
Autor
Dr. Roberto Miranda
Resumen: El rey Josafat de Judá quitó los altares y lugares altos dedicados a la diosa Asera, neutralizando la maldición espiritual que pesaba sobre su nación debido a la idolatría. Él se animó en los caminos de Jehová y experimentó un avivamiento espiritual. Josafat no pudo separar sus convicciones espirituales de su rol público o político, lo que es una lección espiritual importante. Si un cristiano ocupa un cargo político, estará obligado a extender sus convicciones morales y espirituales a cada decisión que tome o cada medida judicial que respalde o rechace. Nuestras creencias cristianas deben tener supremacía sobre toda otra lealtad o compromiso. Al renunciar a un comportamiento pecaminoso y adoptar un estilo de vida que esté en consonancia con los principios espirituales, abrimos las puertas para que la bendición de Dios pueda fluir en nuestras vidas.
La Biblia nos dice que una de las primeras medidas que el rey Josafat tomó cuando asumió el reinado fue quitar los altares y los lugares altos dedicados a la diosa Asera. Nos dice el versículo 6 que “se animó su corazón en los caminos de Jehová, y quitó los lugares altos y las imágenes de Asera de en medio de Judá”. De esa manera, neutralizó la maldición espiritual que pesaba sobre su nación como consecuencia de la idolatría.
Ese “se animó su corazón en los caminos de Jehová” sugiere un período de avivamiento en la vida del rey de Judá, antes de iniciar esa reforma espiritual en su nación. Es posible que en algún momento Josafat experimentara un despertar en su vida espiritual. Quizás pasó de ser un mero creyente cultural a manifestar un genuino compromiso con Dios. Posiblemente comenzó a familiarizarse con la Ley de Jehová, y a meditar sobre ella. Pidió dirección a Dios para gobernar sabiamente a su nación. Su fe se afirmó. Experimentó una nueva sensibilidad hacia el pecado de su pueblo. Nació en él un nuevo sentido de urgencia ante la creciente apostasía espiritual de su nación. Josafat se fortaleció en el Señor, y recibió el valor necesario para confrontar el culto a los dioses falsos.
Quizás esa decisión causó controversia y hasta indignación en un segmento significativo de la población. Pero para Josafat el deseo de obedecer y agradar a Dios era más poderoso que el temor de bajar en las encuestas de popularidad nacionales. El joven rey se animó en el espíritu y dio la orden de derribar todas las estatuas a los dioses falsos. En el corazón comprometido del rey de Judá no había lugar para una postura “pluralista” o falsamente tolerante. Entendía claramente que la adoración a los baales no era una mera opción cultural, desprovista de mayores consecuencias. Esa idolatría hacia falsos dioses contaminaba espiritualmente a su pueblo y lo abría a la opresión demoníaca.
Consistencia en la Creencia
Aquí tenemos una gran lección espiritual: Josafat no pudo separar sus convicciones espirituales de su rol público o político. Cuando un líder está poseído por una poderosa convicción espiritual, no se puede dar el lujo de compartamentalizar su vida. No es capaz de separar artificialmente los diferentes aspectos de su ser. Se ve obligado a establecer armonía y coherencia entre las diferentes partes que componen su personalidad.
En ocasiones me he encontrado con cristianos que ocupan un cargo público o electivo, por ejemplo, y que sin embargo respaldan leyes que son contrarias a los principios de las Escrituras. Estas personas frecuentemente argumentan que como ocupan un cargo público, deben mantener una pared de separación entre su fe y su profesión, a fin de ser justos con respecto a aquellos ciudadanos que sostienen creencias diferentes. En honor a supuestos principios pluralistas, respaldan prácticas aborrecibles como el aborto, el matrimonio homosexual, el juego legalizado, y el acceso libre a la pornografía. La verdad es que esa es una distinción engañosa. Nuestras creencias cristianas deben tener supremacía sobre toda otra lealtad o compromiso.
Si un cristiano ocupa un cargo político, estará obligado a extender sus convicciones morales y espirituales a cada decisión que tome o cada medida judicial que respalde o rechace. Como en el caso de Daniel, que rehusó inclinarse ante la estatua del rey a pesar de ocupar un importante cargo político en Babilonia, el siervo o sierva de Dios tendrá que ser consistente con sus creencias espirituales, no importa cuán grande sea el precio que tenga que pagar en el plano personal o profesional.
Un cristiano que ha adoptado la palabra de Dios como principio regidor tendrá que asegurarse que todos los aspectos de su vida—comportamiento, relaciones, trabajo, diversión, forma de vestir—guarden consonancia con ese fundamento espiritual. Si un cargo político o profesional nos impide desempeñar nuestras responsabilidades en consonancia con nuestra identidad moral o espiritual, la única opción íntegra será renunciar a ese cargo. No importa dónde nos encontremos, nuestro compromiso primordial siempre tendrá que ser obedecer a Dios antes que a los hombres.
Al dar ese paso decisivo de derribar las estatuas de Asera en el territorio nacional, Josafat le quitó a Satanás cualquier reclamo legal que pudiera tener para encadenar a su nación y mantenerla oprimida espiritual y materialmente. Ese acto poderoso aclaró los aires para que la bendición de Dios pudiera fluir sin impedimentos desde lo alto hacia Judá. Así nosotros, cuando renunciamos a un comportamiento pecaminoso y adoptamos un estilo de vida que esté en consonancia con los principios espirituales que confesamos, abrimos las puertas para que la bendición de Dios pueda fluir en nuestras vidas, y sus maravillosas promesas comiencen a manifestarse a nuestro favor.