
Autor
Faustino de Jesús Zamora Vargas
Resumen: La gracia es un regalo incalculable e inmerecido de Dios que se extiende a todos los que la necesitan. A menudo, somos dados a juzgar y condenar en lugar de ofrecer gracia a los demás, pero Dios quiere que seamos un canal de su gracia en el mundo. La mejor defensa de nuestra fe es el amor y la gracia, y Dios bendice a aquellos que la imparten en su nombre. Cuando damos gracia, también la recibimos. Debemos ofrecer gracia a todos los que nos rodean, incluso a aquellos que nos molestan o nos han herido. La gracia fortalece el corazón y nos acerca más a Dios.
Dice un comentarista bíblico que "las aflicciones extraordinarias no siempre son el castigo de pecados extraordinarios, a veces son pruebas para gracias extraordinarias". El Cristo que nunca pecó, se hizo pecado y sufrió en cuerpo, espíritu y alma la aflicción más extraordinaria para dejarnos su gracia infinita,
maravillosamente incalculable, interminablemente asombrosa, eterna, perpetua. Gracia incomprensible, regalo que se extiende hacia las manos que no la merecen.
Así que acerquémonos confiadamente al trono de la gracia para recibir misericordia y hallar la gracia que nos ayude en el momento que más la necesitemos. Heb 4.16
Mi recuerdo más hermoso de la iglesia de Jesucristo data del día que me atreví, desesperado, a empujar la verja que la separaba de la subcultura mundanal. Heridas profundas, como las que producen los cuchillos afilados del mundo. Dios es muy grande para mí, no lo merezco, he sido un miserable vestido de falso orgullo, y aquí estoy…buscando. ¿Buscando qué? No creo que tenía un concepto correcto de Cristo, así que no fui buscando a Cristo, sino un poco de gracia; una mirada de compasión, un contacto con el universo espiritual desconocido que aliviara mi dolor. Tal vez allí suceda algo. Lo necesito. Un hombre desecho por la tristeza es algo serio. Alguien se acercó hasta mí, me puso la mano en el hombro sin conocerme y me invitó a entrar con gentileza y gestos compasivos. Y la gracia se hizo visible en muchos ojos y manos a mi alrededor hasta convertirse en un abrazo de bienvenida, inesperado, necesitado, anhelado.
Entonces supe que estaba en el sitio adecuado. Era mi primer encuentro con la gracia y nunca lo olvidaré. “…la gracia de nuestro Señor se derramó sobre mí con abundancia, junto con la fe y el amor que hay en Cristo Jesús. (1 Timoteo 1.14)
No somos dados a proveer gracia. Es más fácil murmurar, hacer juicio y condenar, que desdoblarnos en misericordias. Desde niños escuchamos decir a los mayores que la gente tiene lo que se merece. Si has sido ladrón, tu destino absoluto es la cárcel; si prostituta, vivir eternamente esclava del proxeneta y de la humillación de los hombres. No administramos gracia, no la gestionamos, pero nos gusta recibirla; dejamos a la gente abandonada a su propia suerte. Preferimos contentarnos dentro de nuestra subcultura cristiana, donde todos pensamos igual, donde no se dicen malas palabras y todos persiguen los mismos objetivos. No, no, la gracia es sólo para los hermanos de la fe, y que el Señor se encargue de los demás.
Pero Dios piensa diferente. Él quiere que ofrezcamos gracia, sobre todo a ese ladrón, o a aquella prostituta que quisiéramos lapidar porque dicen “las malas lenguas” que engañó a su cónyuge. Somos como como los fariseos, cuya primea intensión es tirar la piedra. Todos, sin excepción, necesitamos gracia y por eso Dios bendice a aquel que anda siempre dispuesto a regalarla. El mundo está necesitado de gracia, de una gracia fresca que no venga directamente del cielo, sino de nuestros corazones, de nuestros ojos y manos. El cristiano que no ofrece gracia se olvidó de su pasado sin Cristo.
Para qué tantas biblias, tantos seminarios si no llevas en la alforja un puñado de semillas de gracia y las vas esparciendo por el mundo. La mejor apologética- defensa de nuestra fe- es el amor, y la gracia es prima-hermana del amor. Si no pregúntele al Rey David, a Job, a Nicodemo, al hijo pródigo de la parábola o al evangelista Mateo, quien antes de seguir a Jesús era un miserable recaudador de impuestos para los enemigos de su pueblo.
Dios bendice al que imparte gracia en el nombre de Jesús. Mi aflicción era extraordinaria, mi pecado extraordinario, pero Su gracia rompió la aflicción y borró el pecado. Y todo por un abrazo humano revestido de la más sincera gracia ofrecida en el nombre de Jesús.
Si amas al Señor, pon más atención a tu corazón y vístete de gracia. Gracia para el vecino que no te deja dormir con sus escándalos nocturnos, gracia para la esposa del otro vecino que algunos dicen ser una chismosa, para el niño que chilla en el portal y no permite que te concentres en la tarea, gracia para el borracho al que todavía no te has acercado para hablarle de Jesús. Dice el autor de Hebreos que “conviene que el corazón sea fortalecido por la gracia” (Heb 13.9).Recuerden, amados hermanos y hermanas, que cuando se da de gracia, se recibe de gracia.
¡Dios bendiga su Palabra!