
Autor
Dr. Roberto Miranda
Resumen: La santificación es un proceso largo y difícil que incluye altibajos y caídas. No debemos tratar de esconder o simplificar esta realidad para glorificar a Dios. Él es soberano y permite que experimentemos derrotas y fracasos para nuestro perfeccionamiento. Al final, podremos ver que todo fue parte de su plan de amor y misericordia para nosotros.
Estoy seguro de que muchas veces, por un deseo mal encaminado y simplista de glorificar a Dios y defender su fidelidad a todo costo, los predicadores terminamos empobreciendo y diluyendo la maravillosa y multifacética experiencia de la santificación. Nos rehusamos a admitir que la santificación es un proceso arduo, zigzagueante, a largo plazo. Ese sublime camino está minado de titubeos y caídas. Incluye victorias, pero también grandes derrotas. A veces podemos dar inmensos saltos hacia la madurez. Pero también podemos estrellarnos contra los muros de nuestra humanidad caída y experimentar serios reveses.
En un momento de gran sinceridad, el apóstol Pablo escribió sobre su propia experiencia agónica con respecto a la santificación. Había descubierto que el deseo de agradar a Dios estaba en él. Pero también había descubierto otro impulso, otra “ley” dentro de él que lo llevaba frecuentemente a violar sus mejores intenciones y a ofender al Dios que tanto amaba.
Compulsivamente, muchos cristianos tratan de esconder todo lo que parezca contradecir las claras promesas de poder, victoria y seguridad que nos provee la palabra de Dios en nuestra lucha contra el pecado. Pretenden suprimir o disimular cualquier elemento de la experiencia cristiana que revele la verdadera complejidad del camino hacia la perfección. Erróneamente, pensamos que si admitimos en nuestra experiencia cualquier elemento que complique o arroje duda sobre la fidelidad y sencillez de la Palabra de Dios, esto equivale a cuestionar el carácter o la integridad del Padre. Al hacer esto, ignoramos que a Dios no parece preocuparle mucho el hecho de que sus procesos a veces son elusivos, complejos y aparentemente contradictorios. Él es totalmente soberano. Fácilmente olvidamos que es Él quien ha dicho (Isaías 55:8, 9 ):
8 Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová.
9 Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos.
Los métodos y maneras que Dios emplea para llevar a sus hijos a través de la experiencia de la santificación frecuentemente son raros y desagradables. En ocasiones, nos podrían parecer hasta grotescos e injustos. Tenemos que recordar, sin embargo, que El es soberano. ¡Dios siempre sabe lo que hace! Como un artesano supremamente experimentado y seguro de sí mismo, nunca pide disculpas por los materiales o procesos que emplea para producir sus obras maestras.
En ocasiones Dios usará las derrotas, fracasos y caídas de nuestra jornada para forjarse hombres y mujeres quebrantados y humildes que reflejen la sencillez, gracia y misericordia de Jesucristo. Toda obra de Dios en nuestras vidas por definición es buena. Para los que estamos en Cristo, toda experiencia de nuestra jornada espiritual—aun los fracasos y bajones espirituales—son aprovechados por Dios para nuestro perfeccionamiento, aunque en el momento en que los experimentamos nos puedan parecer caóticos o injustos. Sólo al final de la jornada, cuando podamos mirar hacia atrás con la perspectiva divina y eterna, podremos ver que lo que en el momento nos pareció grotesco y sin sentido, fue quizás la mayor muestra de amor y misericordia de Dios para con nosotros.