
Autor
Milagros García Klibansky
Resumen: Ser padre es una carrera difícil, que no se aprende en la universidad. La etapa de la adolescencia puede ser especialmente complicada, pero si hemos preparado bien el terreno, nuestros hijos serán receptivos a nuestros consejos. Es importante no desistir, ser constantes y amorosos, evitar enfrentamientos y ser justos en nuestros juicios. Es crucial mostrarles que no somos perfectos y que también necesitamos la ayuda de Dios en nuestras vidas. Los padres que conocen a Dios tienen una gran ventaja, ya que Él es quien edifica la casa. Es importante instruir a los niños en el camino del Señor desde temprana edad. Los hijos son como saetas en manos del valiente, y es nuestra responsabilidad guiarlos hacia el blanco perfecto que es Cristo.
Soy madre y les digo que esta carrera, que no se aprende en la universidad, es una de las más difíciles de nuestra vida y es en la que más empeño debemos poner, porque sacar notas de sobresaliente es casi imposible.
Por suerte Dios llegó a mi vida, mejor dicho yo llegué a Dios, porque Él siempre estuvo ahí para mí y Él es quien me ha ayudado a pasar todas las etapa difíciles para la vida de un joven y la de sus padres.
Esta prueba se hace más difícil aún porque no estamos preparados para enfrentarla. Pensamos que siempre vamos a tener el control sobre ese ser que nació un día de nuestras entrañas y que creemos que tiene la obligación de estar sometido a nuestras leyes y es en la etapa de la adolescencia donde nos damos cuenta de qué dejamos de hacer para preparar el terreno, de manera que las piedras que encontremos sean las mínimas posibles. Solo entonces vivenciamos como el control se nos escapa de las manos y caemos en el sentimiento de impotencia el cual en ocasiones nos hace que perdamos el control, con las consecuencias que esto conlleva.
Esta etapa, si hemos sabido prepararla de forma adecuada, nos unirá más aún a nuestros hijos y ellos serán receptivos a nuestros consejos. El secreto es no desistir, al principio el adolescente no quiere escuchar, pero con nuestra constancia y amor, sobre todo evitando enfrentamientos, él irá comprendiendo todo lo que queramos transmitirle, sobre todo si somos justos en nuestros juicios y le mostramos pruebas y testimonios de nuestra propia vida que lo hagan notar que tampoco nosotros somos perfectos, de esta forma lograremos que se abran a nosotros y confíen sus sentimientos y esta es la única manera de poderlos ayudar.
A veces actuamos ante nuestros hijos como si fuéramos perfectos, nada aleja más a un joven de sus padres que el sentirse juzgado por alguien así, no nos engañemos, no somos perfectos y los que estamos en Cristo, estamos mejorados, pero aún queda mucho camino por andar, quisiera que me vieran cuando ando detrás de mi hijo por la casa con la Biblia en la mano tratando de que entienda que solo la palabra de Dios es la que me guía a tratar de que sea mejor persona para el Señor y que nada sale de mi mente finita, sino de la infinita mente de Dios y de su Palabra Eterna.
Siento pena de los padres que no conocen a Dios, porque estoy convencida de que “Si Jehová no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican” y los que no nacimos en un hogar cristiano, sentimos envidia santa de los que si lo hicieron, porque Dios nos dice en su palabra “Instruye al niño en su camino y aún de viejo, no se apartará de él”. Uno siente la falta que Dios hace en la vida de un ser humano cuando tiene hijos que llegaron tarde al evangelio, porque uno llegó tarde y esto es una cadena. Mis hijos por ejemplo, conocieron a Cristo porque yo hace 8 años, aproximadamente, entregué mi vida a Él, doy gracias a Dios porque todos están en sus caminos, pero no fue fácil el trayecto. Por eso, recomiendo a los jóvenes, que lleguen a los pies del Señor más temprano que tarde, para que Él allane el camino en la crianza de nuestros hijos. Recuerden que dijo el Salmista: “Como saetas en manos del valiente, así son los hijos tenidos en la juventud, bienaventurado el hombre que llenó su aljaba de ellos, no será avergonzado cuando hable con los enemigos en la puerta” (Salmo 127: 4, 5).
Y yo les digo que esto se cumple solo si tenemos el pulso firme y la puntería para guiar esas saetas hacia el blanco perfecto que es Cristo.
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