
Autor
Dr. Roberto Miranda
Resumen: El Padrenuestro termina con la declaración de que el reino, el poder y la gloria pertenecen a Dios por todos los siglos. Esto significa que el señorío de Dios es eterno e irrevocable, y que un día todos los creyentes morarán en esa dimensión eterna y perfecta. A la luz de la resurrección venidera, debemos estar firmes y constantes en nuestra fe y seguir creciendo en la obra del Señor. La controversia milenial entre el bien y el mal terminará y la voluntad de Dios se cumplirá en la tierra como en el cielo. Jesús está destinado a reinar por toda la eternidad, y todos los que nos afiliamos a él en esta vida seremos llamados a reinar juntamente con él y a participar de su gloria. Podemos soportar todas las aflicciones de este mundo sabiendo que somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó y se dio por nosotros.
Cuando el Señor Jesucristo declara que 'el reino, el poder y la gloria' pertenecen a Dios 'por todos los siglos', está diciendo, 'para siempre'. La palabra en el griego original que se traduce al español 'por todos los siglos' es aion, la cual quiere decir 'época, edades, tiempos, siglo, eternidad'. Se trata de una referencia a lo que no tiene fin, a una medida de tiempo interminable, inconcebiblemente larga.
Jesús está declarando que el señorío de Dios es eterno, por los siglos de los siglos. El Padrenuestro termina invitándonos a poner nuestros ojos sobre la eternidad. Cuando este mundo, con todos sus afanes y peligros, haya terminado, todavía nos queda la eternidad para vivir, a aquellos que hemos vivido y muerto en Cristo Jesús.
El reino de Dios es eterno e irrevocable, y a esa dimensión eterna y perfecta seremos cada uno de nosotros un día llamados a morar. Esa es la gran esperanza de todo creyente. Esa certeza de una vida venidera nos mantiene motivados y llenos de gozo a pesar de todos los sinsabores de este mundo caído. A la luz de la resurrección venidera, Pablo nos aconseja en 1 Corintios 15:58, “Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano”.
El dominio y señorío de Dios nunca le podrán ser arrebatados. Por tanto, sabemos que nuestra recompensa, nuestro descanso eterno, nos están asegurados. Un día, la controversia milenial entre el bien y el mal terminará definitivamente. Dios le arrancará su dominio falso e ilegítimo a Satanás y lo echará en el lago de fuego y azufre “por los siglos de los siglos”, como promete Apocalipsis 20:10. Entonces la voluntad de Dios se cumplirá en la tierra de la misma manera en que se cumple en el cielo, como pide el Padrenuestro.
A Dios le pertenecen el reino, el poder y la gloria. Y no sólo le pertenecen, sino que le pertenecen por toda la eternidad. El ángel le prometió a María que el Hijo que habría de nacer de sus entrañas reinaría sobre la casa de Jacob para siempre, y que su reino no tendría fin (Lucas 1:33).
Ese mismo Jesús que declara en el Padrenuestro que el reino de Dios es “por todos los siglos” está él mismo destinado a reinar “por todos los siglos” también. Y todos los que nos afiliamos a él en esta vida seremos también llamados a reinar juntamente con él, y a participar de su gloria. Esa es la maravillosa imagen que nos presenta el glorioso himno que cantan los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos en Apocalipsis 5:10: “Y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra”.
El apóstol Pablo nos invita en 1 Tesalonicenses 5:18 a alentarnos los unos a los otros con esa gloriosa imagen de un pueblo redimido reinando con su Cristo por toda la eternidad.
Porque el reino, el poder y la gloria pertenecen a nuestro Dios, podemos soportar todas las aflicciones de este mundo, sabiendo que en última instancia somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó y se dio por nosotros.