
Autor
Faustino de Jesús Zamora Vargas
Resumen: Guardar la palabra de Dios no es solo atesorarla, sino también ponerla en práctica y obedecerla. El libro de Josué recalca la importancia de guardar y obedecer la Ley de Dios para prosperar. Necesitamos la palabra profética de hombres y mujeres de testimonio que nos inspiren a vivir piadosamente en un mundo de perversión e injusticias. La santificación es un proceso constante para todo cristiano. La palabra profética de Josué nos enseña que la providencia de Dios siempre favorece a su pueblo y que el centro de nuestra vida es Cristo. Servir al Señor trae un gozo indescriptible y vivir el evangelio pegado a su Palabra es garantía de paz. Nuestra verdadera esperanza es Jesucristo, quien es el mismo ayer, hoy y por los siglos.
Guardar la palabra de Dios no es solamente atesorarla y apreciarla. Si se trata únicamente en estos términos se corre el riesgo de ser incluido en el grupo - tristemente célebre - de cristiano nominal. El nominalismo es figurativo, es simbólico, no cala, se queda en la epidermis del cristianismo. Guardar la palabra es hacerla intencionalmente, conscientemente, prácticamente
. Cada domingo - por lo general - escuchamos sermones que nos desafían, nos exhortan, nos animan al servicio, a la práctica de un cristianismo auténtico. Si eso no sucede en tu vida de cristiano, debes hablar con Dios al respecto. Lo cierto es que, sólo un bajísimo por ciento de lo que se escucha, se pone en práctica. Y poner en práctica es obedecer.
Todo el libro de Josué recalca la importancia de guardar la palabra de Dios y obedecerla. El Señor le dijo a Josué: “Este Libro de la Ley no se apartará de tu boca, sino que meditarás en él día y noche, para que cuides de hacer todo lo que en él está escrito. Porque entonces harás prosperar tu camino y tendrás éxito”. (Josué 1.8). El pueblo también prosperaría en la medida que guardaba y obedecía la Ley.
Todas las promesas de Dios se cumplieron en el tiempo de Josué para su pueblo. Se renovaba el pacto de obediencia a la Palabra. En los últimos capítulos, la palabra profética de Josué, a punto de morir en su vejez, exhorta una y otra vez al pueblo a no abandonar al Señor, a servirle de todo corazón, a amarlo por sobre todas las cosas, a no juntarse en “yugo desigual” con los idólatras que adoraban a dioses extranjeros de las tierras conquistadas, a ser siervos fieles. También les advierte de las terribles consecuencias de la desobediencia.
Necesitamos de la palabra profética de hombres de testimonio que inspiren a vivir piadosamente en Cristo en un mundo de perversión e injusticias. Si Ud. ha encontrado a algún hombre o mujer de este calibre, no lo pierda de vista. Sólo recuerde que un cristiano es aquel que vive a la manera de Cristo, conforme a su palabra, de acuerdo a su voluntad. Lo contrario es fanfarria e hipocresía. También recuerde que la santificación, en términos bíblicos, es un proceso para todo aquel que ha nacido de nuevo. “Pero ahora, habiendo sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tienen por su fruto la santificación, y como resultado la vida eterna”. (Ro 6.22).
Una de las hermosas enseñanzas de Josué para la iglesia y el cristiano de hoy es que para ver las maravillas (los hechos portentosos e increíbles) de Dios, hay que santificarse, circuncidar el corazón. Las murallas de Jericó cayeron porque el pueblo se santificó, el Jordán se abrió porque las tropas de Josué se circuncidaron como señal del pacto. Una nación santa, separada para Dios – la iglesia- es consciente de que la santificación es el lógico e impostergable proceso por el que todo cristiano debe transitar. “Porque Dios no nos ha llamado a impureza, sino a vivir en santificación”. (1 Ts 4.7)
La palabra profética de Josué de parte de Dios (Josué 23 y 24) nos enseña que la providencia de Dios, aun sin entenderla, siempre favorece a su pueblo, lo que demuestra su inmutabilidad y por ende su fidelidad. Estamos bien lejos de la perfección, pecamos, caemos…pero Él nos levanta por el don inmerecido de su gracia. “Toda buena dádiva y todo don perfecto vienen de lo alto, desciende del Padre de las luces, con el cual no hay cambio ni sombra de variación” (Santiago 1.17).
El centro de nuestra vida es Cristo, separados de él, nada podemos hacer y si nos desentendemos de él, nos condenamos nosotros mismos al fracaso seguro. El plan de Dios trasciende a nuestras vidas. Hagamos lo que hagamos, el plan sigue adelante. ¿No es entonces mejor guardar y hacer la palabra de Dios para que nos vaya bien? Servir al Señor trae un gozo indescriptible, vivir el evangelio pegado a su Palabra es garantía de paz, aun en medio de tormentas. Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos. (Hebreos 13.8). Esa es nuestra verdadera esperanza.
¡Dios bendiga su Palabra!
Lectura sugerida: Josué 23 y 24. FIN