La intercesión es como la llave de contacto que hace funcionar el poder y el amor de Dios en nuestras vidas. Orar a la manera de Dios es ser leal y fiel a Él y a Su palabra.
Unción para Interceder La intercesión es como la llave de contacto que hace funcionar el poder y el amor de Dios en nuestras vidas. Orar a la manera de Dios es ser leal y fiel a Él y a Su palabra.
El Salmo 85 es una oración de intercesión por avivamiento. La oración por avivamiento debe ser de acuerdo con la voluntad y la palabra de Dios.
Mis queridos hermanos y hermanas, nuestra fe exige más que una simple oración; nos llama a una intercesión poderosa y doble por los más pequeños entre nosotros. Debemos valientemente alzar nuestras voces para romper el silencio de la opresión y usar nuestras manos para desmantelar activamente los muros de exclusión.
En este artículo se habla sobre cómo interceder por el avivamiento, y se enfatiza en la importancia de orar de acuerdo a la voluntad de Dios y no al azar. Se menciona que el avivamiento debe involucrar las tres áreas: el espíritu, el alma y el cuerpo, y que necesitamos pedirle a Dios que renueve estas áreas en nosotros y en la cultura.
Nuestra senda de comunión con lo Divino nos convoca a una poderosa paradoja en la oración: una integración dinámica de intenso desahogo emocional y una vigilancia firme y disciplinada. Se nos manda derramar nuestros corazones ante Dios, nuestro refugio supremo, con honestidad radical y vulnerabilidad completa.
La oración nunca fue diseñada para ser habitual, estructurada y limitada. Es un medio para abrir activamente nuestro espíritu y compartir la mente de Cristo.
Michael Varnet, un artista y educador de arte, habla en una iglesia sobre la importancia de la unción creativa del Señor. Él comparte cómo después de recibir el Espíritu Santo, pudo entender las Escrituras y superar su dislexia.
La oración bíblica opera dentro de la profunda tensión entre la vulnerabilidad humana y la omnipotencia divina. Su eficacia depende de una postura espiritual de profunda humildad y absoluta dependencia de Dios, donde la genuina indigencia espiritual se convierte en el prerrequisito indispensable para cultivar la verdadera justicia.