¿Qué tienes tú que no tengo yo?

Faustino de Jesús Zamora Vargas

Autor

Faustino de Jesús Zamora Vargas

Resumen: El autor reflexiona sobre la importancia de hablar del Evangelio a las personas y compartir el amor de Cristo con ellas. A veces, nos sentimos incapaces de hacerlo, pero es necesario llenarnos de valor y audacia para confrontar vidas con la Palabra de Dios. Si cada cristiano se hiciera el propósito de sembrar una simple semilla, el mundo sería diferente. Debemos amar al prójimo como a nosotros mismos y estar atentos a la voz de mando de nuestro Salvador. El Evangelio es amor por los que andan por el mundo sin caminos por donde caminar y nosotros somos testigos de Dios en un mundo hambriento de Él.

Hace algunos años un amigo, sorprendido por los evidentes cambios que Dios estaba generando en mi vida, me preguntó sin mucho rodeo: ¿Qué tiene tu religión que tú la haces tan especial, que te pasas el día hablando de Jesús hasta el aburrimiento? ¿Qué tienes tú que no tengo yo? La respuesta para mí fue sencilla.

¡Cristo!, le contesté y él me puso una cara como la del Joker del juego de barajas americanas. Traté de explicarle de la manera más sencilla posible las Buenas Nuevas, le hablé de amigos comunes que habían encontrado en Cristo la luz para sus vidas apagadas por el pecado.

Fue una mañana gloriosa para su vida, para la mía y para el corazón paciente de nuestro Señor. Jacinto comprendió el mensaje, su condición de pecador y se rindió a Cristo con su par de ojos hidratados por un mar de lágrimas que hablaban de un arrepentimiento tal que sus labios eran incapaces de expresar. Antes de aquel día tuve muchas oportunidades de hablarle de Cristo a mi amigo Jacinto, pero “a la hora nona”, me faltaba el valor. Como Cristo en definitiva es el autor de la obra y yo nunca tuve la iniciativa de romper el hielo y predicarle, Él movió el corazón de mi amigo a hacerme la pregunta que a la postre resultó ser el detonador que llevó a Jacinto a sus pies. ¿Qué tienes tú que no tengo yo?

El milagro de la conversión es un evento maravilloso. Sólo el Espíritu puede hacerlo, pero es necesario llenarnos de valor y hablar de Cristo a las personas “hasta el aburrimiento”, como me decía Jacinto. La mayoría de las veces nos sentimos incapaces de acercarnos a las personas que amamos y compartirles el Evangelio. Otras veces caemos inocentemente en la presunción de que nuestro testimonio es suficiente para impactar a los amigos inconversos. Dios nos ha dado todas las herramientas para anunciar su Palabra, sobre todo el Espíritu, quien nos da poder, valor y un tipo de pasión que no podemos expresar.

Nos centramos en la oración, pero nos falta la audacia y la osadía para confrontar una vida con la Palabra de Dios poniendo la parte que nos toca como discípulos de Cristo. Tenemos que intentarlo una y otra vez a cualquier precio sin importar los resultados inmediatos. Sembrar la semilla del Evangelio puede ser doloroso, pero el gozo de los cielos quebranta nuestra alma de emociones indescriptibles cuando vemos a un pecador arrepentido permitiendo que Cristo entre en su vida. Sí, el crecimiento lo da Dios, pero no va a pasar nada si no emprendemos la bendita tarea de sembrar su Palabra. Perdemos diariamente decenas de posibilidades de propiciar que Dios realice los milagros de ablandar corazones endurecidos de esa enorme multitud de personas que esperan que nos acerquemos a ellas con una palabra de esperanza y de amor. Hay una crisis de amor en nuestros días. Es duro decirlo, pero nuestra inobediencia al predicar la Palabra, denota en cierta manera, que necesitamos llenarnos de amor por los perdidos.

Cuando los fariseos le preguntaron a Jesús cuál era el mandamiento más importante, Él no vaciló en darles la respuesta irrebatible conforme a su condición divina: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo” (Lucas 10:27). Este no solamente es el primer mandamiento (instrucción, disposición), sino el resorte que toca las más sensibles fibras de nuestro corazón y nos mueve a predicar el Evangelio de Jesucristo. Si cada uno de los millones de cristianos en el mundo nos hiciéramos el propósito de sembrar una simple semilla y promover las Buenas Nuevas como misión de vida, el mundo fuera diferente. Depende de nosotros en muy buena medida.

Hay muchos a nuestro alrededor que se parecen a Jacinto y hasta se hacen la misma pregunta o andan buscando a cristianos a quien hacérsela. Pero a veces viramos el rostro o simplemente nos refugiamos en el bunker de la religiosidad para no ver al prójimo que debemos amar como a nosotros mismos. Peor aún, los mantenemos a la distancia de una indiferencia carnal disfrazada de un colosal conformismo que nos convierte en peores pecadores. El Evangelio es amor por los que andan por el mundo sin caminos por donde caminar y tú y yo debemos estar atentos a la voz de mando de nuestro Salvador. Para eso somos sus testigos en un mundo hambriento del Dios verdadero.

¡Dios te bendiga!