Orando por nuestros hijos

Faustino de Jesús Zamora Vargas

Autor

Faustino de Jesús Zamora Vargas

Resumen: La oración por los hijos es un deber de los padres, sin importar la condición espiritual de los hijos. Dios entregó a su Hijo por amor a la humanidad, lo que nos muestra la importancia de la oración por nuestros hijos. A través de la oración, hemos visto vidas jóvenes malogradas levantarse y ser restauradas. En muchas iglesias, se ha levantado un ministerio llamado "Padres y madres que oran por sus hijos", donde los testimonios hablan de sanidad, libertad, restauración y reencuentro con Dios. La oración por los hijos es incienso agradable para el Señor y los padres que oran con el corazón limpio son bienaventurados. Encomienda a tus hijos a Dios y Él hará lo que sea mejor para ellos.

¿Tienes hijos? Los hijos son bendición de Dios. Cuando estamos en Cristo entendemos aún más esta gran verdad. Los hijos son como una extensión de nuestro ser; les vemos crecer, andar, tropezar en la vida y sentimos duplicados nuestros sentimientos de amor, de pena, de compasión, de una solidaridad hacia ellos que supera todo temor.

Cuando les vemos felices, somos felices, si les vemos padecer, el mundo se nos viene encima.

Hay un proverbio árabe que dice: “Los hijos se parecen más a su generación que a sus padres.” Esta es una verdad a medias, pero definitivamente hay algo de cierto en ello y no podemos evitar del todo que nuestros hijos se adjudiquen, sin apenas esfuerzo de su parte y a pesar de nuestro consejo de que vivan en el temor de Dios, ese aire displicente, que los hace humanos – y cristianos - que viven su propio tiempo y que no pueden escapar de tendencias, modas y otras corrientes de su generación. Sobre todo cuando son adolescentes. Por esa y otras tantas razones, la oración por los hijos es un deber de todo padre.

¿Cómo entender el acto colosal de Dios de entregar a su único hijo para que la humanidad se pudiera reconciliar con Él? Es incomprensible. Jamás podremos entenderlo. Imaginémonos al Padre por un momento entregando a su Hijo a una muerte en la cruz, o a Abraham con el cuchillo alzado para descargarlo sobre el hijo amado, escuchemos nuevamente el clamor de Jesús en el huerto de Getsemaní a pocas horas de su muerte haciendo la oración por sus hijos, los discípulos de entonces y los discípulos de hoy (Juan 17). ¿Te imaginas poniendo a tu único hijo ante una prueba semejante sólo para hacer valer la voluntad de Dios? Pensarlo solamente nos conmueve y nos estruja el corazón.

Lo cierto es que no importa la condición espiritual de tu o tus hijos para orar por sus vidas, su salvación, su crecimiento espiritual. Si ya es cristiano, pues ¡qué bueno! Aun así siempre va a necesitar la oración de los padres. Imagino personalmente que a nuestro Padre celestial le debe agradar el escuchar complacido y con oídos atentos la oración que emana de los mejores sentimientos de los padres hacia sus hijos. Él no los entregó un día y tenemos la responsabilidad de acompañarlos por todos sus itinerarios aunque a veces duelan sus actitudes y rebeliones. Personalmente he sido testigo de vidas jóvenes que parecían malogradas y sin esperanzas para sus familias y la sociedad, y se han levantado por la oración fervorosa y permanente de un padre o una madre, o de los dos juntos, que han dejado en el suelo la piel de sus rodillas clamando a Dios por favores espirituales para con sus hijos.

Desde hace algunos años, en muchas iglesias de mi país se ha ido levantando un ministerio poderoso en el que nuestro Señor se regocija haciendo milagros y derramando su Espíritu de piedad donde quiera que ha sido escuchado el llamado a implementarlo. Se llama “Padres y madres que oran por sus hijos”. Es hermoso ver a hermanos y hermanas de todas las edades siendo ministrados por el Espíritu en pleno clamor por sus hijos. Allí los testimonios hablan de sanidad al herido, de libertad al cautivo, de restauración de matrimonios, de hijos pródigos arrepentidos, de reencuentros con Dios, de perdón y humillación, de clamor por los hijos que aún están perdidos, de trabajos concedidos, de alumbramientos milagrosos y sobre todo de gratitud al que obra todas las cosas. La oración por los hijos es incienso agradable para el Señor. El padre y la madre que oran con el corazón limpio delante de Dios son más que bienaventurados.

Ora por tus hijos, no importa su condición o su necesidad. Cristo también murió por ellos, los ama más de lo que nosotros podemos hacerlo. Encomiéndalos a Él y Él hará. Nuestros hijos se pueden parecer a su generación pero de nosotros depende en buena medida que se parezcan cada día más a Dios. ¡Dios te bendiga!