El valor del sacrificio personal en favor del Reino

Faustino de Jesús Zamora Vargas

Autor

Faustino de Jesús Zamora Vargas

Resumen: Los que obedecen el llamado de Dios a hacer sacrificios personales en favor del Reino merecen nuestra admiración y bendición. Nehemías 11 habla de aquellos que se sacrificaron para reconstruir Jerusalén en tiempos de ruina. La fidelidad y obediencia a Dios son recompensadas, y Él conoce nuestros corazones. No importa si nuestros sacrificios son ignorados por los hombres, lo importante es que sean hechos en obediencia a la Palabra de Dios y con fidelidad de corazón. Al final, cuando Dios pase lista en el cielo, podremos responder feliz cuando escuchemos nuestro nombre.

Siento una profunda admiración por los hijos de Dios que tienen un corazón misionero y son obedientes a la voz de Dios ¡Cuántos hombres y mujeres de Dios se levantan a diario para llevar el mensaje de salvación a otros lugares y naciones! Sería imposible hacer una lista de tantos hermanos y hermanas que, dejando sus comodidades, se lanzan a la aventura de la evangelización

en obediencia al cumplimiento de la Gran Comisión. Y otros, que sin salir de sus lugares de origen, sencillamente se quitan su pan para compartirlo con los demás.

El sacrificio personal en favor del Reino - cuando se hace en obediencia - es una manera de negarse a sí mismo, es ofrecer lo mejor de la vida al Señor sin esperar nada, o incluso, a expensas de perderla. Y hacerlo con humildad, sin aspavientos, como de incógnitos, como se debe hacer para el Señor, quien todo lo ve y lo sabe. No hay estadísticas precisas para poder reconocerlos y honrarlos, pero el Señor sí lo sabe. Como dice un antiguo himno, cuando allá- en el cielo- se pase lista, podrán responder feliz a su nombre.

Nehemías, capítulo 11 nos habla de este tipo de gentes. Jerusalén estaba destruida, completamente en ruinas. Nadie quería habitar allí; la vida era mucho mejor en los pueblos cercanos. Permanecer en Jerusalén requería sacrificios personales y familiares. Los que se quedaban estarían responsabilizados con la reconstrucción de la ciudad y con continuar edificando espiritualmente al pueblo. Uno de cada diez personas debía sacrificarse por los demás y quedarse en la arruinada Jerusalén a hacer la labor. Era una hora de compromisos y de obediencia. El Señor premia la fidelidad cuando obedecemos su llamado a hacer algún tipo de sacrificio en favor de su Reino.

¿Cómo obedecer al Señor en un mundo fragmentado por el pecado, arruinado moral y espiritualmente, a costa de cualquier pérdida? Échele un vistazo espiritual a su iglesia o a su comunidad cristiana y observe cuántos hermanos y hermanas trabajan humildemente, sirven al Señor sin esperar aplausos, oran por los enfermos y descarriados, comparten su gozo con el que no lo tiene, cuidan del rebaño como el mejor pastor, se niegan a sí mismo para afirmar a los que se tambalean. Ellos son los guardianes del Reino y merecen nuestra bendición por su fidelidad, así como el pueblo de Israel, en tiempos de Nehemías y Esdras, bendijo a los que obedecieron el llamado a permanecer en la ciudad santa sacrificándose por los demás.

Vivimos para servir al Señor permaneciendo en él. “El que guarda sus mandamientos permanece en El y Dios en él. Y en esto sabemos que El permanece en nosotros: por el Espíritu que nos ha dado”. (1 Jn 3.24). El Señor no quiere sacrificios que no procedan de la obediencia a su Palabra y de nuestra fidelidad de corazón a su llamado. No importa si tu servicio, tus renuncias, tus sacrificios personales por el Reino son ignorado por los hombres. El Señor conoce tu corazón y te bendecirá. Que cuando Él pase lista un día allá en el cielo, puedas responder feliz cuando escuches tu nombre. –Aquí estoy Señor-.

¡Dios te bendiga!

Lectura sugerida: Nehemías 11