
Autor
Alberto González Muñoz
Resumen: La separación familiar es un gran problema para muchas personas, incluyendo a los cubanos y otras nacionalidades. La distancia puede ser desgarradora y no siempre hay un feliz reencuentro. Sin embargo, afianzar nuestra relación con Dios puede ayudar a llenar el vacío afectivo que sentimos y proveer consuelo, esperanza y fortaleza. Dios nunca nos abandona y siempre está con nosotros.
Uno de los grandes problemas que los cubanos, al igual que muchas otras nacionalidades hemos tenido que enfrentar es la separación familiar. El desarrollo de las comunicaciones y el transporte internacional, así como la disparidad de condiciones económicas entre los países del primer mundo y los demás, han propiciado que muchas personas abandonen sus países de origen en busca de una mejor vida para ellos y sus familias.
Lo más triste de todo es que no todas las familias logran emigrar completas. En muchas ocasiones, los padres y madres ven emigrar a sus hijos o los hijos a alguno de sus padres, y comienza una separación que no siempre termina en un feliz reencuentro, ya que multitud de circunstancias lo impiden.
Conocí en Nueva Jersey a una madre guatemalteca que añora la reunión con sus cuatro hijos, a quienes no ve desde hace varios años. Su historia sensibilizó mi corazón porque es la misma de muchos cubanos y cubanas que conozco. Ella se sacrifica y trabaja fuertemente, pero la ausencia de sus hijos es una experiencia desgarradora. ¿Cuándo logrará abrazarlos? Realmente no sabemos. Mientras tanto, ella provee para sus necesidades y espera un milagro de Dios que provoque la reunión familiar.
¿Es ése el plan de Dios para la relación de una madre y sus hijos? Estoy seguro que a veces la vida obliga a tomar decisiones drásticas en aras de la sobrevivencia. Pero lo ideal es que todos pudiéramos vivir cerca y en relación estrecha con nuestros seres amados. Los años que estamos en este mundo que no son tantos, pueden ser más dulces y más brillantes si las personas más queridas están a nuestro lado.
¿Qué hacer entonces cuando nuestra realidad es otra, los que amamos están muy lejos y no queremos sucumbir bajo la depresión y la desesperanza? Me atrevería a decir que lo primero es afianzar nuestra relación con Dios. El Salmo 27:10 dice: “Aunque mi padre y mi madre me dejaran, con todo, Jehová me recogerá”. Con ello se nos enseña que la ausencia de compañía de nuestros seres queridos, sean quienes sean, nos convierte en personas muy necesitadas de la compañía divina. Cuando nos sentimos solos o abandonados, Dios es una fuente inagotable de consuelo y fortaleza.
Las circunstancias que provocan la lejanía de los que amamos pueden tener diferentes causas, y desgraciadamente, no siempre tienen una solución pronta ni efectiva. La lejanía de las personas que amamos es una herida casi imposible de sanar.
No obstante, una profunda comunión con Dios siempre nos ayudará a llenar el vacío afectivo que en esos casos sentimos, proveyendo el consuelo, la esperanza y la fortaleza que solo Dios sabe traer a nuestros corazones. Por ello Jesús, al despedirse de sus discípulos les habló del consuelo que el Espíritu Santo, dentro de ellos mismos, podría proporcionarles.
Si tenemos a Dios, jamás seremos huérfanos, jamás estaremos faltos de amparo. Él jamás nos abandona.
¡Dios les bendiga!
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