El valor de ministrar como Jesús

Faustino de Jesús Zamora Vargas

Autor

Faustino de Jesús Zamora Vargas

Resumen: El ministerio es un llamado divino para servir al Señor y a las necesidades del prójimo. Todos los cristianos están llamados a servir y obedecer los designios divinos. Un buen ministro es un siervo que obra por la gracia de Dios y renuncia sus propios intereses. La iglesia necesita más buenos ministros que nuevos ministerios. Todos somos ministros en el cuerpo de Cristo y debemos servir al Señor con alegría.

El ministerio es un llamado, no un oficio. Este llamamiento tiene una naturaleza espiritual, nunca carnal; es divino, jamás terrenal. Él me eligió primero para después llamarme a ministrar. Es un privilegio, no una imposición.

Hemos sido llamados a servir al Señor. “Pero aun antes de que yo naciera, Dios me eligió y me llamó por su gracia maravillosa” (Ga 1.15). ¿A qué nos llamó Dios sino a servirle?

Nuestro llamamiento es ser ministros de Jesucristo y eso le concierne a todos los que hemos recibido la salvación por gracia mediante la fe. La identidad del cristiano se manifiesta en el servicio que, naturalmente, fluye del amor de Dios en nuestros corazones para ministrarle y ministrar a las necesidades del prójimo, sean creyentes o no.

El político y filósofo irlandés Edmund Burke dijo en el siglo XVIII: “Lo único que se necesita para que el mal triunfe es que los hombres buenos no hagan nada”. Llevando este pensamiento al contexto puramente espiritual podríamos parafrasearlo de la manera siguiente. “Lo único que necesita el diablo para salirse con la suya, es que los hombres de Dios permanezcan con los brazos cruzados”.

Los cristianos estamos llamados a servir; no es una opción. En algún libro que no recuerdo su título leí que la palabra ministro le era atribuida a los remeros de los antiguos galeones quienes, encadenados, movían con la fuerza de sus brazos aquellas enormes naves a través de los mares. La ilustración no puede ser mejor. Un ministro es como un remero que está “encadenado” a Cristo, un siervo que obra porque entiende que la obediencia a los designios divinos es obra de la gracia de Dios en bien de los demás y porque ha hecho renuncia de sus propios intereses para poner su vida enteramente a los pies del Señor.

La idea del llamamiento a ministrar (servir) al Señor se repite una y otra vez en la Biblia. “Fue él quien nos salvó y nos llamó con santo llamamiento, no conforme a nuestras obras, sino conforme a su propio propósito y gracia, la cual nos fue dada en Cristo Jesús antes del comienzo del tiempo”. (2 Timoteo 1.9 RVA). Otro versículo para meditar en el ministerio al Señor es el siguiente: “Porque los dones y el llamamiento de Dios son irrevocables.” (Ro 11.29). De estos dos versículos podemos sacar la siguiente conclusión: Jesús me salvó y me llamó a ser su ministro para su gloria (el propósito). Este llamamiento es radical e inmutable (es su decisión soberana y no tengo excusas).

La iglesia de Cristo necesita más del concurso de buenos ministros que de nuevos ministerios. Los buenos ministerios, según nuestros estándares humanos, pasan, incluso mucho más rápido que algunos buenos ministros. Lo lamentable es que no son muchos los buenos ministros que se apegan a los estándares divinos a la hora de ejercer sus ministerios.

Sirvamos al Señor con alegría. Somos ministros del mejor de los ministerios. Todos somos ministros en el cuerpo de Cristo. Digamos como Josué “…Pero yo y mi casa serviremos al Señor” (Jos 24.15)

¡Dios te bendiga!