Porque tuyo es el reino y el poder y la gloria

Dr. Roberto Miranda

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Dr. Roberto Miranda

Resumen: El Padrenuestro está basado en la idea de que solo Dios tiene el poder para conceder todo lo que necesitamos, y que Él es la única esperanza para la humanidad. La última palabra la tiene Dios, no la muerte, la violencia o el poder opresivo de los hombres injustos. La afirmación triunfante al final del Padrenuestro es la joya principal de la corona, ya que declara que Dios tiene el poder y la autoridad para cumplir todo lo que pedimos. Jesús vino al mundo para desmontar el aparato del mal y derrotar el reino ilegítimo de las tinieblas. Al declarar que de Dios es el reino, el poder y la gloria, estamos lanzando un proyectil de guerra contra las huestes del infierno y de la muerte, y afirmamos que hay un poder benévolo que rige el universo y nos protege.

Todo lo que pide el Padrenuestro está cimentado sobre un principio fundamental: Sólo Dios tiene el poder para conceder todas las cosas que el ser humano necesita para su bienestar. En Dios reside todo el bien del mundo. Él es la única esperanza para la humanidad. En última instancia, el poder no reside en Satanás y sus demonios que sólo saben matar, robar y destruir.

La última palabra en el mundo no la tiene la muerte, o la violencia, o el poder explotador y opresivo de los hombres injustos. La Corte Suprema del universo, el lugar de apelación final, se encuentra en el trono de Dios, asiento de todo poder y autoridad. Una palabra de parte del Señor de señores, y todos los demonios del infierno tienen que huir derrotados, impedidos de urdir su red maligna de hambre, pecado, odio, rencor y maldad—todo aquello de lo cual el Padrenuestro pide que seamos librados.

Si el reino, el poder y la gloria no residieran en última instancia en la mano de Dios, entonces no habría esperanza para el ser humano. Esa afirmación triunfante de Jesús al final de su oración es la joya principal de la corona. Es la firma de Dios sobre ese hermoso documento, que declara: “Yo tengo el poder y la autoridad para cumplir y conceder todo lo que ustedes me piden. En mí, no en el mal, reposan las llaves del universo; y todo el que se acerque a mí para refugiarse debajo de mis alas encontrará refugio, protección y provisión”.

¡Gloria al Padre, que por medio de la muerte de su Hijo en la cruz destruyó el imperio del mal y le arrancó las llaves del infierno a Satanás! El apóstol Juan declara: “Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo” (1 Juan 3:8).

Cristo vino al mundo para desmontar el aparato descomunal del mal en el mundo, para derrotar el reino ilegítimo de las tinieblas, y poner a huir las huestes de Satanás. Después de la cruz, la creación puede volver a respirar. La esperanza es una vez más posible en el mundo. Ya el mal ha perdido su poder rotundo, y ahora el hombre tiene un camino para llegar hasta la Corte Suprema celestial y presentar su causa. Por medio de Cristo Jesús el poder ilegítimo sobre el mundo ha sido arrancado de las manos del diablo y devuelto a Dios, a quien legítimamente pertenece.

Declarar que de Dios es el reino, el poder y la gloria no es una afirmación neutral en este caso. Es un proyectil de guerra que se lanza contra las huestes mismas del infierno y de la muerte. Equivale a decir: “El mundo no es un hoyo negro que se traga a sus criaturas irrevocablemente y convierte la vida en un ejercicio fútil. Hay un poder benévolo que rige el universo, más poderoso que cualquier demonio del infierno, y todo aquel que se acoge al señorío de Jesucristo está a salvo de la tragedia de la Caída”.

Bueno es saber que servimos a un Soberano Todopoderoso. Bueno es afirmar una y otra vez: “¡Tuyo es el reino, y el poder, y la gloria!”