Vida plena para vida eterna

Faustino de Jesús Zamora Vargas

Autor

Faustino de Jesús Zamora Vargas

Resumen: La vida eterna es la promesa más importante del evangelio de Jesucristo. Solo en Él hay vida eterna y la convicción de esta verdad trae plenitud de vida. Aunque el camino puede ser difícil, los desiertos son escenarios donde Dios se manifiesta para recordarnos su grandeza y la seguridad de que no estamos solos. La plenitud en Cristo es plenitud de vida, de una vida que apunta a la eternidad. Debemos conservarnos en el amor de Dios y esperar ansiosamente la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna.

Al principiar mi vida en Cristo uno de los asuntos que más trabajo me costó entender es el asunto de la vida eterna. El que no entiende la promesa de la vida eterna se queda a mitad del camino en el entendimiento del evangelio de Jesucristo.

Vida eterna para el pecador arrepentido es la promesa de las promesas. Es el regalo supremo, la consecuencia final del sacrificio hecho en la cruz. A medida que crece la fe y el conocimiento de la Palabra de Dios, el Señor va revelando el significado de una vida con Cristo, en el aquí y ahora y en la eternidad. Hoy en Cristo, mañana con Él, y en la medida que su amor y misericordias va cincelando el corazón redimido, la convicción de la eternidad en su presencia se hace más visible y concluyente. Fue Él mismo el que lo prometió: “Y ésta es la promesa que Él mismo nos hizo: la vida eterna. (1 Jn 2.25).

Sólo en Cristo hay vida eterna (1 Jn 5.11) y la convicción de la vida eterna trae vida plena. La plenitud de vida en Cristo no está exenta de caídas, pero sí de la certeza de que Él nos levanta cuando eso sucede. Un gran pensador latinoamericano y universal del siglo XIX dijo: “Necesitamos levantar (nos), no poetizar las caídas”. Solemos poetizar las caídas o, en el mejor (o peor) de los casos, le echamos la culpa al diablo de nuestras iniquidades otorgándole un poder que nunca tuvo. Un aviso: los desiertos de Cristo son también parte de la herencia que nos ha legado para entender los misterios de su Gloria. Los desiertos son los escenarios donde Dios se nos manifiesta para recordarnos su grandeza y la seguridad de que no vamos a atravesarlos solos.

Para sentir la plenitud de vida en Cristo hay que pasar de vez en vez por el Jordán de sus padecimientos y nadar a brazo partido hasta la otra orilla donde la gracia extiende su mano y su Palabra deja de ser promesa de vida eterna para convertirse en tu realidad. La vida eterna debe hacerse realidad en la mente y en el corazón cristiano, convencido de que el camino no será fácil porque es angosto, como dicen las Escrituras, pero trae bendición y vida plena.

David cantaba: “me llenarás de alegría en tu presencia, y de dicha eterna a tu derecha”. (Sal 16.11). ¿No está el Hijo a la diestra del Padre? ¿De qué dicha eterna está cantando David? ¿Quién es ese surtidor de vida eterna que está a la derecha del Padre? ¿No hay plenitud de gozo en su presencia? No hay dudas, la plenitud en Cristo es plenitud de vida; de una vida que apunta a la eternidad.

Judas, hermano del Señor, nos sugiere: “consérvense en el amor de Dios, esperando ansiosamente la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna” (Jud 21). Mi oración es que no dejemos de mirar a la cruz para que la eternidad se manifieste real, no como ilusión o espejismo, sino como razón de la esperanza arraigada en la plenitud de vida que tenemos en Aquél que lo llena todo en todo.

¡Dios te bendiga!