
Autor
Faustino de Jesús Zamora Vargas
Resumen: El pecado aniquila al ser humano, lo encierra en la prisión de la necedad y en la porfía de la lucha por la nada. No estamos calificados por Dios para juzgar al prójimo, sino que nos entregó un mandamiento que pocas veces aplicamos a nuestra propia vida: amar al prójimo como a nosotros mismos. Dios puede cambiar la piel del etíope, Él tiene el poder de hacer una nueva criatura de la nada. Cristo es mucho más que Señor y Salvador. Él es vida y la imparte para que la vivamos con Él. Cristo no sólo es capaz de enderezar los troncos que nacieron torcidos o que la vida desordenada torció por el camino, sino que hace árboles nuevos. Allí en la cruz hay cisternas nuevas de aguas frescas de vida eterna que no sólo cambiará tu piel de etíope, sino coronará tu entrega con sus bendiciones. ¡Háblale al etíope que está a tu lado, ámalo como te amas ti mismo!
El pecado desarraiga al ser humano, lo aniquila en vida, lo encierra en la prisión de la necedad y en la porfía de la lucha por la nada. Creyendo tomar a la vida como a un toro por los cuernos y aspirando vencerla con las fuerzas de los deseos por el éxito y la fanfarria, el hombre camina hacia su propia destrucción
, hacia la muerte eterna. La obstinación en hacer del pecado una adicción, lo lleva a un callejón sin salida. El hombre, aun ostentando títulos y galardones de papel, sigue siendo ignorante de lo divino. No estamos calificados por Dios para juzgar tal ignorancia. Antes de emitir un juicio que no nos corresponde, debemos amarlos. ¿No es acaso eso lo que dice el primer mandamiento que nos dejó Jesús? Dios no nos ha dado permiso para juzgar al prójimo, sino que nos entregó un mandamiento que pocas veces aplicamos a nuestra propia vida: amar al prójimo como a nosotros mismos.
Hay un viejo adagio que dice “árbol que nace torcido jamás su tronco endereza”. ¡Como si para Dios hubiera algo imposible! Los que creen tales cosas, no conocen el poder del Espíritu Santo, no han experimentado en carne propia o en la ajena, la indescriptible abundancia de la gracia de Dios.
Sí, hermano Jeremías, el etíope de estos tiempos puede cambiar la piel espiritual cuando se reconcilia con Dios. Cristo decolora a los hombres con su santidad, lo viste de limpio, blanquea la negrura del corazón obcecado por el pecado, le baña de la gracia de sus manantiales de misericordia y endereza sus raíces torcidas de iniquidad. ¿Cuántas veces hemos ignorado el poder de Dios condenando a una persona al negarle el derecho de escuchar el evangelio de nuestros labios? ¿En cuántas ocasiones nos hemos convertido en jueces y hemos presupuesto que “los árboles que nacieron torcidos”, jamás serán receptivos al mensaje de salvación? Cristo es irresistible y tenemos prueba de ello.
Dios puede cambiar la piel del etíope, Él tiene el poder de hacer una nueva criatura de la nada. Cristo es mucho más que Señor y Salvador. Él es vida y la imparte para que la vivamos con Él. He visto muchos etíopes (y leopardos) con fama de tener sus corazones endurecidos – poetas, “encantadores de serpientes”, militares, profesores, médicos y hasta los “doctores de la ley” de nuestros días - quebrantados por el poder del evangelio, pidiendo a gritos la misericordia de Dios para sus vidas. Esa es la gracia de Dios que mira al hombre en su condición pecaminosa humillado por la acción del Espíritu Santo, el que regenera los corazones arrepentidos. En la cruz hay suficiente espacio para remendar los corazones (hallar consuelo) y un taller lleno de gracia para hacerlos nuevos.
¿Hay algún etíope en tu familia que no se ha rendido al Señor para que este le cambie la piel y lo haga nueva criatura? ¿Cuántos leopardos conoces que prefieren seguir exhibiendo sus manchas pavoneándose con orgullo de sus pecados y no deciden dar un paso de fe entregándose a Cristo? Seguramente estás pensando ahora en algunos de ellos, oportunidad que tienes de encomendarlos, en este justo momento, a la gracia salvadora de nuestro Señor? Para Él no hay etíopes ni leopardos que puedan resistir el llamado a la rendición de sus almas, mente, voluntad y sentimientos.
Cristo no sólo es capaz de enderezar los troncos que nacieron torcidos o que la vida desordenada torció por el camino, sino que hace árboles nuevos. Yo fui un tronco torcido como hay tantos y también mi piel natural es como la de los etíopes, pero el Señor me atrajo con hilos de amor, y aunque estoy todavía muy lejos de la meta, le dio un nuevo color a mi alma y me ha hecho consciente de que para vivir en Cristo, debo permitir que Él viva su vida a través de mí. Yo estoy en ese intento y te invito a que medites en ello con Cristo en tu mirada, el único que puede llevarte a la cruz para que muera para siempre tu viejo hombre pecador. Allí en la cruz hay cisternas nuevas de aguas frescas de vida eterna que no sólo cambiará tu piel de etíope, sino coronará tu entrega con sus bendiciones. ¡Háblale al etíope que está a tu lado, ámalo como te amas ti mismo!
¡Dios te bendiga!