
Autor
Faustino de Jesús Zamora Vargas
Resumen: El rey Saúl fue desechado por Dios debido a su desobediencia en cumplir los planes de Dios. Dios le comisionó guerrear contra el reino de Amalec y exterminarlo todo, pero Saúl perdonó la vida a Amalec y reservó para sí algunas partes del botín. Muchas veces creemos haber cumplido una misión de Dios en toda su envergadura, aunque en el fondo del corazón sabemos que en su cumplimiento violentamos algunos de sus preceptos. No debemos justificar la desobediencia a Dios aun cuando parece que el fin justifica los medios. En nuestra vida cristiana “los medios” para alcanzar el fin deben estar alineados a su voluntad y el fin siempre será la gloria de Dios. El Señor no quiere sacrificios inútiles ni holocaustos del corazón, sino obediencia.
El rey Saúl fue desechado por Dios debido a su desobediencia. El Señor le dio misiones y tareas importantes como comandante del ejército de Israel, pero los criterios carnales en el cumplimiento de los planes de Dios, le llevaron a menoscabar la autoridad del Santo de Israel y a desobedecer sus instrucciones.
Los amalecitas habían negado su ayuda a los israelitas cuando estos salieron de Egipto por el poder y los portentos de Dios. El Señor no olvidó la afrenta a su pueblo y siendo ya Saúl su ungido, le instruyó guerrear contra el reino de Amalec hasta exterminarlo todo. Saúl les derrotó y contrario a lo que Dios le comisionó, le perdonó la vida a Amalec y reservó para sí algunas partes del botín (ovejas y vacas) con el pretexto de ofrecerlas al Señor en holocaustos y sacrificios después de la victoria (1Samuel 15.15). A Saúl le había sido prohibido echar mano del botín.
Muchas veces creemos haber cumplido una misión de Dios en toda su envergadura, aunque en el fondo del corazón sabemos que en su cumplimiento violentamos algunos de sus preceptos. Y hay mandatos de Dios que no requieren un llamado especial o inventarnos un huerto de Getsemaní “a la medida” para escuchar claramente la voz de Dios. El Señor está en el control y nosotros descontrolados; Jesús ya te llamó al servicio y todavía estás esperando que sea un líder de carne y hueso el que te proponga asumir una responsabilidad ministerial en la iglesia o realizar alguna tarea que requiere tu participación. Buscamos miles de pretextos antes de cruzar el Jordán. Ponemos la mira en el botín y no en la gloria de Dios, porque creemos que con el botín podemos bendecir a un hermano, o ayudar a que se reparen los atrios de la iglesia porque esa debe ser la voluntad de Dios. Pero nos equivocamos.
Dios no ofrece botín detrás de las victorias de las batallas que él nos manda a pelear. Por lo general, si hemos sido obedientes, lo más normal es que nos asigne una nueva misión, una nueva batalla para su gloria. Cuando se tiene los ojos en el botín, se pierde la visión de la guerra, se diluyen en nuestros pensamientos las estrategias de Dios para alcanzar la victoria, y se pierde la visión de quien es nuestra única esperanza, nuestra única meta: Jesucristo. Dice la Palabra: “Yo me regocijo en tu promesa como quien halla un gran botín” (Sal 119.162 NVI)
No debemos justificar la desobediencia a Dios aun cuando parece que el fin justifica los medios. En nuestra vida cristiana “los medios” para alcanzar el fin deben estar alineados a su voluntad y el fin siempre será la gloria de Dios. El Señor no quiere sacrificios inútiles ni holocaustos del corazón, sino obediencia. Dios bendice a los hijos de obediencia. Aunque las tareas que él nos encomienda parezcan locuras, sólo él conoce el final de la historia y sabe las consecuencias –siempre buenas- en nuestro caminar con él.
¡Hay tantos Saúles por los predios cristianos! Oremos por aquellos testaferros del contexto evangélico que sólo miran el botín y, para alcanzarlo, justifican los medios en descarada desobediencia al Señor aun sabiendo que estos no provienen de los recursos y las bondades del que pagó el precio de nuestro rescate con su sangre redentora. Es triste, pero es una realidad que debemos saber y combatir.
Vivamos para el Señor de la gloria; el que se humilló a sí mismo hasta morir una muerte de cruz por obediencia, el que vive para que le honremos en sujeción y ágape verdadero, aunque no podamos ver con total claridad sus propósitos divinos para nuestras vidas.
¡Dios bendiga su Palabra!