Mi Dios es Dios fuerte

Faustino de Jesús Zamora Vargas

Autor

Faustino de Jesús Zamora Vargas

Resumen: La fortaleza que necesitamos como cristianos no está en nuestra propia fuerza, sino en el poder del Espíritu Santo. Cristo es fuerte porque en Él descansan las promesas de redención última de la humanidad, y en Él cohabita el poder divino. Si somos coherederos con Cristo, entonces somos fuertes con Él. Las armas con las que luchamos no son del mundo, sino que tienen el poder divino para derribar fortalezas. Es tiempo de Navidad, una época que despierta los ánimos de paz y reconciliación. Ven al fuerte, al Cordero inmolado ayer y victorioso siempre.

Dios no sólo es fortaleza, ni fuerza, sino poder. Hay quienes tienen fuerza, pero no tienen poder. Por eso hasta el débil, ante Dios, es investido de poder del Espíritu Santo.

Ahí tenemos a Pablo cuando le decía a los corintios: “Por eso me regocijo en debilidades, insultos, privaciones, persecuciones y dificultades que sufro por Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte. (2 Co 12.10). La fortaleza de Pablo no estriba en su fuerza, sino en el poder dado por el Espíritu para sostenerse frente a todo tipo de tribulación y sufrimiento. El Señor de Pablo le libró de prisiones y naufragios, le salvó de mordedura de serpiente, brindó consuelo en la humillación de los azotes y le proveyó de pan en las horas de debilidad.

Sólo el Espíritu proporciona este tipo de fortaleza. Jesús, leyendo a Isaías en la Sinagoga revelaba el cumplimiento de la profecía en su persona: “El Espíritu del Señor omnipotente está sobre mí, por cuanto me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobres. Me ha enviado a sanar los corazones heridos, a proclamar liberación a los cautivos y libertad a los prisioneros” (Is 61.1).

Cristo es fuerte porque en Él descansan las promesas de redención última de la humanidad, porque es también dominio y potestad y Señor de la creación. Sobre sus hombros descansarán los principados y se someterán a su autoridad para que en su nombre se doble toda rodilla y toda lengua le confiese Señor (Flp 2.10). ¿Qué nos toca hacer? ¡Seguirlo! Si somos coherederos con Cristo de las posesiones de Dios, entonces somos fuertes con Él porque en Él cohabita el poder divino. Él nos hace fuertes, nos viste de poder para andar como cristianos por el mundo siendo testigos de Él. La prueba podrá venir, pero el final de la historia la escribe Dios conforme su voluntad. ¿No es su voluntad agradable y perfecta? Entonces, confiemos en Él. Él es nuestro Dios fuerte. El apóstol Pedro le decía a sus consiervos: “Y después de que ustedes hayan sufrido un poco de tiempo, Dios mismo, el Dios de toda gracia que los llamó a su gloria eterna en Cristo, los restaurará y los hará fuertes, firmes y estables.” (1 P 5.10).

El apóstol Pablo animaba de igual modo a los corintios expresándoles: “Las armas con que luchamos no son del mundo, sino que tienen el poder divino para derribar fortalezas.” (2 Co 10.4). ¿Qué nos toca como cristianos? Apropiarnos de Cristo, pues teniéndole a Él somos fuertes. No vencemos por nuestra fortaleza, ni existe poder humano que nos haga vencedores, sino Cristo. El Salmista pregunta “¿Quién es este Rey de la gloria? El Señor, el fuerte y valiente, el Señor, el valiente guerrero”. (Sal 24.8). Cristo es el Rey de la gloria, el Dios fuerte que hace lo indecible para conquistar tu corazón y no pone condición para que vengas a Él. Él te acepta como estás ahora mismo; alejado, frío, distante, apartado.

Es tiempo de Navidad, gozo de los hijos de Dios, época que despierta los ánimos de paz y reconciliación. ¡Ven al fuerte, al Cordero inmolado ayer, y victorioso siempre!

¡Dios te bendiga!

Lectura sugerida: Salmo 24