
Autor
Milagros García Klibansky
Resumen: Nuestro testimonio es fundamental para guiar a las personas hacia Dios. Como cristianos, somos patrones de referencia y muchos nos miran para ver cómo fallamos. Es importante compararnos con la perfección de Cristo para saber nuestro estado espiritual y no juzgar a los demás. Debemos juzgar nuestros propios actos diarios para crecer y ser un buen testimonio. Debemos transformar al mundo en buscadores de tesoros y guiarlos hacia la Cruz.
Me gusta tocar el tema de nuestro testimonio pues es fundamental para guiar a las personas hacia nuestro Redentor. Podemos tener a Dios en el centro de nuestra vida, pero si otros no se dan cuenta de esto es porque estamos perdiendo la comunión y estamos haciendo inútil al Santo Espíritu que vive en nosotros.
Cuando decimos que somos cristianos estamos provocando que miles de ojos se posen en nosotros y nos escudriñen para ver cómo y en qué condiciones fallamos, con el fin de señalarnos y justificar su resistencia a ponerse debajo de la luz de Cristo. Somos, al fin y al cabo, “Patrones de referencia”
Es algo curioso que cuando nos miramos en un espejo en un lugar poco iluminado, no vemos con claridad las arrugas que tenemos en nuestro rostro, sin embargo, cuando nos tiramos una foto, con una cámara que tenga un buen flash, esta nos revela todos los defectos.
Esto es lo que pasa cuando nos ilumina Cristo. Por mucho tiempo evadimos el ser iluminado por Él para que nuestros defectos no se noten. Preferimos compararnos todo el tiempo con las personas que nos rodean sin darnos cuenta que si salimos airosos, es tan solo porque tienen tantos defectos como nosotros, claro, siempre vamos a comparar aquellos en los que llevamos ventajas. Pero, si deseamos saber realmente nuestro estado espiritual, debemos ser más osados, ¿Por qué no compararnos con la perfección, con aquel que logró la perfección en la carne? No, eso no nos conviene.
No nos conviene que el límpido espejo del Santo nos revele nuestras miserias, ¡no!, porque entonces tendríamos que mirar con piedad al hermano que cometió un error, diferente al nuestro, pero no podríamos enorgullecernos de que ese no es nuestro pecado, no podríamos juzgar y criticar y ¿Cómo vamos a vivir después de saber que no somos mejores que los otros?
Miserable vanidad, ¿Quién nos hizo creer que éramos algo? ¿Quién nos hizo creer que éramos perfectos? ¿Quién nos dio autoridad para erigirnos en jueces?
En vez de esto, juzguemos nuestros actos diarios y ¡Como íbamos a tener ocupación! Cuán beneficioso sería que lo hiciéramos para poder crecer como personas y que nuestro testimonio sea tal que provoquemos a todos a buscar el tesoro que es nuestro Dios.
Eso es, transformemos al mundo en buscadores de tesoros; repartamos los mapas que guían por el camino y veremos, sin sorpresa, a todos cavando al pie de la Cruz.