De tal manera ama Dios al mundo

Faustino de Jesús Zamora Vargas

Autor

Faustino de Jesús Zamora Vargas

Resumen: La Navidad es la expresión más extraordinaria del amor de Dios. Él amó tanto al mundo caído por el pecado que envió a su Hijo Jesús para reconciliarnos con Él. La Navidad es adoración y una oportunidad para acercarnos a Dios. Cristo está entre nosotros para transformarnos y darnos un corazón nuevo y su Espíritu. Celebrar la Navidad cristianamente es corresponder a la cercanía de Dios y dejar que su Palabra nos transforme. Debemos orar por los perdidos y acercarnos a los necesitados, ya que Dios ha prometido estar siempre entre nosotros.

¡De tal manera amó Dios al mundo...! Jamás podremos comprender a plenitud estas sencillas palabras del apóstol. Dios amó al mundo caído por el pecado, al mundo creado por su voz y sus manos. Le amó tanto, sintió tanta compasión y misericordia, que concibió el milagro de la encarnación para comenzar el tiempo de la reconciliación de todos los hombres con Él. Dios con nosotros es más que el cumplimiento de una profecía, es la expresión más extraordinaria del amor de Dios. ¿Se cumplió por estos tiempos 2 000 años atrás? La fecha no es lo que importa, sino el hecho mismo de un nacimiento concebido en el cielo por la mente infinita y perfecta de Dios y el alumbramiento de un niño en condición humilde, cuyo corazón sería entregado a la muerte para que todos nosotros volviéramos a reconciliarnos con nuestro creador.

El amor de Dios rompió todos los moldes al nacer Jesucristo. Con el niño Jesús volvió a nacer la humanidad. ¡Dios vive entre nosotros! ¿Tienes ojos para verlo? Nuestros esfuerzos eran tan infructuosos para acercarnos a él, nuestro pecado nos alejaba tanto de su presencia, que Él toma la iniciativa y elige por amor acercarse a nosotros.

Esta Navidad, como todas, es otra buena oportunidad que Dios te brinda para acercarte a Él. Él está llamándote, justo a tu lado, tocando la puerta de tu alma para conquistarte. “…si alguno oye mi voz y abre la puerta, yo entraré…” (Apoc. 3:20). Dios es bueno. No merecemos tanta conmiseración, sin embargo, Él continúa visitándonos día tras día. ¿Acaso un Padre no se contenta al estar cercano a sus hijos? ¡Qué bueno es ser consciente de las múltiples maneras en que el Padre se ha acercado a nosotros! Cuando Cristo llega a ti y te conquista y te hace rendir de las muchas rebeliones que hiciste contra Él, de las veces que lo negaste por las conveniencias personales o por la autosuficiencia, toda tu mente y corazón se postra en adoración. Navidad es adoración.

Cristo está entre nosotros para transformarnos a partir del nuevo nacimiento espiritual que tú y yo hemos experimentado. También, como Jesús, hemos sido engendrados en el Espíritu y nacidos por el milagro de la conversión. Sólo cuando hemos nacido del Espíritu, nuestro corazón deja de ser de piedra. No hay otra forma de entender la Navidad, esta realidad de que Dios está entre nosotros y quiere conquistar el corazón de cada criatura hecha de sus manos y de su mente y poner su Espíritu de vida en Cristo Jesús en cada corazón de esta caída humanidad. Dios lo prometió a través del profeta Exequiel cientos de años antes de nacer el Mesías. “Os daré corazón nuevo y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi espíritu y haré que andéis en mis estatutos y guardéis mis preceptos y los pongáis por obra” (Exequiel 36:26-27).

Hoy podemos disfrutar de una plena relación con Dios gracias al niño de Belén. Podemos vivir en su presencia si hemos entendido quiénes somos en Cristo, abrazando así nuestra privilegiada identidad. Él no nació para darnos solo el calificativo de “cristianos”, sino para vivir en nosotros, y transformarnos a la estatura de Su plenitud. Celebrar la Navidad cristianamente es un intento de corresponder a la cercanía que Dios ha propiciado con su nacimiento, su vida, muerte y resurrección. Pero debemos dejarnos transformar, dejar nacer al niño de Belén en nosotros, hacerlo crecer y permitir que su Palabra penetre hasta lo más recóndito y nos revele aquellos rincones del alma que todavía tienen corazón de piedra. La Navidad puede ser inspiración para que comencemos a cambiar. Ya sabemos que solos no podemos, porque separados de Él, jamás podremos lograrlo.

¿Que la Navidad es también tradición y los impíos la aprovechan para el desenfreno de sus pasiones? Pues bien, ese es un asunto que le concierne a Dios. A nosotros nos toca orar por los perdidos y testificar de nuestra salvación que nos llegó desde que nació nuestro hermano Jesús. La Navidad también nos debe acercar a los perdidos, a los desamparados, a los mendigos de la miseria, a las madres que lloran a sus hijos y a los hijos que lloran a sus padres. También por eso y para eso, Dios ha prometido estar siempre entre nosotros. ¡Dios te bendiga!