El corazón de Arlis

Faustino de Jesús Zamora Vargas

Autor

Faustino de Jesús Zamora Vargas

Resumen: Arlis, una misionera y evangelista de 82 años, sigue viajando cientos de kilómetros para predicar el evangelio con la autoridad que le da su fe en Dios. Su testimonio es poderoso y deja una huella imborrable en el corazón de aquellos que la escuchan. Su ejemplo es una inspiración para aquellos que buscan seguir a Cristo y llevar la luz de la verdad al mundo perdido. La autora hace un llamado a los cristianos a salir de sus templos y acercarse a aquellos que andan como ovejas sin pastor.

Arlis parece haber salido de unas de los libros de la Biblia. Todavía tiene autoridad en la voz y el verde desborda la esperanza que perdura en sus ojos, como burlándose del cansancio de tantos años de ver el mundo. Sus pies pequeños cargan la bendición de 82 años, la mayoría de ellos sirviendo al Señor como misionera y evangelista.

Cuando conocemos personalmente a hermanas como Arlis, entendemos bien lo que significa la gracia de Dios. La fe se renueva y el alma se edifica. ¡El cuerpo de Cristo es tan asombroso!

Arlis todavía viaja centenares de kilómetros a predicar el evangelio. No necesita la ayuda de la Biblia para hablarle a los perdidos. Dice que la ha leído tantas veces que el Espíritu le ha revelado aquello que hace que Cristo se convierta en un regalo irresistible para los que no creen, y lo acepten. Hace poco la observé dar testimonio de su vida y una hora más tarde, vi a un perdido quebrantado clamando por su salvación por su predicación ungida del Espíritu de Dios. Sus 82 años no la contienen. La dulce manera de decirle a la gente que ya uno de sus hijos y su esposo están en el cielo y que anhela el día del reencuentro con ellos, deja una huella imborrable en el corazón.

Cuando pienso en Arlis, es inevitable que piense en la iglesia de Cristo, en sus funciones y en su misión. Tanta gente sentada en la burbuja de su “santo templo”. Domingos de gloria y el lunes ya comienza el reto de “parecer” cristianos, o de serlos de ciertas maneras, menos de acercarnos a aquellos que andan como ovejas sin pastor, heridos, maltratados a consecuencia de sus propios errores, esclavos de sus pasiones. ¡Es tanta la mies y tan pocos los obreros! (Mt 9.37).

El mundo se desploma frente a nuestras narices con un liberalismo a la medida de esta era de tecnologías e imperios hedonistas. Pero Arlis no es de las que dicen tener pasión por los perdidos y se quedan como clavados en los atrios del Señor mirando a los que marchan a la aventura de liberar a los corazones desesperados. Ella lo hace desde la altura de la vejez en Cristo, desde la gloria de las canas que le ha pintado el Señor en su cabeza pequeña y majestuosa, como su propia ancianidad. Su testimonio es como las trompetas que derrumbaron los muros de Jericó (Josué 6.2). Creíble, imitable, poderoso.

¿Dónde están hoy los Elías del Monte Carmelo o el Daniel del horno de fuego? ¿Cuándo vamos a pedir lluvia para que Dios bendiga esta sequedad espiritual que mueve a tan pocos hombres y mujeres de fe a liberar a los cautivos? Si no entramos al horno de Daniel, que representa a este mundo perdido, jamás experimentaremos la compañía y la presencia de Dios en nuestra vida cristiana para hacer la misión encomendada (Mateo 28).

Yo quiero ser como Cristo, pero Arlis me ha sido una nueva inspiración por estos días. Doy gracias a Dios por los/las Arlis del pueblo de Dios que no se achican por sus años, y Dios les renueva sus fuerzas para llevar la luz de la verdad sin temor a la intensidad con que ha sido calentado el horno. Su inspiración me llevó a Isaías: “…pero los que confían en el Señor renovarán sus fuerzas; volarán como las águilas: correrán y no se fatigarán, caminarán y no se cansarán”. (Isaías 40.31)

¡Dios te bendiga!

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