
Autor
Dr. Roberto Miranda
Resumen: El propósito de Dios en nuestra vida es producir una actitud de completa entrega a Su voluntad. Esto se llama "sujeción preventiva" y nos protege y da seguridad. En contraste, la desobediencia obstinada nos lleva a sufrir las consecuencias de nuestros errores. La obediencia es la medicina preventiva que necesitamos para evitar males en nuestra vida. La obediencia a Dios nos dará largura de días, años de vida y paz.
El propósito de Dios a través de toda nuestra carrera espiritual es producir en nosotros una actitud de completa entrega, de absoluto rendimiento a Su voluntad; quebrantarnos y entrenarnos hasta que sólo quede en nosotros el instinto arraigado de sujetarnos a la menor presión del Espíritu divino.
Yo llamo a esto “sujeción preventiva”. Se trata de una actitud fundamental que gobierna todos los aspectos y acciones de nuestra vida, una disposición inconsciente a obedecer a Dios en cualquier situación, no importa cuán fuerte sea la tentación a ir en otra dirección. En esa postura moldeable y humilde del creyente hay seguridad infinita, y protección inviolable.
Es esa actitud de entrega sin condiciones a la voluntad de Dios—un abatimiento del yo y de la voluntad humana que conduce a un profundo sentido de seguridad—la que expresa David en el salmo 131:
1 Jehová, no se ha envanecido mi corazón, ni mis ojos se enaltecieron; Ni anduve en grandezas, Ni en cosas demasiado sublimes para mí.
2 En verdad que me he comportado y he acallado mi alma como un niño destetado de su madre; Como un niño destetado está mi alma.
3 Espera, oh Israel, en Jehová, desde ahora y para siempre.
El salmista se ha humillado delante de Jehová. Reconoce los límites de su inteligencia. Acepta sus limitaciones al explorar los misterios y las grandes decisiones de la vida. Se concibe a sí mismo como un frágil bebé, totalmente dependiente de la protección de su madre. En esa fragilidad total, sin embargo, hay absoluta confianza. El salmista ha “acallado” su alma, ha calmado las voces de la angustia y la duda, y se ha confiado totalmente a la cobertura de su madre. Y a esa misma entrega y sumisión llama a Israel: “Espera, oh Israel, en Jehová, desde ahora y para siempre”.
DESOBEDENCIA OBSTINADA
Mientras escribo estas líneas pienso en una mujer joven a quien conozco desde hace años. La llamaremos Diana. Viene de una familia maltratada por la vida, perseguida por adicciones y fracasos. Es atractiva, inteligente y motivada, la única de sus hermanos que ha logrado escapar el vicio y los malos caminos. Ha logrado educarse y tiene un buen trabajo. Hace unos cuantos años llegó a mi iglesia y entregó su vida al Señor. Iba muy bien, creciendo y prosperando espiritualmente, experimentando gran gozo en su jornada espiritual. Hasta que llegó un hombre a su vida. No era creyente, ni le interesaban las cosas de Dios. Pero llenaba ese vacío afectivo que había en ella, esa necesidad física de sentirse acompañada, validada como mujer. La presencia de un hombre le daba una nueva textura a su vida. Le permitía expresar dimensiones de su personalidad que de otra manera permanecerían reprimidas. Diana optó por abandonar la iglesia para perseguir su propio camino, para realizar su fatuo sueño romántico a su manera. Durante años, no supe más de ella, hasta hace poco, cuando regresó a la iglesia, admitiendo que se había equivocado, con dos hijos sin padre como fruto de esa relación de desobediencia.
A su regreso, Diana re-emprendió con entusiasmo su jornada espiritual. Empezó a tomar clases de discipulado, y pronto se convirtió en un valioso recurso para el liderazgo de la iglesia. Comenzó a participar activamente en otros aspectos de la vida de la congregación, y a contribuir positivamente con sus muchos talentos y considerable energía. Todo indicaba que Diana había aprendido su lección, y que finalmente se había estabilizado en su postura espiritual. Rebosaba de entusiasmo y compromiso. Contemplando su reintegración a la vida cristiana, todos nos regocijábamos con su evidente progreso. En una iglesia como la nuestra, en la cual se enfatiza continuamente la transformación espiritual del creyente, Diana parecía una encarnación perfecta de nuestros valores de arrepentimiento, servicio y entrega total al Señor. El futuro espiritual para ella parecía brillante y prometedor. Hasta que llegó un hombre a su vida.
Unos meses después de su segunda llegada, Diana conoció a otro hombre. Esta vez, se trataba de una persona con graves necesidades, y un pasado problemático. Pero, era un hombre, y representaba un compañero disponible, un recurso sexual, una forma conveniente y accesible de resolver una necesidad afectiva imperiosa. Poco tiempo después, el prometedor edificio espiritual en construcción se vino abajo. Diana se mudó con su nuevo compañero, abandonó todos sus compromisos en la iglesia, y se rehusó a aceptar los consejos pastorales que tratamos de proveerle. Su respuesta a la admonición pastoral fue muy mansa, pero firme. Sabía que su comportamiento era contrario a los principios cristianos, pero esa era la decisión que había tomado.
Muy lúcidamente, sabiendo que estaba en desobediencia, e ignorando conscientemente las dolorosas lecciones del pasado, Diana se internó una vez más en el desierto de la rebeldía y la desobediencia obstinada. Su necesidad compulsiva, y la promesa de una ganancia afectiva fácil y placentera, fueron demasiado poderosas para dejarse vencer por el clamor de los principios de la Palabra. Huelga decir que si la misericordia de Dios no interviene abrumadoramente, el fracaso de Diana esta vez será mucho más doloroso que la vez anterior.
Sólo las muchas aflicciones, y la disciplina persistente de Dios, podrán inculcar en gente como Diana esa postura de sujeción abarcadora que manifiesta el salmista en el salmo 131. Este tipo de persona frecuentemente llega a una actitud de verdadera entrega sólo después de muchos fracasos y derrotas, al final de una serie de dolorosas experiencias y decepciones que van quebrantando el yo y moldeando la voluntad hasta finalmente dejarla sujeta y obediente a los principios de la palabra de Dios. Desgraciadamente, el costo de ese proceso de aprendizaje a largo plazo es trágicamente alto—hijos nacidos fuera de matrimonio, con sus propias heridas e inseguridades que tendrán eventualmente que procesar; enfermedades físicas y deformaciones emocionales contraídas durante esos períodos de placentera pero peligrosa experimentación; opresiones espirituales resultantes de tratos implícitos hechos con las fuerzas de las tinieblas.
Es esa realidad humana la que puebla los escaños de nuestras congregaciones cada domingo, el residuo del pecado que reta continuamente el cuidado pastoral en nuestras iglesias. ¿La única medicina preventiva para ese cúmulo de males? ¡La obediencia! El sabio consejo de Salomón (el cual, tristemente, él mismo terminó desobedeciendo) nos orienta en este sentido (Pr 3:1, 2, 5-8):
1 Hijo mío, no te olvides de mi ley, Y tu corazón guarde mis mandamientos;
2 Porque largura de días y años de vida Y paz te aumentarán.
5 Fíate de Jehová de todo tu corazón, Y no te apoyes en tu propia prudencia.
6 Reconócelo en todos tus caminos, Y él enderezará tus veredas.
7 No seas sabio en tu propia opinión; Teme a Jehová, y apártate del mal;
8 Porque será medicina a tu cuerpo, Y refrigerio para tus huesos.