidades, así como la adopción de nuevas formas de pensar. Para vivir la vida cristiana efectivamente, es necesario creer que Dios tiene cosas maravillosas para nosotros y soltar las ofensas del pasado para entrar en el disfrute y gozo del Señor.
El pastor habla sobre cómo necesitamos dejar el pasado atrás y estar dispuestos a hacer cambios y sacrificios para seguir adelante en nuestra vida cristiana. Él comparte una historia personal sobre cómo tuvo que hacer esfuerzos y sacrificios para recuperar la movilidad de su brazo después de un daño. Él llama a la iglesia a ser proactiva y valiente en este tiempo de pandemia y a salir de la comodidad del hogar para adorar al Señor en su santuario. También habla sobre cómo a veces tenemos que soltar cosas, como amistades que no nos convienen o relaciones románticas que nos impiden entrar en la plenitud de lo que Dios tiene para nosotros. En resumen, el pastor nos llama a ser radicales en nuestra entrega total a Dios y a estar dispuestos a hacer sacrificios y cambios para seguir adelante en nuestra vida cristiana.
El autor habla sobre la importancia de dejar atrás cosas que nos impiden disfrutar del Reino de Dios y tener intimidad con Él. Se refiere a traumas del pasado, pecados, heridas y otros obstáculos que pueden afectarnos mental y emocionalmente. Invita a los lectores a abrirse al trato sanador de Dios y recibir su restauración y liberación. También anima a confesar positivamente la gracia del Señor y renunciar a todo lo que nos encadena. Termina con una oración por sanidad y liberación en el nombre de Jesús.
Filipenses 3:12 y 13. El Apóstol Pablo está hablando precisamente acerca de poner nuestra mirada en lo que está adelante. ¿Cuántos saben que el Señor tiene un futuro glorioso para ti? Que Dios tiene buenas cosas para tu vida, que Dios quiere darte las bendiciones que tu anhelas, y quiere sacarte del luto del pasado y entrarte en un tiempo de amores, de celebración, de gozo. Eso es lo que Dios tiene para nosotros.
Pablo está hablando acerca de su lucha por agarrar eso que Dios tiene para él y que es necesario soltar algo para agarrar otra cosa. Entonces, está hablando de su búsqueda de la bendición, de agarrar a Cristo, de llegar a ser el hombre que Dios quiere que él sea. Y él dice, “No que lo haya alcanzado ya,” en otras palabras, ahí está un reconocimiento de que la vida cristiana es una jornada progresiva. Vamos de un lugar a otro, de un estado a otro. Vamos aprendiendo cosas. Vamos experimentando el trato del Señor, el llamado del Señor, nuevas experiencias, nuevas alturas, nuevos niveles de profundidad en el conocimiento del Señor. Nunca llegamos.
¿Sabe cuánto llegamos? Cuando nos morimos. Pero mientras tanto él dice, “No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto, sino que prosigo.” Esa es la vida cristiana, un proseguir, un seguir adelante, “…por ver si logro asir, agarrar, aquello para lo cual fui también asido por Cristo.”
La palabra es eso agarrar. Asir es una palabra fina y no es una palabra cualquiera, quiere decir como aferrarse a algo, agarrarlo con fuerza. “Hermanos,” – re enfatiza, “yo mismo,” estaba halando el Apóstol Pablo, el gigante moral, escritural, Pablo. Toda la gente que está leyendo su Escritura piensa de él como un súper hombre en el espíritu.
Dice, “Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado, pero una cosa hago, olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está adelante, prosigo a la meta…” Otra vez esa palabra, prosigo, persevero, persisto, continúo, prosigo a la meta. “… al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.”
Bendiga el Señor su palabra. Si usted examina el capítulo 3 de Filipenses, usted va a ver que Pablo habla mucho en ese capítulo acerca de la meta que él tiene. En los versículos anteriores comenzando con el versículo 7, por ejemplo, él habla acerca de que él quiere llegar a conocer a Cristo. Yo hablé acerca de eso el miércoles pasado, quiere llegar a conocer a Cristo en el poder de su resurrección, dice, en sus padecimientos, y llegar a ser igual a Él en su muerte también. El deseo de Pablo era llegar a una plenitud a la cual Dios lo había llamado de experiencia en Cristo, de compenetración con el espíritu de Jesús. Él quería llegar a ser ese hombre que Dios quería que él llegara a ser. Y note que estamos hablando del gran Apóstol Pablo. Pero él también tenía un camino al cual llegar.
Y en ese capítulo 3, Pablo habla acerca de la necesidad de adoptar una nueva forma de ver las cosas, una nueva perspectiva y soltar la vieja perspectiva. Ustedes saben hermanos que muchas veces tenemos que soltar para agarrar. Y aquí Pablo nos invita a no vivir en el pasado, no vivir en el pasado, olvidando ciertamente lo que queda atrás ni a detenernos demasiado en los recuerdos ni tampoco en los logros de pasado.
Y por eso ese versículo del Salmo, “He aquí, yo hago cosas nuevas.” Yo hago cosas nuevas. No podemos detenernos demasiado en los recuerdos de cosas pasadas. Pablo más bien nos llama a despojarnos de cualquier cosa que pueda impedirnos abrazar nuestra nueva vida en Cristo y vivir con eficiencia, con éxito el glorioso presente y el glorioso futuro que Él tiene para nosotros.
A veces cuando entramos en situaciones nuevas y diferentes, el recuerdo del pasado nos impide abrazar las nuevas condiciones que Dios tiene para nosotros. A veces nos causa confusión porque estamos en una cosa y en la otra. Cada vez que yo predico a las 12:00 tengo que libarme del recuerdo de lo que prediqué a las 9:00, o más bien, del estilo porque quiero a veces reproducir lo que prediqué a las 9:00 pero muchas veces Dios tiene algo diferente. Entonces, parte de mi meta es, me tengo que olvidar de lo que prediqué a las 9:00 y concentrarme en lo que Dios tiene ahora, porque si no estoy entre dos mundos y estar entre dos mundos no es bueno.
Y así pasa con la vida cristiana. Cuando Dios nos llama a habitar una nueva situación, un nuevo lugar, tenemos que olvidarnos acerca del pasado porque si no vamos a estar en dos mundos. Y un guerrero no puede estar indeciso cuando está en medio de la batalla porque sino, la van a tumbar, la van a derrotar. Hay que ir hacia adelante. Hay que soltar para abrazar.
Y Pablo era un hombre que sabía acerca de soltar cosas y olvidarse del pasado. Antes de conocer a Cristo él fue un gran perseguidor de la iglesia. Él ayudó en la muerte de Esteban, y ese era un dolor que tenía muy grande, una herida psicológica que él tenía, porque él persiguió a la iglesia, él metió cristianos en la cárcel. Él odió a Cristo. Él odiaba a sus seguidores. Y todo eso estaba allí cuando él estaba sirviendo al Señor, él recordaba ese historial que él tenía y él decía que él era el menor de todos los Apóstoles, porque él persiguió a Jesucristo.
Entonces, cuando él habla de soltar el pasado, olvidarse de lo que está detrás, él entiende que él tuvo que soltar muchas cosas, tuvo que soltar su identidad farisaica, tuvo que olvidarse de los grandes logros que él había alcanzado cuando era más joven. Era un hombre respetado entre su comunidad, un hombre que sabía quién él era, a qué pertenecía, a qué cultura, todo y todo eso él tuvo que abandonarlo y dejar eso atrás. Todo lo que era precioso para él, él tuvo que dejar eso completamente y entrar en una nueva vida. Pablo sabía lo que era morir al pasado y resucitar a una nueva vida.
Nosotros vivimos en una cultura, hermanos, que demanda gente flexible, como nunca antes en la historia. Vivimos en un mundo extremadamente dinámico. Antes la gente vivía en una vida agrícola, metida en un campo, hoy en día, vivimos en las ciudades donde todo cambia continuamente. Todo está en estado de flujo, de fluir. Mire cómo esta pandemia nos ha obligado a desarrollar nuevos hábitos. Quién iba a pensar que nosotros íbamos a estar usando mascarillas como los chinos, que nosotros veíamos hace años atrás. Yo cuando veía a alguien con una mascarilla en Boston, decía, “¡Guau! Qué raro, es una persona con una mascarilla.” Mire, hoy en día, todos las usamos.
Es un mundo muy dinámico. La gente se mueve de una ciudad a otra. A veces se casa con una persona de otra cultura y tiene que aprender a comer chiles y tortillas o arroz con habichuelas, o lo que sea, porque es una cultura muy dinámica y se requiere gente flexible, gente que pueda fluir, gente que pueda adaptarse. Y el Señor quiere que nosotros también aprendamos a adaptarnos a nuevas situaciones, a nuevos llamados que Él tiene para nosotros.
Por eso es que es tan importante que nosotros aprendamos a soltar cosas para poder entrar en las cosas nuevas que Dios tiene para nosotros. La vida cristiano demanda mucho morir, mucho soltar cosas que son a veces muy queridas para nosotros.
La vida cristiana demanda un abandono de viejas identidades y un asumir nuevas identidades. Dios nos llama, por ejemplo, como cristianos a adoptar nuevas formas de pensar. Mucha gente entra al Evangelio pero no cambia su manera de pensar, no cambian su mente. Y entonces viven con un pie en el mundo y otro pie en el Evangelio. Y ¿sabe qué? El Evangelio no procesa la vida como lo procesa el mundo.
Entonces, muchos cristianos entran a la iglesia y no entienden que Dios los está llamando a una reprogramación de su cerebro, una reprogramación de su mente. Muchos cristianos se consideran cristianos bíblicos, conservadores, ortodoxos, pero a veces se han infiltrado en nuestra mente otro tipo de pensamientos que no pertenecen a la Biblia. Son pensamientos seculares.
Mire, por ejemplo, hoy en día, el entendimiento de justicia social, es muy diferente al entendimiento que tiene la Biblia. ¿Qué es justicia social verdaderamente? ¿Cómo hacer justicia social que sea bíblica? No estoy rechazando el sentido de justicia social, pero Dios tiene un sentido muy diferente a cómo tiene el mundo. Pero muchos cristianos entran al Evangelio y no han hecho la transición a cómo la Biblia piensa en términos de política, de cultura, de asuntos sociales, aún morales y éticos.
Hay mucha gente que tiene un sentido de lo que es justo, digamos con respecto a la sexualidad, a la fluidez sexual, a la gracia de Dios, e incorporan a su mente pensamientos que vienen del mundo secular y no son capaces de separarse de una cosa o la otra. Y la Biblia nos llama a ser transformados por medio de la renovación de nuestro entendimiento. Hay cosas que vamos a tener que dejar. Hay pensamientos y formas de computar la vida que la Biblia nos dice, “Ahora tu estás entrando en una nueva época, una nueva forma de pensar.”
Hay veces que nosotros hemos tenido experiencias en el pasado que nos han hecho daño, experiencias que nos han marcado, que nos han herido y entonces necesitamos olvidar esas heridas del pasado para poder entrar en la bendición que Dios tiene para nosotros. Cuando éramos niños quizás fuimos abusados o abusadas sexualmente, o tuvimos un hogar donde fuimos físicamente abusados, o a través de la vida hemos experimentado ciertos traumas de la niñez, ciertas cosas que nos han herido, nos han marcado. Y todas esas cosas están ahí en nuestra neurología, están en nuestros recuerdos y el Señor dice, “Ahora, tu tienes que aprender a pensar de una manera diferente. Tu has entrado a un lugar seguro.”
Piense en un niñito que ha sido sacado de su casa por abuso o por lo que sea, por la pérdida de sus padres, y ahora va a un hogar donde es un lugar seguro, donde hay padres que lo aman, o gente que quiere cuidar de ellos y protegerlos. A ese niño le va a costar hacer una transición para poder creer que ahora sí, no lo van a abusar, no lo van a golpear, no lo van a dañar de ninguna manera. Y así somos nosotros. A veces entramos al Evangelio y ahora hemos entrado a un lugar de refugio y nuestro Padre es supremamente bueno, generoso. Pero a nosotros nos resulta difícil creer que es posible que este Padre nos perdone y nos ame.
Y entonces, somos como el hijo pródigo que ofendió al padre, se fue a un lugar lejano, desperdició todo el dinero del padre, lo ofendió grandemente, y ahora, cuando regresa al hogar apaleado, derrotado, humillado, él lo único que puede creer, a él solamente le da para pensar que su papá lo va a recibir y lo va a poner como un asalariado más, que nunca lo va a perdonar. Y sin embargo, cuando va llegando a la casa, su papá lo ve desde lejos y se lanza corriendo detrás de él para recibirlo y para integrarlo plenamente a su condición de hijo.
Yo me imagino que ese muchacho no podía creer que eso fuera posible. Pero no, el padre llamó, “Pónganle un vestido nuevo, pónganle el anillo de la familia, maten el becerro gordo, vamos a celebrar porque mi hijo se había muerto y ahora está vivo.” Ese es el amor del padre. Y a nosotros nos resulta difícil creer que es posible que Dios nos ame de esa manera.
Y Pablo está diciendo, “Cuando tu entras al Reino tienes que olvidarte de muchas cosas y cambiar tu manera de pensar para poder entrar en el gozo, el disfrute de tu Señor.” La vida cristiana es un continuo deshacerse de cosas viejas, formas de pensar. El mundo piensa de manera, el mundo nos trata de una manera, pero los hijos de Dios podemos participar de la generosidad del Padre.
La vida cristiana, hermanos, para poder vivirla correctamente, demanda mucho soltar el programa viejo y entrar en otro programa diferente. Si tu vas a vivir la vida cristiana efectivamente, tienes que creer que Dios tiene cosas maravillosas para ti, que vienen cosas nuevas en tu vida.
Y una de las cosas a veces que tenemos que olvidar es las ofensas que hemos cometido contra Dios en el pasado. Pablo tuvo que olvidar todo lo que él había hecho en su vida antigua. Él pensaba que Dios nunca lo iba a perdonar completamente, pero Dios tenía otros planes para él. No solamente lo quería perdonar sino que lo quería usar.
Y muchas veces sin embargo, cuando nosotros entramos a los caminos del Señor, los recuerdos del pasado, de las ofensas del pasado, nos atormentan y nos impiden entrar en el disfrute, en el gozo del Señor. Y el Señor nos está diciendo, “Esas ofensas que tu has cometido, suéltalas. Yo te he perdonado.” Si tu te has arrepentido verdaderamente, si tu has reconocido tu pecado, aunque tus pecados sean rojos como la grana, vendrán a ser blancos como la blanca lana.
Y el enemigo sin embargo, está siempre dispuesto para atormentarnos, acusarnos, y querer recordarnos las ofensas del pasado. Y nosotros tenemos que cooperar con el Espíritu Santo para creer que Dios tiene mejores cosas para nosotros.
El enemigo acusa… Satanás usa a veces nuestros familiares, usa nuestros seres queridos, usa nuestro ambiente natural, y a veces nosotros mismos tendemos a condenarnos a nosotros mismos y el Señor dice, “No, yo tengo ya otro programa, yo tengo otro propósito para tu vida. Suelta las cargas del pasado y entra en el llamado que Yo tengo para ti en esta nueva etapa de tu vida.”
Nosotros tenemos que cooperar con eso. Dios quiere, por ejemplo, que nosotros… ahora mismo la iglesia de Jesucristo necesita creer que Dios tiene algo nuevo, diferente y hermoso para nosotros después de dos años y pico de pandemia. Yo creo que mucha gente en el Reino de Dios todavía está apaleada por el trauma de lo que ha sucedido en estos últimos dos años. Ha sido algo tan sin precedente que para muchos de nosotros se requiere un tiempo de sanidad. Yo me gozo cuando veo a mis hermanos, un día como hoy, así como a veces me duele cuando veo a la gente perder sus hábitos de venir a la Casa del Señor, y esto no es una palabra condenatoria, porque yo creo que Dios tiene para nosotros una forma diferente de reaccionar a los traumas de la vida.
Yo creo que hay mucha gente en la iglesia ahora mismo, no solamente acá, sino que en toda la nación norteamericana y en otras partes del mundo, los cristianos vamos a tener que volver a recuperar los hábitos del pasado. Este ha sido un tiempo traumático y a menos que nosotros no recibamos por fe la bendición de Dios, la sanidad divina, vamos a quedarnos apaleados y vamos a pensar, “Ya no hay vuelta atrás.”
Yo creo, sin embargo, que Dios quiere llenar esta casa de nuevo, llenarla de gente adorando como hicimos hoy. Qué hermoso estar en la Casa del Señor. Hermanos, yo los llamo, a mis hermanos también que están en el internet, a ir en contra de la corriente. A veces para entrar en lo glorioso que Dios tiene para nosotros, tenemos que pasar por un período de esterilidad y de sequía y ahí tenemos que mantenernos firmes, proseguir a la meta.
Yo llamo a Congregación León de Judá a salir completamente de este tiempo de pandemia más fuertes que nunca, más poderosos que nunca. Y llamo a mis hermanos, porque muchas veces mis hermanos, antes de entrar en la bendición que Dios tiene para nosotros, tenemos que por fe movernos.
Yo sé que muchos de ustedes quizás esta mañana cuando vieron esa temperatura de 9 grados, ó 10 grados, lo pensaron dos veces. Y no hay vergüenza en eso. Pero ustedes decidieron venir a la Casa del Señor. Y por eso es que yo siempre he creído que la iglesia tiene que siempre mantener la lámpara encendida. Aunque no venga más nadie, que haya un ratoncito de iglesia corriendo por ahí por los pisos, aunque sea el pastor que esté presente para adorar al Señor, y levantar la bandera del Evangelio.
En este tiempo la iglesia de Jesucristo tiene que armarse nuevas fuerzas, tenemos que hacer una decisión porque si no, nos quedamos encogidos, nos quedamos pequeñitos. Yo compartía con el ministerio en inglés el domingo pasado, una historia acerca de… Y ahí hay dos lecciones para mí que he aprendido.
Hace años, y estoy hablando acerca de cómo es que hay que hacer cosas muchas veces que nos cuestan para llegar a una nueva medida de libertad. Hace años, muchos años atrás, yo me dañé – aquí hay un… se llama el rotator cuff, es una combinación de varios músculos que unen el brazo con un hueco que agarra el brazo para que cuando esté tirando una pelota, lo que sea, no se le vaya el brazo. Son unos músculos y hay tendones que aguantan este brazo al hombro. Y muchas veces es muy fácil uno hacerle daño a esa parte del cuerpo cuando está jugando tenis, por ejemplo, o lo que sea.
Y a mí me pasó eso hace 25 años atrás, imagínese, más yo creo inclusive. Jugando tenis parece que hice una fuerza y forcé ese hombro y me hizo daño. Y literalmente durante 25 años yo me acostumbré a gradualmente ir perdiendo la movilidad total que yo tenía antes en este brazo. No era una cosa terrible, pero sí ya no podía hacer esto, hacer esto atrás. Y yo, con el paso del tiempo, me acostumbré a las limitaciones que me había impuesto ese daño. Y como era algo bastante tolerable, no me impedía cargar cosas, moverme, etc., yo lo fui dejando y lo que pasó, sin embargo, fue que con el paso de los años el movimiento se hizo cada vez un poco más reducido.
Y últimamente, en el último año y medio, el dolor había ido aumentando y ya me afectaba el sueño. Y cuando yo ponía el brazo en cierta manera, al rato sentía el dolor que me despertaba. Y me di cuenta que poco a poco, esa limitación que antes era muy tolerable, se estaba haciendo más y más seria. Después leí y es exactamente lo que pasa con ese tipo de daño. Cuando el dolor se hizo lo suficientemente fuerte, que ya yo dije, “Okay, ahora tengo que hacer algo,” entonces, me propuse cambiar. Y hay una lección allí, muchas veces hermanos, Dios permite que el dolor de nuestra vivencia, nuestras prácticas, nuestros hábitos, lo que sea, se haga tan fuerte que entonces digamos, “Tengo que cambiar. Tengo que dejar lo viejo y ponerme lo nuevo.”
Muchas veces en la vida cristiana uno tiene que llegar a ese punto de crisis para que pueda haber un cambio en nosotros. Pero lo que más me importa es esto, que el camino hacia la movilidad otra vez, hacia la recuperación de la movilidad de mi brazo, ha sido un camino como de un año y medio, donde yo he tenido que forzar mi cuerpo, leer acerca de ello. No he ido donde un terapista pero he tenido que aprender poco a poco usar técnicas de estiramiento y de fortalecimiento de esa parte del músculo, que ya se había acostumbrado. Y ha sido costoso, ha sido un poco doloroso también, porque he tenido que ir forzando gradualmente todos esos músculos. Yo he perdido quizás como un 15, 20% de la movilidad de ese brazo. Y cuesta dolor.
Si yo simplemente me acomodo a lo que yo puedo hacer, me quedaría lisiado posiblemente con el tiempo. Pero el camino hacia la recuperación y la sanidad requiere un esfuerzo de nuestra parte, requiere que pasemos a través de un tiempo doloroso también, requiere persistencia. Y eso es lo que Dios quiere de nosotros.
Por ejemplo, en este tiempo de pandemia y así pasa con todas las demás cosas de la vida, hay una etapa en nuestra vida que, cuando Dios nos está llamando a una movilidad mayor, un estiramiento, una flexibilidad mayor, va a haber un tiempo de lucha y de esfuerzo de nuestra parte, va a haber dolor inclusive. Pero para entrar en la libertad que Cristo quiere para nosotros, nosotros tenemos que saber que se va a tomar tiempo y que va a haber un esfuerzo de nuestra parte y que nos va a costar dolor a veces, y que vamos a tener que soltar cosas que amamos para poder ascender y entrar en toda la bendición que Dios quiere.
Y creo que Dios nos está llamando. Muchos de nosotros tenemos dolores, tenemos traumas y ¿sabe qué? Que nos hemos acostumbrado a ellos inclusive. Para muchos, inclusive, su dolor es como sabroso hasta cierto punto. Hay personas que aman su dolor. Hay personas que aman el sentirse víctimas. Es una muletilla, una muleta que usamos para sentirnos importantes, para lo sabroso que es sentirse ofendido, abusado, lamernos nuestras heridas. Y eso a veces tenemos que soltarlo. Y a veces tenemos inclusive que hacer cosas que no nos van a resultar naturales. Tenemos que hacer movimientos que nos van a estirar y nos van a causar un poco de dolor para poder entrar en lo que Dios quiere para nosotros. Vamos a tener que soltar ciertas cosas.
Por eso, este no es un sermón acerca de un regreso a la iglesia, pero hace tiempo que he querido hablar acerca de eso. Pero uno de los aspectos de dejar el pasado atrás de este sermón, es eso precisamente, tenemos que hacer estiramientos porque hemos estado en casa mucho tiempo. Hemos estado en lo sabroso del calor de la casa, lo conservador, lo seguro. Olvídate, no hay seguridad. En este mundo no hay seguridad. Dondequiera que vayamos siempre va a haber algo esperando.
Pero nos hemos acostumbrado a eso y hemos perdido la costumbre de en un día lluvioso, o en un día frío, o nublado, de venir a la Casa del Señor. Y eso va a requerir un esfuerzo, romper la comodidad, romper la debilidad. Muchos de ustedes, de nosotros, bueno, le digo, yo me siento, gracias al Señor, en ese aspecto me siento muy bien, pero muchos se les ha encogido los músculos de venir a la casa del Señor.
Y yo creo que Dios quiere ser honrado y adorado en su santuario. Y para muchos, va a requerir que ustedes salgan de la comodidad del hogar y que un miércoles en la noche cuando usted quiera quedarse en su casa viendo una película, o haciendo una comida especial, decir, “No, yo voy a adorar al Señor en su santuario,” y que usted haga un esfuerzo.
Este tiempo requiere una postura proactiva para muchos de nosotros. Requiere una postura esforzada y valiente para llegar a ese otro nivel. Yo creo que muchos maestros, por ejemplo, se han encogido y nuestros niños están sufriendo por eso. Yo veo aquí en la ciudad de Boston tanto maestro acobardado, las uniones de los maestros – esto tampoco no es una diatriba contra, pero la verdad es que nuestros niños han sufrido un trauma terrible en este tiempo: tener que quedarse en sus casas, en frente de una computadora, solitos muchas veces porque nosotros no hablamos el idioma, no estamos acostumbrados a una computadora. Y esos niños se sienten disfuncionales ahora mismo y se sienten tristes.
Y muchos maestros no quieren volver a enseñar en las escuelas y nuestros niños están pagando el precio. Esos maestros también tienen que obligarse, creer que Dios está con ellos, que Dios los guarda, y hacerlo. Porque si no vamos a perder una generación de latinos y de negros que van a sufrir el trauma de estar en sus hogares. Y a menos que nosotros no seamos proactivos y no creamos en el Señor y que no rompamos esa inercia, vamos a crear una generación disfuncional, una generación perdida.
Y así pasa con tantas cosas en la vida. Hermanos, si nosotros vamos a llegar al futuro que Dios tiene para nosotros, hay muchas cosas que tenemos que dejar atrás. Pueden ser amistades que no nos convienen, porque no todo lo que tenemos que dejar del pasado es malo, a veces hay cosas buenas que tenemos que dejar para poder entrar en la plenitud de lo que Dios quiere para nosotros.
Mire, Pablo era un hombre extremadamente bien comportado, respetable, prestigioso, y él tuvo que coger todas esas cosas y decir, “Esa cosa es basura para mí.” Todo lo que era ganancia para mí, ahora lo tengo como basura para llegar al supremo llamamiento, para conocer a Cristo Jesús.
Y hay muchas cosas en nuestra vida, hay amistades que ahora mismo pueden ser un fardo, una carga que nos impide entrar en lo que Dios quiere para nosotros. Puede ser una relación romántica que no es buena para ti porque te impide entrar en lo que Dios tiene para tu vida. Y tu vas a tener que cortar eso como se corta con un machete una rama seca que está pudriendo el resto del árbol y vas a tener que romper eso.
El Señor dice que “si tu ojo te es ocasión de caer, córtatelo. Si tu mano te es ocasión de caer, córtatela,” porque tu meta es entrar al Reino de Dios. Tu meta es llegar a conocer a Cristo. Tu meta es caminar libremente. Y claro, el Señor estaba hablando, era una hipérbole, una exageración, pero la idea es, hermanos, que nosotros… Cuando Dios te llama, tu tienes que entender que Dios te está llamando a una entrega total y radical. Es una muerte. Por eso es que la Biblia habla tanto en términos de muerte, morir al yo, morir al viejo hombre, revestirnos de Cristo.
La vida cristiana es una vida radical y hay que olvidar en un sentido, hay que sacrificar muchas cosas. Yo creo que en el Evangelio, en el mundo cristiano hay mucho cristiano que quiere, en inglés dice, “to have your cake and eat it too.” Quieren comerse el pastel y también guardarlo en la mano. Usted no puede comerse un pastel y tenerlo entero otra vez en la mano. O se lo come o lo mantiene. Pero hay cristianos que quieren el privilegio de ser cristianos pero también el privilegio de ser mundanos. Y la Biblia dice, no, tu tienes que escoger entre una cosa y la otra. Tienes que soltar cosas.
Yo compartía con el ministerio en inglés esta mañana acerca de eso cuando años atrás, cuando yo salí de la universidad en Princeton, cuando estaba en mis años de universidad de bachellor’s, el bachillerato, yo tenía muchas amistades muy buenas en la universidad. Había facultad que yo conocía, decanos de la universidad, gente muy ilustre, y yo era un estudiante. Y cuando Dios me agarró entre las varias veces que me ha agarrado para llevarme a otro nivel, yo me di cuenta que mucha de esa gente buena, noble, ilustre, que eran una gran influencia profesional e intelectual para mi vida, no me convenía para lo que Dios me estaba llamando.
Y yo tuve que deshacerme de todas esas amistades porque no eran convenientes a lo que Dios me estaba llamando. Yo necesitaba estar completamente comprometido. Y finalmente, yo me gradué, les voy a decir, de la Universidad de Princeton hace 34 años o 44 años. Mire, 44 años. Y les digo esto por esta razón, que yo prácticamente he vuelto una sola vez a esa universidad a visitarla, aunque la amo muchísimo, pero como que Dios me arrancó ese pasado. No era conveniente para mi vida. Y yo simplemente dejé eso atrás. Tuve que dejarlo porque yo quería más de Dios y Dios me iba a llamar al ministerio.
Así que algo muy bueno, no necesariamente malo, Dios me lo arrancó. Me arrancó también cuando fui antes de eso a Andover, cuando fui a Harvard, igualmente. Yo paso por allí como un fantasma que está visitando un lugar donde vivió. Ya ese mundo yo lo he dejado atrás. Veo mis libros de la universidad ahí en mi oficina en un anaquel, que ni los he abierto muchos de ellos, de literatura y otras cosas. Es como que eso ya es…
Tuve que dejar eso para entrar en la práctica de servir al Señor, de pastorear y de dedicarme a una sola cosa. Y así pasa muchas veces en nuestra vida. Hay cosas, hay amistades que Dios te dice, “Mira, tienes que dejarla.” Hay noviazgos, hay relaciones románticas, hay profesiones que hay que dejar atrás para asir lo que Dios tiene para ti. Hay trabajos que te impiden servir al Señor, tener tiempo con tus hijos, ir a la iglesia, tener tiempo con tu esposa, descansar. Te están matando, te están sorbiendo la vida, la energía. Lo que estás haciendo es llenándote de deudas para comprar una casa grande, para tener esto, para tener lo otro, y sin embargo, te está impidiendo ser el hombre o la mujer que Dios quiere que tu seas en Él. Ser verdaderamente feliz.
Entonces, tu tienes que dejar esas cosas, porque el mundo computa la vida en términos de cuántos carros tienes, la marca de carro que tienes, la casa del tamaño que la tienes, el vecindario donde está. Nosotros los cristianos vivimos de otra manera. No amamos el mundo ni las cosas del mundo. Para nosotros es buscar el Reino de Dios primeramente y saber que las demás cosas serán añadidas. Hay que morir para vivir.
Cuando tu entrar al Evangelio, tu desapareces, tienes que desaparecer a muchas cosas. Y esas cosas a veces son muy sabrosas y muy atractivas, pero la vida cristiana es una vida radical que demanda una entrega total del yo.
Ustedes han oído hablar del Witness Protection Program. El Witness Protection Program es un programa del gobierno de Estados Unidos para personas, por ejemplo, que han testificado contra un criminal o contra la mafia, que lo quieren matar. El gobierno toma esas personas, puede ser una familia, y les borra su identidad. Esas personas no pueden llamar jamás a un familiar, no pueden volver al lugar donde vivían. Los ponen en un estado, en un pueblo pequeñito donde nadie los conoce, y les dicen, “Tu no puedes revelar quién tu eres. Tienes que vivir ahora como una persona totalmente nueva y diferente.” Es una muerte. Pero la única manera que pueden vivir es desapareciendo del mapa.
¿Sabe qué? Nosotros los cristianos para entrar en lo que Dios quiere, en el disfrute de lo que Dios tiene, muchas veces tenemos que dejar muchas cosas atrás. Tenemos que morir a muchas cosas. Y tenemos que encontrar placer en abandonar esas cosas. Y entonces es cuando verdaderamente podemos disfrutar del gozo del Señor. Nos estamos perdiendo muchas veces el deleite de tener intimidad con Cristo porque hay elementos en nuestra vida que están contristando el Espíritu Santo y no nos permiten gozar de esa intimidad con Dios que Él quiere para nosotros.
Dios está esperando que tu sueltes muchas cosas que quizás son buenas pero que no son agradables a Él. Y también hay cosas negativas, como yo decía, que tenemos que dejar atrás. Hay, a veces, heridas del pasado, traumas que nos hacen sentir sucios, nos hacen sentir pecados que no merecemos la gracia del Señor. Y el enemigo trae a nuestra vida una y otra vez el recordatorio, “Tu hiciste eso, hiciste lo otro.” A veces vivimos vidas impías y ahora vemos a nuestros hijos sufriendo la culpa de eso y nos duele. Y cada vez que vemos a un hijo rebelde por cosas que nosotros cometimos en el pasado, nos decimos, “Yo no merezco la bendición de Dios.”
A veces destruimos nuestros matrimonios y después entramos al camino del Señor. O estamos en el camino del Señor y no hicimos lo que teníamos que hacer y nuestros matrimonios son destruidos y nos encontramos divorciados o separados de nuestra familia y el diablo está allí diciendo, “Tu ves, tu no mereces la bendición de Dios.”
Como digo también, dolores que nos han ensuciado el alma por dentro y que nos hacen sentir como que no hay vida para nosotros, no hay sanidad, no hay futuro. Y todas esas cosas tenemos que romper la acusación del enemigo. El diablo va a tratar de hacerte sentir que ya tu tiempo pasó, que el bus te dejó y que para ti no hay esperanza.
Y ahí es donde nosotros tenemos que reponernos contra esa inclinación. Tu vas a tener que hacer como yo he hecho en términos de la sanidad de mi hombro, tu vas a tener que entrar en una batalla para romper esos principados y potestades, esas fortalezas que están en tu mente, diciéndote, “Yo no puedo salir de esa depresión. Yo no puedo salir de esta ansiedad que me está comiendo la vida. No puedo salir de ese sentido de victimización, de esa baja autoestima que me está persiguiendo, de ese sentido de que algo malo me va a suceder.”
Pelea por tu vida. Pelea por tu sanidad. No te acomodes a las intimaciones del diablo. Tu tienes que levantarte en el nombre del Señor, tienes que confesar la buena voluntad de Dios en tu vida. Cuando te sientas inclinado a lamerte tus heridas, declara la bondad de Dios en tu vida. Di como dice el salmista, “No moriré, sino que viviré para declarar las bondades de Dios en mi vida.”
Pelea. Pelea por tu sanidad. Tu estado en que te encuentras es relativo, no es absoluto. Tu puedes salir de allí porque Dios quiere sacarte de allí pero necesita tu cooperación. No va a venir simplemente porque Dios te toque con una varita mágica y que te olvides de todas las cosas. No, tu tienes que cooperar con el Señor manteniendo tu fe en Él, enfocando tu mente en la palabra de Dios, tienes que consumir buena Biblia, tienes que leer buenos pasajes de la Escritura, tienes que tener buenas conversaciones con creyentes que te puedan animar. Tienes que dejar las asociaciones del pasado. Tienes que memorizar versículos. Tienes que adorar al Señor cuando te sientas triste. Tienes que salir adelante. Tienes que servir a otros cuando a veces tu te sientas que tu necesitas ser atendido y servido.
Pero con esos esfuerzos, con esos gestos de desafío contra lo que te está arrastrando, tu vas a poco a poco entrando en la plenitud y la sanidad que Dios quiere para ti. Recuerda solamente esto, que Dios tiene buenos propósitos para ti. Yo sé que estoy hablando a muchos de mis hermanos y hermanas. Si tu supieras cuánto Dios te ama, te sorprenderías.
Dios te ama tanto. Dios tiene tan buenos propósitos para ti, que Él solo está esperando que tu des un paso de fe hacia adelante y que lo invites a poseer tu vida, a hacer valer los principios y los propósitos que Él tiene para ti. Pero tienes que hacer tu parte. Tienes que quitar todo lo que impida y tienes que ir a ese llamado que Dios tiene para ti, esa bendición, esa sanidad.
Yo quiero que inclinemos nuestras cabezas en este momento. No hay vergüenza en admitir que estamos batallando con algo. No hay vergüenza en admitir que necesitamos el trato sanador de Dios en nuestras vidas. No hay vergüenza en admitir que nos sentimos frágiles y que estamos necesitados de la gracia de Dios.
Por eso yo quiero invitarte… hemos estado un tiempo bellísimo de intercesión esta mañana, pero si tu quieres entrar en el propósito sanador de Dios, yo te invito a levantar tu mano, o a ponerte pie y vamos a hacer una oración de rechazo, de renuncia a toda cosa que el enemigo quiera usar para destruirnos.
Yo te invito a abrir tu alma al Señor en esta tarde, abrir tu mente y corazón. Primero, vamos a abrirnos al trato de Dios. Vamos a decir, “Padre, yo quiero ser tierra buena, tierra fértil y quiero que tu rompas esa tierra endurecida y que la hagas respirar otra vez. Y yo me abro a tu bendición y a tu trato.”
Yo sé que muchos más, Dios tiene cosas que Él quiere sanarte en tu vida. Hay propósitos que Dios tiene para ti y solo necesita que tu creas y que pongas a un lado las voces de la duda, de la condenación, del temor, del rechazo, de la bondad de Dios. Cree que Dios tiene buenas cosas para ti.
Así que ábrete, ábrete a Él ahora, ábrete y entonces confiesa positivamente que Dios está visitándote, Dios está sanando tu vida ahora mismo, de cualquier cosa del pasado, cualquier ofensa, cualquier pecado, Dios está entrando a tu corazón. El espíritu del Señor está visitándote ahora mismo.
Olvídate de lo que está detrás. Lánzate hacia lo que Dios tiene adelante, el llamado a una vida positiva, a una vida poderosa. Recibe la gracia. Confiesa la gracia del Señor. Nombra tu gigante. ¿Cuál es la cosa con la cual tu estás luchando? De nuevo, una pérdida, una tragedia, un pecado, una ofensa, una tendencia, una batalla mental, un recuerdo de algo que te hicieron en el pasado, un fracaso matrimonial, financiero, lo que sea. Entrégaselo al Señor ahora. Abre todo corazón. Deja que Dios toque esa parte de tu tierra.
Y confiesa, confiesa, di, “Señor, yo recibo tu sanidad. Señor, yo recibo tu restauración. Señor, yo recibo tu vida en mí. Recibo el trato de tu espíritu en mi vida. Abro mi corazón a ti y confieso sanidad. Confieso liberación. Padre, le doy la bienvenida a tu buen propósito, a tu buen llamado, a tus buenas intenciones. Gracias por sanarme. Gracias por restaurarme. Gracias por darme una nueva identidad. Gracias por entrarme en tu lugar de protección y de refugio. Y renuncio a todo trauma del pasado, todo daño del pasado, todo lo que arrastra, todo lo que me encadena en el nombre de Jesús.”
Confiesa, “Tu me has llamado, Padre, a libertad. Tu no me has llamado a esclavitud. Tu me has llamado a liberación, a gozo, un nuevo cántico, una nueva canción, una nueva identidad, un nuevo futuro.”
Recíbelo en el nombre del Señor. Padre, yo declaro en el nombre de Jesús que este pueblo esta tarde recibe una fresca unción. Recibimos liberación de parte de tu espíritu. Renunciamos a todo lo que no convenga en nuestra vida, Señor, sea bueno o aparentemente bueno o aparentemente malo, lo que sea, Padre, lo ponemos a tus pies. Traemos nuestras cargas a tus pies.
Tu palabra dice, “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados que yo os haré descansar.”
Ahora yo declaro que tu encuentras descanso, encuentras descanso en el Señor. Tu carga Dios la toma. Mira a Jesús ahora mismo tomando tu herida, tomando tu trauma, tomando tu sufrimiento cual sea, Él lo asume, Él lo absorbe dentro de sus capaces manos y no vuelvas a ponerte encima la carga que Él te ha quitado. Cuando tu salgas de aquí el enemigo quiere decir, “Mira, eso fue emocional.” Apártalo, ponlo a un lado. Sin mucho esfuerzo, eso no es para mí. Ya Dios me ha sanado, me ha libertado.
Padre, absorbemos la unción sanadora de tu espíritu en nuestras vidas. Ponemos a un lado todo lo que no sea tuyo. Y Padre, esta congregación te adorará fuera de Egipto. Iremos al lugar que tu tienes para nosotros para adorarte. Tu nos sacarás del cautiverio y tu nos entrarás en esa plenitud, Señor, en la cual tu nos has llamado. Nos deshacemos del pasado y vamos hacia adelante, hacia las buenas cosas que tu tienes para nuestra vida, los buenos pensamientos que tu tienes para nosotros.
Te damos gracias, Padre. Gracias por este día. Gracias por nuevos comienzos. Gracias por nuevas sendas que tu abres, Señor, en esta tarde en mis hermanos y hermanas. Gracias por la sanidad que recibimos de ti, Señor. Gracias por tu perdón, por tu bondad y tu misericordia. Alabamos tu nombre. Te adoramos. Gracias Jesús. Amén, amén y amén.