
Autor
Faustino de Jesús Zamora Vargas
Resumen: El autor recuerda su infancia humilde y las Navidades en las que no había suficiente comida. Sin embargo, los recuerdos de las palabras de Navidad y los buenos deseos de prosperidad para los demás nunca se desvanecieron. A medida que creció, se alejó de Dios y de la religiosidad, pero ahora cree que un mundo mejor solo es posible con la ayuda de Dios. Celebra la Navidad con la esperanza de un mundo mejor y agradece a Dios por estar presente en su vida.
Estos días pre- navideños nos traen hermosos recuerdos de la niñez. La hermosura de esos recuerdos sobrepasa toda la amargura de aquella desventura de niñez humilde, que suponía vivir cada vez una nueva Navidad sin un buen platillo que llevar a la mesa ni a nuestros infantiles estómagos. Recuerdo los recorridos matutinos por la bodega (la tienda) de Gustavo Artime en los días de Navidad: cajas repletas de manzana, uvas tan grandes como avellanas, avellanas, cuyo sabor nunca comprendí, ni el por qué sólo se comían por la época de Navidad, como las nueces y otras golosinas.
Todavía mi mente recuerda “los regalos” del Sr. Gustavo el bodeguero cuando le hacíamos algún que otro favor en aquella época en que las ventas se le duplicaban: una cajita de pasitas Del Monte para repartir entre dos, un estrellón, (dulce) duro como un palo, o un ramito de uvas, que era lo que más me gustaba. Aun después de pasados tantos años, vienen a mi mente sabores, olores y aquellas palabras repetidas envueltas en maravillosos deseos de prosperidad hacia aquellos a quienes las dirigíamos con pródigo entusiasmo. ¡Feliz Navidad!- repetíamos los niños haciéndonos eco de los mayores ¡ …y próspero Año Nuevo! terminábamos la frase con la fuerza de una sentencia de buen augurio.
La pobreza de entonces, los recuerdos de la mesa sin mantel ni cenas suculentas que acompañaban a mi familia año tras año, no pudieron ni podrán nunca apagar las evocaciones de aquellos mensajes de Navidad que iban dirigidos, esencialmente, a aquellos que podían celebrarla dignamente…o indignamente, según el caso. Por aquellos tiempos de niñez, sin conciencia de religiosidad, ni de la importancia de la Navidad para la humanidad, la sola expresión “Niño Jesús“ me inspiraba respeto y un tierno, profundo y misterioso amor que sería difícil explicar con palabras humanas.
Años más tarde Dios y el niñito Jesús desaparecieron de mi vida y no les vi más. Pasaron 40 años, tal vez un tiempo más prolongado que ya no vale la pena recordar. Pero Dios no desapareció solo. Con él se fueron las manzanas, las avellanas, las uvas, las palabras y los buenos deseos que pronunciábamos con sórdida alegría apenas comenzaba diciembre. Negar a Dios se convirtió de pronto en una señal de buena voluntad entre los hombres. Nuevas efigies y estatuas fueron apareciendo para sustituir al Dios vivo. La palabra se erigió como yunque para los martillos humanos, erráticos armadores de la falsa y engañosa materialidad inconsecuente. La vuelta al fariseísmo contemporáneo, más solapado y marginal que hace 2000 años, se volvió una doctrina moralista con miserables ribetes de holocausto.
Un mundo mejor puede ser posible, pero sin Dios, es una utopía. Sin Él, toda probabilidad de mejoría de este planeta –por cierto, creado por él mismo desde el principio de los tiempos- va a estar condicionada por desastres, circunstancias y escenarios que produciría el mismo hombre para poder subsistir. Si la supervivencia humana será el resultado de cualquier empeño para que este mundo llegue a ser mejor en algún momento de la historia, el precio sería demasiado alto para comenzar a trabajar en la posibilidad de su mejoría. ¡Tan fácil que sería volverse a Dios!
Dios ha vuelto a aparecer por nuestros predios cubanos y con Él las manzanas, las nueces, la uvas y…la Navidad. Han vuelto los regalos envueltos en celofán y cintas de colores. Humanamente, cuando veo las cestas de regalo pasar con sus chirridos de celofán y sus adornos rebuscados, siento una infantil alegría en mi interior. Cristianamente, siento una profunda compasión por este mundo donde mueren diariamente decenas de miles de niños que no tuvieron siquiera una Navidad.
La cristiandad celebra la verdadera y única Navidad con la esperanza de un mundo mejor. ¡Y claro que es posible! Emanuel está aquí con nosotros. Su incondicional amor nos asombra. Su presencia hoy en nuestras vidas es suficiente para celebrar su nacimiento. Sus hijos sólo le necesitamos a él en la Navidad, porque Él es la Navidad. Somos inmensamente ricos, fabulosamente bendecidos. Desde la luz de aquel pesebre que iluminó a las tinieblas hace 2 mil años y que hoy continúa alumbrando nuestras vidas, proclamamos: ¡gracias Señor por tu Navidad! Gracias por estar aquí en nuestra Patria, y porque a pesar de negarte durante años y seguirte negando de todas las formas posible ¡tú no te has ido nunca!
¡Feliz Navidad!