
Autor
Faustino de Jesús Zamora Vargas
Resumen: No podemos reducir el Evangelio a una serie de principios éticos, sino que debemos dar testimonio de que Dios ha entrado en nuestras vidas y ha comenzado una obra transformadora y liberadora. La iglesia debe ser la portadora de la Verdad y sin temor, anunciarla. Nuestra responsabilidad como cristianos cobra cada día mayor relevancia y el mundo se tornará mejor en la medida que hagamos prédica con nuestros actos. No podemos edulcorar el Evangelio con promesas de bienestar y prosperidad a quienes buscan solventar sus problemas sin renunciar al pecado. Debemos poner valladar a ciertos vientos pseudo-proféticos y recordar que Cristo es el único dueño de nuestras vidas y que su voluntad siempre es agradable y perfecta.
Uno de las experiencias de la labor evangelística es que inconscientemente (o por ignorancia), hemos intentado alguna vez de limitar el Evangelio a una serie de principios éticos sobre lo que se debe hacer y lo que no se debe hacer.
Es exactamente lo que hacían los judíos en tiempo de Jesús. Orientaban sus vidas y enseñaban a los creyentes sobre la base de mandamientos provenientes de la Ley según los cuales algunas cosas eran permitidas y otras no.
Gracias a Dios, el Espíritu nos ha enseñado que el Evangelio nada tiene que ver con eso. Cuando circunscribimos el Evangelio de Cristo a una serie de actuaciones personales hacia lo llamado “bueno”, se diluye nuestro mensaje y se deja de comunicar la esencia de la mejor noticia del mundo.
El Evangelio es dar fe de que Dios ha entrado en tu vida, que su Espíritu ha comenzado en ti la obra transformadora y liberadora de todas las ataduras que te mantenían esclavo del pecado, que el Señor se ha fijado en ti para que reflejes su luz en la oscuridad en la cual está sumido el mundo. El Evangelio no es para calmar la conciencia de nuestros malos actos, ni para buscar alivios a nuestro mal proceder, sino para dar testimonio de una nueva vida en el Espíritu y hacer lo bueno por el propio poder que lleva intrínseco.
No podemos darnos el lujo de ser ingenuos en la predicación y en la evangelización al conformarnos con el llamado “beneficio de la duda” ante el relativismo que impera en el mundo postmoderno donde cada cual esgrime sus verdades y admite, además, todas las verdades posibles venidas de la esquizofrenia del mundo en el que la gran mayoría le ha dado la espalda al Dios verdadero. La duda nunca es un beneficio para el que ha sido justificado por la fe en el Hijo de Dios, Jesucristo. Nuestro benefactor es Él. Nuestra victoria es su vida en nosotros. Cristo es una realidad tangible, tan real que, como dice la palabra, no tenemos excusas para no ver la obra de su misión redentora. Por eso es tan importante que la iglesia cumpla su misión, se exprese como una comunidad de amor en Cristo y se arme de un liderazgo comprometido para hacer su obra.
La iglesia del Cristo vivo debe erigirse como la única portadora de la Verdad y sin temor, anunciarla. La iglesia es el baluarte para que el mundo se acerque a Dios, no es su arquitectura, sino tú y yo y nuestro testimonio. El compromiso de compartir el amor de Cristo y lo que ha hecho en nuestras vidas, no debe sólo consigna para ganar prosélitos, sino los hechos, la actuación, el movernos desde lo espiritual para invadir los corazones con las armas de la esperanza que tenemos en Cristo y presentarlo tal y como es. Tendrán que pasar los días en que se continúe acusando a la iglesia de que la gente no ha dejado de creer en Dios, sino en el testimonio de la iglesia. Pero si hubiera algo de verdad en esto, debemos enfrentarlo y revertirlo.
Este tema se ha esgrimido como pretexto de los incrédulos y de los débiles en la fe para intentar – a veces con cierto éxito - de mostrar la ineficiencia del cuerpo de Cristo en su misión de alcanzar al mundo con el Evangelio salvador a través de un testimonio genuinamente cristiano. El Evangelio no se puede servir “a la carta”, ni moldearlo a las necesidades del creyente, sino proclamar a Cristo como solución a la grave situación del hombre degenerado por sus propias incontinencias.
Vivimos tiempos difíciles para dar testimonio de Cristo, pero no tenemos el derecho de edulcorar el Evangelio con promesas de bienestar y prosperidad a quienes desean acercarse sinceramente al hijo de Dios buscando solventar sus problemas, pero… sin renunciar al pecado. Nuestra responsabilidad como cristianos, en este sentido, cobra cada día mayor relevancia y el mundo se tornará mejor en la medida que hagamos prédica, más que con palabras, con nuestros actos. Te invito, querido(a) hermano(a), a estar atento a la voz de Dios y poner valladar a ciertos vientos pseudo-proféticos que anuncian vendavales por un lado y prosperidades para el cristiano por el otro y se olvidan de que Cristo es el único dueño de nuestra vidas y que su voluntad siempre es agradable y perfecta para toda su creación.
¡Dios te bendiga!