
Autor
Faustino de JesĂşs Zamora Vargas
Resumen: En la vida hay montes que debemos conquistar, ya sea bendiciones o obstáculos. Los montes representan la fortaleza y estabilidad de Dios, y Él los utiliza como escenario de sus grandes intervenciones. En el invierno de la adultez, debemos hacer un inventario de nuestros montes y enfocarnos en conquistar los que nos faltan para la gloria de Dios. No hay gigante que nuestro Dios no pueda derribar. Debemos adentrarnos en nuestros montes y sentirnos como ElĂas, MoisĂ©s, David o Esther. Que Dios renueve nuestra fe y vigorice nuestro espĂritu de conquistador.
Celebramos con Cristo la llegada de la adultez. Al fin y al cabo, cada año, aunque el calendario hacia la eternidad se nos revele hostil y discrepante en tanto vivimos en esta lesa humanidad, al mismo tiempo, y definitivamente, dejamos de pensar en “la carga” de nuestra cuenta atrás -¡…5, 4, 3, 2…1! - y dirigimos la mirada a Cristo, quien es la meta gloriosa. Como la venidera ancianidad con Cristo nos acercará cada dĂa más a esta promesa, disfrutar hoy de una plena adultez en su viña se convierte en un sorprendente e indescriptible estado de gracia.
Pero siempre hay «montes» en la vida; montes que debemos conquistar a toda costa porque el Señor nos lo entregĂł en heredad, no porque los merezcamos, sino porque sencillamente tambiĂ©n esos montes, ora bendiciones o aparentes obstáculos, son mensajeros de Su gracia. Aun asĂ, debemos conquistarlos aunque nos vaya la vida en el empeño y creamos por momentos que las fuerzas no alcanzarán para lograrlo. Hay “montes” de bendiciĂłn y otros de sorpresas, unos de transgresiĂłn y otros de grandeza, pero todos del Señor. En tiempos antiguos los «montes» eran considerados territorios sagrados, sĂmbolos de la eternidad (GĂ©nesis 49:26), la fortaleza y la estabilidad, porque Dios es incomparablemente fuerte e inalterable. TambiĂ©n los «montes» representan los tortuosos impedimentos de la vida. Los «montes», cualquiera que sea, tiemblan delante del Señor porque Él es más poderoso que ellos (Job 14.18). Fueron los «montes», por voluntad divina, el escenario de sus grandes intervenciones con el fin de exaltar la solemnidad y autoridad de su mensaje (Dt.27;Jos 8.30–35).
El invierno se parece a la adultez, que es cuando el hombre de Dios comienza a emparentarse más con la esperanza. Y la esperanza es Cristo. Y siempre habrá montes que derribar por Él, que heredar de Él, que conquistar para Él.
En el año que reciĂ©n comenzĂł te invito a hacer el inventario de tus montes para que te enfoques en la nueva conquista de los montes que te faltan para alabanza de su gloria, para establecer – o restablecer- tus pilares y sembrar nuevos olivos en la tierra fĂ©rtil de tu Betel donde habita para siempre el Ăşnico y perfecto Dios. AllĂ ni llegarás a la ancianidad, ni siquiera serás adulto, sino raĂz, y dejarás legado para todos los Calebs que decidan un dĂa derrotar gigantes en Su nombre.
AdĂ©ntrate en tus «montes» pues no hay gigante que nuestro Dios no pueda derribar. Verás cuán parecido eres a ElĂas, a MoisĂ©s, a David o a Esther. Ruego a Dios porque en esta nueva jornada Él renueve tu fe y vigorice tu espĂritu de conquistador y sientas que el buen Pastor te ha dado nuevas fuerzas como de águila para no esperar más por tu heredad y clamar:- Señor, ¡dame, pues, ahora este monte!