
Autor
Faustino de Jesús Zamora Vargas
Resumen: La victoria del creyente se refiere a la capacidad que tienen los nacidos en el Espíritu, engendrados en Dios por la sangre de Cristo, para vencer sobre las potestades de las tinieblas y sobre las maquinaciones del maligno y no caer en tentación. La fe en Jesús es nuestra mayor fortaleza para obtener diariamente la victoria que vence al mundo. Nuestra victoria es el resultado de la fe y sólo podemos ser vencedores por nuestra unión con él.
Una de las más asombrosas declaraciones de Dios en su Palabra la encontramos en las epístolas de Juan cuando afirma que "el que cree que Jesús es el Hijo de Dios vence al mundo."(1 Juan 5.5). Yo lo creo y le invito a que lo crea también. Hemos sido engendrados por Dios en el Espíritu; somos la nueva creación en Cristo, partícipes de su naturaleza divina
(2 Pedro 1.4) y hemos heredado un ADN espiritual derivada de su sangre redentora. No podemos jactarnos de nada, sino de Cristo. ¿Entendemos espiritualmente la dimensión sobrenatural de nuestra salvación? ¿Honramos el sacrificio de Jesús? Dios habla a través de Juan y nos impacta con otra extraordinaria afirmación: “Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo. Y ésta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe.” (1 Juan 5.5)
Así es. Nuestra victoria es el resultado de la fe. En términos teológicos, la palabra victoria es un vocablo que está siempre condicionado en la Palabra de Dios. En el Antiguo Testamento, la palabra hebrea que se traduce como victoria significa literalmente “salvación”. El salmista alababa con gozo al Señor: “Nosotros cantaremos con gozo por tu victoria (salvación), y en el nombre de nuestro Dios alzaremos bandera. (Sal 20.5a). Esta era el tipo de victoria que Dios propiciaba a Israel contra las fuerzas hostiles y enemigas que traía paz al pueblo. Sin embargo en el Nuevo Testamento la victoria del creyente se refiere a la capacidad que tienen los nacidos en el Espíritu, engendrados en Dios por la sangre de Cristo, para vencer sobre las potestades de las tinieblas y sobre las maquinaciones del maligno y no caer en tentación. De manera que la victoria nuestra tiene sólo mérito en la cruz de Cristo y se traduce en bendiciones espirituales por la gracia de Dios.
Jesús nos habla desde su trono de gracia: “Al vencedor, le concederé sentarse conmigo en mi trono, como yo también vencí y me senté con mi Padre en su trono” (Ap. 3.21). ¿Y quién es el vencedor? El que permanezca en la fe salvadora en el Hijo de Dios; aunque tropiece, aunque por momentos se quede sin fuerzas, aunque en ocasiones el pecado le aleje de las bendiciones de Dios, pero al final encuentra el valor de arrepentirse y ser restaurado.
Hay quienes atribuyen sus victorias a sus propios esfuerzos, a su frágil y vulnerable humanidad. El mundo ha establecido patrones para establecer si un hombre tiene éxito o no: el auto que conduce, el lujo y las dimensiones del hogar que habita, la escuela a la que asisten sus hijos, el salario que percibe, pero cuando se trata de Dios es imposible caminar sobre tales “victorias y éxitos” pues son como pompas de jabón. Nada nos pertenece; todo es de Dios y somos simples administradores de los bienes terrenales, él es soberano sobre todo y al que le busca negándose a sí mismo, le concede verdaderas victorias en la vida cristiana.
Como cristianos somos partícipes de las victorias de Cristo y entendemos que cuando nos apropiamos de la fe para andar junto a él, estamos habilitados para vivir una vida victoriosa sobre el pecado, las tentaciones y contra los dardos encendidos del enemigo de la cruz. La victoria del cristiano se manifiesta en la presencia de Dios en su vida; se hace visible cuando se encarna en su corazón la dulce unción de su Palabra para vivir conforme a ella.
La fe en Jesús es nuestra mayor fortaleza para obtener diariamente la victoria que vence al mundo; el sistema de preceptos, doctrinas y filosofías contrarias a la Palabra de Dios. Promesas de éxitos efímeros y de felicidad condicionada. Somos uno con el Hijo de Dios y creyendo esto con la fe del Espíritu, participamos de la victoria de Cristo sobre el mundo. Así debemos entender la victoria. No somos vencedores porque estamos en Cristo, sino porque nuestra unión con él, sólo con él, es la única garantía de nuestras victorias.
¡Dios bendiga su Palabra!