Luz y sombra en el uso de los dones

Dr. Roberto Miranda

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Dr. Roberto Miranda

Resumen: Nuestras fortalezas pueden ser nuestras debilidades. Cada don tiene un lado luminoso y sombrío. Debemos ser conscientes de esto y cuidarnos del exceso de confianza o del orgullo espiritual. Necesitamos vigilancia constante y honestidad con nosotros mismos y con Dios para evitar el fracaso a largo plazo en nuestra vida de servicio al Señor.

Un aspecto interesante de la personalidad humana consiste en que, muchas veces, nuestras fortalezas pueden también constituir nuestras debilidades. Todo creyente, sea líder o no, debe mantenerse consciente de esta curiosa ley de la naturaleza humana. Todo don tiene un lado luminoso, pero también tiene un aspecto sombrío.

La persona con un don evangelístico, por ejemplo—rebosando de entusiasmo, carisma, adrenalina e ideas creativas—tiene que cuidarse del lado oscuro de su dotación. Esa misma energía que le permite organizar campañas evangelísticas, hablar simpática y confiadamente a individuos o multitudes y emprender un viaje agotador tras otro, puede llevarlo a prometer más de lo que puede cumplir, a desarrollar una espiritualidad llana y superficial, o a sostener relaciones interpersonales carentes de profundidad.

Por otro lado, el pastor cuya sobriedad y carácter estable y conservador resultan idóneos para cuidar de las almas a largo plazo y custodiar la salud institucional de su iglesia, puede a veces llegar a ser tan cauteloso y prudente ante cada decisión, que falle en ejercer la visión y creatividad necesarias para llevar su congregación a un nuevo nivel de crecimiento.

El gran predicador puede llegar a depender tanto de su oratoria y verbo, que se olvide de cultivar continuamente la llenura y unción del Espíritu Santo por medio de sobrias disciplinas espirituales.

El individuo súper ungido puede llegar a enamorarse tanto de la unción, que omita cultivar el Fruto del Espíritu Santo, o un conocimiento maduro y complejo de la palabra de Dios.

La persona a quien Dios ha bendecido con grandes éxitos y victorias espirituales a lo largo de los años debe cuidarse del exceso de confianza en sí mismo y el posible orgullo espiritual que esa cadena ininterrumpida de bendiciones pueda generar.

En resumen, todo don arroja su sombra. Toda unción tiene su peligro. Toda dotación de Dios, si no nos cuidamos, puede convertirse en un talón de Aquiles. Se requiere una constante vigilancia, así como una dosis saludable de honestidad con nosotros mismos y con Dios, para que nuestros dones--y los triunfos que estos nos hayan deparado—no se conviertan en sutiles enemigos de nuestra vida de servicio al Señor y nos predispongan para el fracaso a largo plazo.