El desafío de crecer en la Palabra

Faustino de Jesús Zamora Vargas

Autor

Faustino de Jesús Zamora Vargas

Resumen: La Palabra de Dios es esencial para la vida cristiana y el crecimiento espiritual. Junto con la oración, la Palabra es un recurso divino y necesario para enfrentar el pecado, la zozobra espiritual, las causas de nuestras debilidades y los tropiezos. El cristiano debe fundamentar su vida en la Palabra de Dios, estudiarla, meditarla y ponerla en práctica. La aplicación de la Palabra a nuestra vida aviva nuestros deseos de parecernos a Cristo y llevar su mensaje de redención hasta lo último de la tierra. El mundo no lee la Palabra de Dios, pero está constantemente leyéndonos a nosotros, lo que es un desafío para el crecimiento espiritual cimentado en las enseñanzas eternas del Verbo encarnado.

La Palabra de Dios es uno de los deleites del cristiano que anhela crecer espiritualmente y vivir una vida de abundancia en Cristo. No es extraño ver a hermanos cristianos que, creyéndose confiados en su salvación por haberse rendido a Cristo, descuidan la lectura

y la meditación de la Palabra, ignorando así las enseñanzas extraordinarias de Dios para su devenir espiritual en la siempre sorprendente aventura de la fe. La Biblia es para el cristiano, lo que las alas son para el pájaro. Sin alas no se puede volar, sin la autoridad de la Palabra en la vida cristiana, es imposible andar; cuando menos será una vida llena de tropiezos en la que no podremos disfrutar de incontables bendiciones, cuando más, en el peor de los casos, un desandar sin rumbo, un barco sin brújula. ¿Qué hijo no desea escuchar el consejo del Padre para que le vaya bien en todos sus asuntos?

Una de las marcas indelebles del crecimiento cristiano, es ser un amante consciente de la Palabra de Dios porque ella establece una relación directa entre el creyente y su Señor. Junto a la oración, la Palabra es recurso divino e indispensable para confrontar el pecado ("En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti." Salmo 119:11), la zozobra espiritual, las causas de nuestras debilidades, los tropiezos, pero también las alegrías y las bendiciones. Por eso Pablo dice que es viva y eficaz… juzga los pensamientos y las intenciones del corazón (Hebreos 4:12) y el Señor, a través del profeta Jeremías, afirma “¿No es acaso mi palabra como fuego, y como martillo que pulveriza la roca?” (Jer 23.29).

Lo cierto es que si bien nuestra nueva naturaleza en Cristo nos da poder en el Espíritu, las enseñanzas del libro de libros vienen a confirmar nuestro nacimiento espiritual mediante la palabra de verdad: “Pues ustedes han nacido de nuevo, no de simiente perecedera, sino de simiente imperecedera, mediante la palabra de Dios que vive y permanece” (1 Ped 1.23). El Apóstol Santiago lo ratifica: “Por su propia voluntad nos hizo nacer mediante la palabra de verdad, para que fuéramos como los primeros y mejores frutos de su creación” (Santiago 1:18 NVI, subrayados del autor).

La Biblia está llena de exhortaciones sobre cómo debemos actuar con la Palabra de Dios. Leerla, escudriñarla, meditarla, guardarla y ponerla en práctica. Poner en práctica la Palabra es hacer la voluntad del Padre, es apropiarnos de una promesa que trae esperanza y seguridad al cristiano y tiene que ver con nuestro estado presente y futuro delante de Dios y de los hombres: “Los que aman tu ley disfrutan de gran bienestar, y nada los hace tropezar” (Sal 119.165). En este versículo la palabra amor no infiere una simple invitación a una actitud contemplativa y pasiva, sino más bien, significa que los que la aman (la Palabra) verdaderamente, la ponen en práctica, la obedecen y como consecuencia, gozan de una vida cristiana en paz y bienestar.

El cristiano debe fundamentar su vida en la Palabra de Dios. Esto suena un poco retórico, pues no es nada nuevo; pero de lo que no me cabe la menor duda es que tal vez este sea el mayor anhelo de Dios para sus hijos. El problema está en que no lo hacemos, levantamos mil excusas para no hacerlo, apenas invertimos el tiempo necesario para estudiarla, meditarla y ponerla en práctica.

La Biblia nos narra las veces que los religiosos intentaban engañar Jesús con preguntas difíciles y embarazosas sobre la Torá. Ellos anhelaban sorprenderlo en cualquier aspecto que les demostrara que Jesús incumplía la llamada Ley de Moisés. A una pregunta de los saduceos sobre el casamiento y la resurrección, (Mateo 22:24-32) Jesús les contestó: “Ustedes andan equivocados porque desconocen las Escrituras y el poder de Dios” (Versículo 29 NVI). Este es un llamado para nosotros; podemos equivocarnos como seres humanos, pero que no sea por el desconocimiento de las Escrituras. La Palabra nos ayuda a crecer, a través de ella conocemos la voluntad de Dios y a Dios mismo, podemos entender el sacrificio de Jesús en la cruz del Calvario y el valor que la gracia de Dios ha derramado sobre nuestras vidas. La búsqueda de respuestas en la Palabra de Dios nos capacita y nos alienta. Si realmente nos sentimos discípulos de Cristo, tenemos que ir una y otra vez a su Palabra. El tiempo y la dedicación al estudio de la Palabra y su aplicación en el diario vivir definirán tu nivel de madurez y crecimiento espiritual. No hay fórmulas complicadas para conocer la voluntad de Dios. Depende totalmente de ti y de mí. Él ya hizo su parte: murió en una cruz, nos dejó al Espíritu Santo y su eterna Palabra. No se puede entender humanamente el misterio de la cruz y la gracia de la Salvación, si no vamos a las Escrituras con espíritu de humildad y oración para que Dios se nos revele y nos manifieste su Verdad. Esa verdad transformará nuestras vidas.

D. L. Moody decía: “La Biblia no se nos dio para aumentar nuestro conocimiento, sino para cambiar nuestra vida”.

Uno de los más prolíferos escritores cristianos de nuestro tiempo escribía acertadamente: “Es posible conocer la Palabra de Dios y no conocer al Dios de la Palabra”.

Es una gran verdad. Podemos llegar a ser expertos en el conocimiento de la Palabra, pero al Dios de la Palabra se le conoce sólo cuando la ponemos en práctica en nuestras vidas. La aplicación de la Palabra a nuestra vida, aviva nuestros deseos de ser cristianos prácticos, de parecernos cada día más a Cristo y de llevar su mensaje de redención hasta lo último de la tierra.

No debemos olvidar que el mundo no lee la Palabra de Dios, pero está constantemente leyéndonos a nosotros y eso es un desafío para el crecimiento espiritual, cimentados en las enseñanzas eternas del Verbo encarnado.

¡Dios te bendiga!