Solo una vitalidad espiritual anclada en Jesucristo puede redundar en un ministerio efectivo y duradero

Dr. Roberto Miranda

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Dr. Roberto Miranda

Resumen: Para ser un ministro efectivo, se necesita una espiritualidad vital y robusta. Necesitamos una abundancia de energía espiritual para enfrentar los desafíos del ministerio y compartir con aquellos a quienes servimos. Esta energía surge de nuestra cercanía e intimidad con el Espíritu Santo, arraigados en Cristo y vinculados en la palabra. La espiritualidad vital nos permite impactar, inspirar, contagiar y bendecir a otros. Si no se trata de la vida de Jesús manifestándose en nosotros, surgirá la sequía y la esterilidad espirituales. Es importante buscar siempre un nivel alto de vitalidad espiritual y beber de las aguas del Espíritu cuando nos sintamos secos o cansados.

Para desempeñar un ministerio de excelencia y efectividad se requiere vitalidad espiritual. El ministro, la sierva de Dios sirve en base de la abundancia de energía espiritual y de la presencia del Espíritu Santo en él o en ella. Nosotros servimos inclusive del exceso, yo creo, de energía espiritual en nosotros. Para confrontar exitosamente los retos del ministerio, necesitaremos una espiritualidad robusta y sobreabundante.

Hay una energía que necesitamos para nuestro propio consumo, para simplemente procesar los eventos, retos y necesidades de la vida cotidiana. Como las vírgenes prudentes, necesitamos aceite para nuestra propia lámpara, pero lo requerimos también para compartir con aquellos a los cuales servimos.

De ese exceso que Dios nos da por medio de la cercanía e intimidad con el Espíritu, de ese “permaneced en mí y yo en vosotros” del cual habla Jesucristo, surge entonces un exceso de unción y vitalidad que nosotros compartimos con los demás, y con el cual contagiamos a los que servimos.

Siempre he pensado que el ministerio se da más por contagio e impartición de vida que por explicación o enseñanza intelectual, académica. Así que se requiere una espiritualidad vital, un estar anclado en Jesús, arraigados en Cristo, vinculados en la palabra, una vida devocional continua, disciplinada, que redunde entonces en una efervescencia, una vitalidad del espíritu que nos permita tocar a otros, impactar a otros, inspirar a otros, contagiar a otros, bendecir a otros. Esa espiritualidad vital es imprescindible.

Uno puede ministrar por mucho tiempo basado exclusivamente en conocimientos o destrezas humanas, pero tarde o temprano, como no se trata de la vida de Jesús manifestándose en y a través de nosotros, surgirá la sequía y la esterilidad espirituales, y generalmente habrá pérdida y destrucción también.

Así que es muy importante que el siervo de Dios, la sierva de Dios, busque siempre un nivel muy alto de vitalidad espiritual. Y cuando nos sentimos secos o cansados o quemados, es tiempo de volver otra vez a beber de las aguas del Espíritu.