
Autor
Faustino de Jesús Zamora Vargas
Resumen: El pasaje en el Evangelio de Marcos nos muestra cómo los discípulos de Jesús no pudieron mantenerse despiertos mientras oraba en Getsemaní antes de ser entregado y crucificado. Jesús les reprende por su falta de atención y les recuerda la importancia de vigilar y orar para no caer en tentación. A menudo, también nos sucede que queremos orar, pero el sueño o el cansancio nos vence. Debemos recordar que la oración es un privilegio y una bendición, y debemos estar alertas en todo momento para acompañar a Jesús en su misión de interceder por nosotros. Si tuviéramos compañeros de oración, el mundo sería diferente. Por lo tanto, debemos orar sin dilación y vivir alerta y vigilante en el Reino.
¿Alguna vez has sido consciente de estar durmiendo (o en ese letargo en el que no sabemos si estamos dormidos o no) y has escuchado la voz de Dios que te llama para que ores? Quieres orar pero tus ojos de cierran y no puedes evitarlo. ¿Te has quedado dormido en medio de la oración?
Los invito, amados hermanos y hermanas a buscar en la Palabra el pasaje del Evangelio según Marcos, versos del 37-41. El Maestro ora en Getsemaní aquella oración angustiosa antes de ser entregado a las autoridades locales y ser finalmente crucificado. Los discípulos, muy cerca, dormían.
El Señor tras una hora de oración, fue a ver si sus discípulos les acompañaban en aquel trance tan amargo de orar sabiendo que uno de ellos había urdido un plan para entregarlo. La profecía estaba a punto de cumplirse. Él quería saber si sus discípulos lo estaban acompañando en oración, pero dormían. El Señor reprende a Pedro particularmente ¿No pudiste mantenerte despierto ni una hora? (37b). Jesús le dice a Pedro una gran verdad El espíritu está dispuesto, pero el cuerpo es débil (38b). La historia se iba a repetir dos veces más. El Señor se retira a orar, regresa hasta una tercera vez y los halla durmiendo y descansando. Su regaño no se hizo esperar. Él les había ordenado ¡Vigilen y oren para que no caigan en tentación! (38a).
¡Qué vergüenza! Cuando leemos el pasaje y somos conscientes de que en ocasiones no hemos sido obedientes a la voz de Dios, no hay otra salida que humillarnos y pedirle perdón. Él nos conoce, sabe que a veces tenemos la disposición de orar, pero el sueño nos vence, la negligencia nos cautiva en sus redes de necedad, el corazón quiere postrarse, pero el cansancio te derrota. -Oraré mañana, cuando estemos a la mesa y demos gracias por los alimentos-, un pretexto muy conveniente. Posponemos las bendiciones de orar, el privilegio de sumergirnos en el Espíritu de consolación y de la paz que prevalecen tras una oración sincera. Infelizmente, la oración de acción de gracias por la provisión diaria de los alimentos cuando estamos a la mesa, solos o con la familia, se ha convertido en la oración primordial de muchos cristianos. Aprovechamos ese momento hermoso de comunión familiar o individual y dando gracias por los alimentos, creemos que ya es suficiente como acto de adoración a quien nos guarda con celo de Padre amoroso cada minuto de nuestra existencia.
Jesucristo desea que le acompañemos en oración. Dice Lucas que Jesús estaba en agonía cuando estaba orando en Getsemaní, sudaba gotas de sangre (Lc 22:44), su humanidad se deshacía en aquella oración desesperada. Tal vez la oración de sus discípulos le habría consolado. La copa era amarga, pero la oración de sus amigos hubiera podido dulcificarla.
Todavía Cristo sufre por nuestras rebeliones, suda gotas de sangre por el dolor que ocasiona el ver a esta humanidad inmersa en el pecado, perdida en los delitos que traen la desobediencia y el relegarlo a Él, nosotros, sus hijos, a la distancia de una simple oración por los alimentos. Jesús desea que estemos despiertos, que estemos alertas en estos tiempos de inconsistencia en que tanto le necesitamos para caminar en fe confiados en su providencia y su compañía. Si el Señor te despierta para orar, refréscate el rostro, vence la prueba de la tentación de posponer la oración que Él espera de ti. Nuestra oración podría hacer este mundo mejor si acompañamos a Jesús en su eterna misión de interceder por nosotros y por toda la creación. Cristo necesito de compañeros de oración en su condición humana durante el episodio de Getsemaní. Como Dios no lo necesitaba, como hijo del hombre, sí. Lo demandó con amor. Tres veces se acercó al grupo y tres veces vio que sus amigos dormían abatidos por la incertidumbre y el cansancio.
Es una lección hermosa para nosotros. Todos hemos pasado por algún Getsemaní en nuestras vidas y hemos necesitado un compañero de oración, un amigo que interceda por mi angustia, por mi necesidad, por mi fe para no caer, por mi entereza para levantarme en el nombre precioso de Jesús. Doy gracias a Dios por los hermanos y hermanas que reciben estas humildes reflexiones y ellas les motivan a orar los unos por los otros, a interceder por la necesidad del que pide una palabra de consuelo y oración. Dios se glorifica en la oración sincera, en la intercesión que sale del corazón en favor de aquel que lo necesita. Si tuviéramos compañeros de oración, las cosas serían diferentes, el mundo sería diferente. Te invito a que medites en todo esto, y ores sin dilación. No esperes que el Señor te despierte. Vive alerta, vigilante en el Reino, orando sin cesar.
¡Dios te bendiga!