Las noches de nuestra vida

Milagros García Klibansky

Autor

Milagros García Klibansky

Resumen: Escuchamos a Dios mejor en la noche porque sentimos que necesitamos su voz en momentos de incertidumbre. Pero en realidad, debemos estar atentos a su voz siempre, incluso en los momentos de luz y claridad. Las noches de nuestra vida pueden ser aterradoras, pero si permanecemos en comunión con Dios y nos cubrimos con su armadura, estaremos preparados para enfrentar cualquier situación. La estrella que brilló en la primera Navidad sigue alumbrando y guiándonos hacia el regalo supremo de Dios.

Hoy estaba escuchando una canción y una estrofa decía: "Aquí estoy Señor, heme aquí, Señor, Te he escuchado en la noche hablar…" Y mi espíritu se conmovió y me surgió la interrogante: ¿Por qué, Señor, casi siempre te escuchamos hablar en las noches? ¿Es que de día nuestro corazón está tan lleno de bullicio que no nos deja oír tu dulce voz?

Es en las noches cuando mejor escuchamos la voz de Dios, sencillamente, porque creemos que en las noches es cuando de verdad necesitamos escucharla. Tal como decía el salmista: “Cuando me acuerde de ti en mi lecho, Cuando medite en ti en las vigilias de la noche.” Sal 63.6

¡Ah! Las noches de nuestra vida… Esas en las que perdemos las esperanzas y parece que todo se derrumba a nuestro alrededor. Esas que llenan nuestro corazón de terror por la incertidumbre que imprimen a nuestra alma que ha dejado de escuchar la voz de Dios aunque Él nunca nos ha dejado de hablar. “Se pasmó mi corazón, el horror me ha intimidado; la noche de mi deseo se me volvió en espanto.” Isa 21.4

Es entonces que nos damos cuenta de cuán inmersos estábamos en las banalidades de la vida terrenal y como hemos ido olvidando que un día, en un lugar tan distante, Dios nos regaló una luz que nos iluminaría de forma permanente para que nunca tuviéramos noches oscuras y penosas, sino días de radiante sol, para que nunca perdiéramos de vista el camino. Nuestra Estrella, nuestra Agua, nuestro Pan, nuestra Vida Abundante, roca fuerte a la cual asirnos en medio de la tempestad.

Pero nos dejamos cubrir por la noche, porque así somos, necios, negligentes para cuidar lo que Dios puso en nuestras manos… en nuestro corazón. Nuestras noches que no tienen un por qué, pues si aguzamos bien nuestros sentidos, nos daremos cuenta de que Él nunca se ha ido, si no lo escuchamos es porque no prestamos atención, si no lo vemos es porque no nos fijamos, si no lo encontramos es porque no lo buscamos.

Pero en la noche de nuestra vida sí clamamos a Él y su fidelidad es tan grande que de nuevo vuelve a nacer en el pesebre de nuestro corazón. No importa cuantas veces en los amaneceres nos volteemos en busca de “intereses personales”, cuando deberíamos “Anunciar por la mañana tu misericordia, Y tu fidelidad cada noche” Sal 92.2. Pero, Él nos conoce y aun así nos ama.

Y las noches siempre volverán, con los años y si sabemos aprovechar nuestro tiempo en esta tierra, se irán espaciando, sobre todo porque estaremos mejor preparados si permanecemos en Él y mantenemos la comunión aunque el día sea claro y radiante. Pero, debemos estar preparados, cubiertos con la armadura de Dios, para que la noche no nos tome desapercibidos y bastante aceite en nuestras lámparas para no desorientarnos (Cant 3.8)

Aún en la noche, la estrella que brilló aquella primera Navidad, sigue brillando, solo tenemos que ser buenos observadores y la veremos en todo su esplendor, alumbrando, como una vez lo hizo para llevarnos al pesebre a recibir el regalo supremo de Dios.

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