Jesús es nuestra gloria

Faustino de Jesús Zamora Vargas

Autor

Faustino de Jesús Zamora Vargas

Resumen: Glorificar a Dios es nuestro propósito de vida y debemos buscar expresarlo en nuestro estilo de vida. Debemos enfocarnos en hacer atractivo el mensaje de las Buenas Nuevas para el mundo a través de nuestro testimonio. Los pastores de Belén fueron los primeros evangelistas que glorificaron y alabaron a Dios al difundir la buena nueva del nacimiento de Jesús. Como cristianos somos depositarios de la gloria de Dios y vemos su gloria cuando nos consagramos a trabajar con Él para transformar vidas en Cristo. En esta Navidad, seamos evangelistas como los pastores de Belén y demos gloria a Dios.

Glorificar a Dios es nuestro propósito de vida y debiera ser el más celoso anhelo del corazón del cristiano comprometido que desea agradarle. Expresar con los labios ¡Gloria a Dios!, no necesariamente glorifica al Señor.

Si Dios es Dios y su esencia es la plenitud de todas las cosas, ¿para qué necesita que le demos gloria? ¿Cómo sus hijos, desde nuestra perspectiva de la santidad soñada, pueden añadir gloria al Señor de la Gloria? Sí, todo lo que respira – incluidos nosotros- debemos darle gloria a Dios. La Palabra está llena de propuestas y enseñanzas para el hombre ordinario sobre las múltiples maneras de darle gloria a Dios y a su Hijo Jesucristo, de contentar el Espíritu que mora en ti y en mí para que Dios sea glorificado en todo.

Glorificar a Dios significa enfocarnos en un estilo de vida que fluya de nuestro interior como expresión de la vida de Cristo reflejada en nuestro actuar. Es hacer atractivo el mensaje de las Buenas Nuevas para el mundo a través de nuestro testimonio. Cuando permanecemos en Cristo y descansamos en Él, nos puede acontecer lo mismo que le sucedió a aquellos pastores de la primera Navidad, quienes fueron visitados por los ángeles de Dios y recibieron de primera mano la noticia del nacimiento de nuestro Salvador y escucharon decir “¡Gloria a Dios en las alturas; y en la tierra paz,, buena voluntad para con los hombres”. La buena voluntad de Dios fue revelada desde lo alto al enviar a Jesús para salvación y redención de la humanidad y vivamos en paz. Por eso Cristo es nuestra gloria. Los pastores, símbolos de la humildad y pobreza de este mundo, dieron a conocer en todas partes la noticia del nacimiento del Salvador. Hasta hoy y hasta que Cristo venga, esta seguirá siendo la mejor noticia de la historia, la más gloriosa.

Los pastores de Belén fueron los primeros evangelistas que glorificaron y alabaron a Dios al difundir la buena nueva de aquel que había nacido como cumplimiento de la promesa. Dejaron sus rebaños – lo más preciado para ellos- y corrieron, “salieron aprisa” a decirle al mundo lo que había ocurrido. Abandonaron su riqueza, su sustento, su vocación de pastoreo humilde y “corrieron”. “¿No ha elegido Dios a los pobres de este mundo, para que sean ricos en fe y herederos del reino que ha prometido?” (Santiago 2:5).

Los ángeles anunciaron el nacimiento de Cristo a unos simples y pobres pastores que vieron la gloria de Dios. Él, quien es omnisciente y conoce el corazón humano, vio en la humildad y simpleza de aquellos pastores un depósito de buena fe. ¿Qué hubiera ocurrido si Dios se hubiera manifestado a los religiosos en eminencia de aquella época? ¿Hubieran dejado sus fortunas y corrido a dar las buenas nuevas de un Salvador?

Como cristianos somos depositarios de la gloria de Dios. Vemos su gloria en el alma transformada de aquel que arrepentido de sus pecados vuelve su rostro a Dios, vemos su gloria en el cuerpo de Cristo que se consagra en trabajar con Dios para transformar vidas en Cristo, vemos su gloria cuando desechamos la maldad y nos ofrecemos para hacer el bien movidos por nuestra fe salvadora. En esta Navidad, seamos evangelistas como los pastores de Belén. Démosle gloria a Dios como los ángeles heraldos de las Buenas Nuevas. Mientras el mundo se derrumba, tenemos el privilegio de seguir edificando con las manos del Rey de la Gloria, un mejor lugar para reposar y honrar a quien vive para siempre.

¡Dios te bendiga!