¡Ámense unos a Otros!

Samuel Acevedo

Autor

Samuel Acevedo

Resumen: Jesús nos manda que nos amemos unos a otros como él nos ha amado, porque este amor identifica a sus discípulos y destruye la obra del diablo en personas, familias y vecindarios marcados por la violencia, la esclavitud, la vergüenza y la muerte. El amor de Dios no es un sentimiento distante, sino una presencia activa y poderosa. Jesús lo demuestra de tres maneras: entra en nuestro mundo y comparte la vulnerabilidad y el dolor humanos; nos lava los pies, sirviéndonos y limpiando los lugares ocultos y vergonzosos que obstaculizan nuestra libertad y nuestro llamado; y muere en nuestro lugar, abriendo el camino hacia la vida eterna con el Padre. No podemos escandalizar a Dios con nuestros fracasos, por lo que debemos entregarle nuestras cargas más oscuras y permitir que nos sane. Habiendo recibido su misericordia y su gracia, estamos llamados a encarnar ese mismo amor cercano, humilde y sacrificial hacia los demás y hacia nuestra comunidad. No tenemos por qué vivir con miedo: mediante la presencia de Cristo, su purificación, su muerte y la promesa del cielo, Dios nos da vida y nos libera para que lleguemos a ser quienes él nos creó para ser.

No se lo digo solamente a este grupo. Creo que en realidad se lo estoy diciendo a las potestades del infierno. Todavía no hemos terminado. Tenemos mucho trabajo por hacer. Hicimos muchos amigos. Nunca volveremos a ver Grant Manor ni Mandela Houses de la misma manera. Es imposible que salgamos de esta iglesia, vayamos a almorzar a Washington Street, regresemos y veamos ese vecindario —y quizá esté hablando por mí mismo— de la misma manera. Creo que hay algo que Dios quiere hacer en esta zona y me gustaría que compartiéramos un poco acerca de eso.

Podemos ir a Juan, capítulo 13. El Evangelio de Juan, capítulo 13, versículos 33 al 35. Mientras lo buscan, hay un par de datos demográficos acerca del lugar donde está ubicada geográficamente esta iglesia. ¿Qué sucede? ¿Qué tiene de especial León de Judá? Quiero decir, todas las iglesias son especiales. Creo que Dios planta iglesias en lugares específicos para realizar una labor específica, y aquí hay algo sumamente especial. Creo que una de las cosas más especiales acerca de esta iglesia es, literalmente, su ubicación física. Esta iglesia está literalmente sobre la línea, la línea geográfica que históricamente separa el South End de Roxbury.

Roxbury tiene una historia muy, muy rica que se remonta hasta el siglo XVII, en la cual no puedo entrar ahora, pero durante siglos ha habido guerra espiritual por esta región. Un pastor que compartió aquí dijo que las primeras clases de Harvard College estuvieron ubicadas en otro tiempo no en Cambridge, al otro lado del río, sino aquí. Comenzó aquí. Y mientras recorríamos Mandela Houses, hablábamos con la gente de allí, orábamos por las personas en Parmely Courts y veíamos, Señor, que tenemos mucho trabajo por delante, y escuchábamos al Señor. Antes de salir dijimos: «Dios, queremos probar tu desesperación y queremos saber qué piensas, qué sientes acerca de este lugar que creaste y al cual nos enviaste».

Aquí hay un poco más acerca del lugar donde está esta iglesia. El Departamento de Policía de Boston divide la ciudad de Boston en distritos policiales. La congregación León de Judá está situada en el distrito B2 del Departamento de Policía de Boston, y el distrito B2 encabeza por un amplio margen la cantidad de tiroteos en la ciudad de Boston. Hasta noviembre de 2005, el distrito B2 había tenido 82 tiroteos. Ahora bien, son 22 más que en cualquier otro distrito policial de la ciudad de Boston, una diferencia de casi el 25 %. Un 25 % más que casi cualquier otro distrito policial: nuestro patio trasero, nuestro patio trasero, nuestro patio trasero encabeza la ciudad en muertes violentas. Eso significa que nuestro patio trasero encabeza la ciudad en funerales. Nuestro patio trasero encabeza la ciudad en viajes de emergencia al Boston Medical Center. Nuestro patio trasero encabeza la ciudad en la esclavitud que conduce a esas cosas.

¿Qué tiene Dios que decir al respecto? Cuando Dios ve eso, ¿qué piensa? ¿Cómo responde Dios a Roxbury? Cuando le contamos eso a Dios, ¿cuál es su respuesta? Creo que Juan, capítulo 13, versículos 33 al 35, es la respuesta de Dios.

Dice: «…Hijitos míos, estaré con ustedes solo un poco más»; se lo está diciendo a los discípulos. Esta es la escena. Dentro de un par de horas Jesús está a punto de ser arrestado y, una o dos horas después, va a ser ejecutado; será juzgado sumariamente y ejecutado ese mismo día. Y la noche anterior está compartiendo con sus discípulos y les da estas instrucciones. Dice:

«…Hijitos míos, estaré con ustedes solo un poco más. Me buscarán y, así como se lo dije a los judíos, ahora se lo digo a ustedes: adonde yo voy, ustedes no vienen; mejor dicho, no pueden venir. Pero —dice— un mandamiento nuevo les doy: ámense unos a otros. Así como yo los he amado, ámense unos a otros. En esto conocerán todos que ustedes son mis discípulos: si se aman unos a otros».

Quizá lo que dijo Jesús vaya a suscitar más preguntas que respuestas. Por ejemplo, ¿por qué hace del amor, de entre todas las cosas, un mandamiento? ¿Puede alguien hacer eso? ¿Puede alguien realmente ordenarnos amar? ¿Y qué rayos, qué tiene esto que ver con la gente que muere en Roxbury o con toda clase de otros problemas sociales…? ¿Qué tiene esto que ver con nosotros? ¿Qué tiene que ver con mi vida? ¿Qué tiene que ver con mi drama? ¿Qué tiene que ver con mi situación? ¿Qué es esto?

Saben, caramba, casi estoy tentado a… Hace un momento escuché a Tina Turner: «¿Qué tiene que ver, qué tiene que ver el amor con esto…?». ¿Qué tiene que ver con esto? Para entenderlo, para saberlo, tienen que conocer algo acerca de la misión de Jesús. Por qué está aquí. ¿Por qué vino? ¿Y cómo piensa Jesús cumplir su misión? ¿Cuál es su misión?

Ahora bien, lo maravilloso de esto es que Jesús, esta Biblia, esta Palabra, no se muestra en absoluto tímida acerca de la misión de Jesús. Jesús sabía exactamente lo que hacía cuando vino a este planeta y sabía exactamente cómo iba a hacerlo.

Hay un versículo; ni siquiera es un versículo entero, sino medio versículo del libro de Primera de Juan. Es una carta que escribió el mismo hombre que escribió este Evangelio; escribió una serie de cartas a las iglesias, y en su primera carta a la iglesia —ni siquiera voy a pedirles que vayan allí; sencillamente voy a leérselo—, en la Primera Carta de Juan a las iglesias, capítulo 3, versículo 8 y medio —en realidad, es solo la segunda mitad de ese versículo—, Juan escribe esta oración declarativa:

«…La razón por la que apareció el Hijo de Dios…». Redoble de tambores, por favor. «La razón por la que apareció el Hijo de Dios fue para destruir la obra del diablo, para destruirla». Para destruir la pobreza, el temor, la vergüenza humana, la calamidad, la enfermedad y la muerte desde su raíz. Para destruir todo… Extraer y detener todo el veneno que ha estado corriendo por las venas de la existencia humana. Detenerlo desde su raíz. Arrancar de raíz la fuente misma de toda calamidad humana. Para destruir la obra del diablo.

Y, en el proceso de destruir la obra del diablo, Jesús se convirtió en la peor pesadilla del infierno. Jesús… ellos sabían que… las hordas del infierno sabían que Jesús había llegado, que venía en serio, que no estaba jugando y que había venido a hacer algo. Y hasta el día de hoy las tinieblas lo respetan. Hasta el día de hoy el infierno teme su solo nombre, porque él continúa esta obra. Continúa destruyendo la obra del diablo.

Ahora bien, ¿cómo lo hace? ¿Cuál es el arma que ideó Jesús y que resultó ser el terror de las legiones del infierno? ¿Cómo logra Jesús esto? ¿Cómo causa estragos en el infierno y en el diablo mismo, y revierte la maldición, como nos gusta decir a los aficionados de los Red Sox? ¿Cómo lo hace? ¿Qué hace para destruir la obra del diablo? Esta es su arma, y es muy sencilla: su amor. Bien.

Están poniendo los ojos en blanco porque esperaban que este evangelista dijera eso, ¿verdad? Su amor. ¿Y por qué ponen los ojos en blanco? ¿Saben por qué? Porque la palabra amor ha adquirido una reputación pésima. Es uno de los logros a los que Satanás dedica más esfuerzo, una de las cosas en las que más trabaja: quitarle los colmillos y neutralizar aquello que más miedo le da. Si nadie en este salón sabe siquiera qué es el amor ni tiene experiencia con él y, de hecho, cuando oyen la palabra amor, quizá la computadora de su cerebro esté procesando un dolor tremendo.

A veces, algunos de los peores dolores que han experimentado en su vida los han experimentado en nombre del amor; alguien, algo o alguna experiencia ha neutralizado, en el mejor de los casos, y ha invertido, en el peor, aquello mismo que hace poderoso al amor. Pero cuando comenzamos a entender el amor tal como Dios ama, comenzamos a entender cómo Dios ha tomado esta idea de su amor y la ha convertido en un arma.

Ahora bien, ¿alguna vez han oído esa palabra en este ambiente alimentado por Irak? Armamentización, convertido en arma. Para el Pentágono, la palabra «armamentizar» significa tomar algo normalmente inocuo e inocente, enfocarlo, concentrarlo y meterlo en el cañón de algo para hacerlo destructivo. Y lo que Dios le ha hecho al reino del infierno es tomar el concepto del amor y convertirlo en un arma. De manera que ahora el infierno se aterroriza ante la idea del amor.

Convertimos los átomos en armas. Los átomos son las sustancias más pequeñas, invisibles e inocuas del universo antes de que los descompongamos en sus elementos esenciales. Y a mediados del siglo XX alguien encontró una manera de tomar átomos que todavía no habían sido fotografiados, tomar átomos y encontrar la manera de crear con ellos las armas más aterradoras que posee este mundo. Hemos convertido los átomos en armas.

En el Pentágono hay personas muy ocupadas tratando de convertir el resfriado común humano en un arma. Algo que les dará gripe y los mantendrá en casa durante un par de días; alguna mente brillante del Pentágono está descubriendo la manera de aniquilar a miles de millones de personas convirtiendo virus y bacterias en armas.

Ahora bien, si creen que eso da miedo, así es como se sienten Satanás y sus demonios cuando se menciona el amor de Dios. Miren, en el infierno, cuando se menciona el amor de Dios se está hablando de un arma poderosa y aterradora, lo único que respetan, lo único que podría deshacer la obra del diablo. ¿Cómo?

Porque la cuestión es que Dios te ha dado autoridad a ti, León de Judá; te ha dado autoridad a ti, siervo de Dios; te ha dado autoridad a ti, hijo de Dios, para que ya no vivas con temor al infierno, sino que destruyas la obra del diablo en tu vida, en la vida de tu hogar, en la vida de tu familia, en la vida de tu vecindario y en la vida de las personas que más amas, las personas a las que más ha destrozado el diablo; él te está dando la herramienta para deshacer la obra del diablo. ¿Cómo lo hace? ¿Cómo convierte Dios su amor en un arma?

Pasó aquella noche con sus discípulos diciéndoles exactamente eso. Y vamos a ir allí; vamos a dedicar un par de momentos a eso, vamos a examinar esa conversación. Hizo algunas cosas y dijo algunas cosas que nos enseñan cómo convertir el amor de Dios en un arma para destruir la obra del diablo.

Les dice: «Escuchen, solo voy a estar con ustedes un poco más. Son 12; antes de que termine esta noche serán 11, y tienen en su contra al ejército romano, tienen en su contra a todas las instituciones religiosas posibles, tienen en su contra siglos de tradición, no tienen ni un centavo, no tienen una casa donde reunirse, no tienen presupuesto, no tienen líder. No tienen nada. Voy a irme dentro de un par de horas, pero les dejo algo y quiero que escuchen con mucha atención. ¿Están tomando notas? Si no captan ninguna otra cosa, discípulos, quiero que oigan esto: ámense unos a otros. ¿Lo dije con suficiente claridad? Se lo digo como un mandato; esto no es opcional: deben amarse unos a otros. Quiero que se amen unos a otros como yo los he amado. De la misma manera que me han visto actuar, espero que se amen unos a otros. ¿Quedó claro, Pedro, Andrés, Juan, Bethany? ¿Lo entendieron, muchachos? Serán mis discípulos si y solo si se aman unos a otros. ¡Entendido!».

Ahora bien, Jesús, ¿cómo hacemos eso? Bueno, aquella noche Jesús les deja algunas lecciones prácticas. Hace tres cosas. Más temprano esa noche —vayamos al versículo 1 del capítulo 13—, más temprano esa noche se reúnen para cenar, y esta es la escena. Era justo antes de la fiesta de la Pascua, y Jesús sabía que había llegado la hora de dejar este mundo e ir al Padre. Habiendo amado a los suyos que estaban en este mundo, ahora les mostró toda la magnitud de su amor. Levanten la mirada un momento:

lo primero que hace Jesús es entrar en nuestro mundo; entra en nuestro mundo.

Como ven, el amor —al menos el amor de Dios, la manera en que Dios ama— no puede darse a distancia. No es una filosofía, no es un sistema de creencias. Dios o iba a amarnos de cerca o no iba a amarnos en absoluto, y esa era toda la idea de la encarnación. Quizá hayan oído esa palabra antes. La oirán en Navidad, eso seguro, pero la palabra encarnación viene del latín «in carno», que significa «en la carne». Han oído eso. ¿Vienes? Sí, aquí estoy, en carne y hueso. ¿Qué significa eso? En persona. En otras palabras, un Dios al que se puede tocar, abrazar, escuchar, limpiar y matar; un Dios vulnerable. Cercano y personal, caminando por las calles con nosotros, escuchándonos, con nosotros en el mercado, con nosotros en los funerales, con nosotros en las bodas, caminando por el camino con nosotros, cenando con nosotros. Un Dios así.

¿De dónde creen que Hollywood sacó estas ideas? ¿Todos han visto la nueva película de Superman? Es una película estupenda, pero fui a verla y conseguí que Marina la viera por un tráiler, por un tráiler. Tiene uno de los tráilers más geniales que existen y, en uno de ellos, se oye la voz del padre hablando con Superman, el hijo. Y es increíble, y en la escena, los que la han visto… ah… es simplemente genial. Hombre, ¿por qué no pueden las escuelas dominicales idear cosas como esta?

Está literalmente flotando sobre el planeta Tierra, observándolo, y con su oído de Superman escucha todas las conversaciones que tienen lugar. Ya saben, todas las llamadas al 911, todas las llamadas de ambulancia. Lo escucha todo y, superpuesta, se oye la voz del padre diciendo: «Sabes, podrían ser un gran pueblo si alguien tan solo pudiera mostrarles la luz; por eso te envío a ti, mi único hijo». Eso sí que es algo. ¡Guau, Marina, se trata de la encarnación! Tenemos que ir, tenemos que ver esto. Eso es, eso es. Tenemos que ver esta película de Superman. ¿Y no es así?

Superman, nuestro Superman, cuelga su capa, se pone sus gafas de Clark Kent y camina entre nosotros, renuncia a sus poderes solo para estar cerca de nosotros, solo para estar cerca de nosotros. Este Superman podía sentir entonces el calor del sol en el desierto que él creó. Este Superman sintió punzadas de hambre, este Superman derramó lágrimas en los funerales de la gente. Este Superman bailó y cantó, comió y se alegró en las bodas de la gente. Este Superman sabe lo que es para una madre perder a un hijo, porque intervino en favor de muchas madres y muchas viudas. Y sabía que su propia madre iba a perder a su hijo. Este Superman sabía lo que era ser traicionado. Este Superman sabía lo que era ser asesinado. Este Superman sabía lo que era ser acusado injustamente. Este Superman sabía lo que era amar a las mismas personas que querían acabar con él. Y este Superman es el Dios al que adoramos.

Joan Osborne, allá por 1996 —ella es una artista de folk—, allá por 1996. El mayor éxito de su carrera es esta canción llamada «One of Us», y el estribillo dice más o menos así: «¿Qué pasaría si Dios fuera uno de nosotros, simplemente un desaliñado como uno de nosotros, simplemente un desconocido en el autobús, tratando de volver a casa?». Y durante un período de la historia, durante unos 33 años y medio, así fue nuestro Dios.

De modo que ahora, cuando oras, cuando vienes ante tu Dios y dices: «Señor, nunca me había sentido tan solo en mi vida», Dios, con toda autoridad, vendrá a ti y te dirá: «Lo sé». Sé lo que es estar solo. «Dios, lo que acabo de sentir, hombre, fue un dolor abrasador», y Dios, con toda autoridad, dirá: «Lo sé, eso debe doler. Sé lo que es el dolor». Así que, cuando le dices a Dios: «Dios, nadie parece saber por qué estoy aquí», tu Dios puede decir: «Yo sé por qué estás aquí. Sé que yo te he creado».

Ahora bien, ¿por qué haría esto? ¿Por qué se tomaría tantas molestias? Porque Dios no va a estar contento hasta entrar en tu mundo. No basta con que haya entrado en nuestro mundo. Dios quiere entrar en tu mundo. Quiere estar en el asiento de al lado contigo en el autobús, quiere estar contigo en el autobús, contigo en el automóvil, contigo en la residencia universitaria, contigo en las áreas comunes, contigo mientras estudias para el examen final, acompañándote al trabajo, trabajando contigo en tu próximo proyecto, enfrentándose contigo a tus ogros. Quiere estar contigo en Navidad, con tu tío y tu tía, y tu abuela y todo el drama del hogar. Quiere estar contigo en el próximo funeral. Quiere estar allí, cubriéndote con sus alas, en tu boda. Quiere estar contigo cuando des a luz a tu bebé. Quiere estar contigo cuando envíes a tu hijo a la universidad.

Y definitivamente quiere estar contigo apenas un segundo y medio antes de que partas de este mundo. Quiere estar contigo, sobre ti, a tu alrededor, dentro de ti. Quiere formar parte de tu mundo. Y no va a estar satisfecho hasta formar parte de tu mundo. Va a llamar, y llamar, y llamar a tu puerta y decir: «Me he acercado todo lo que podía acercarme para ser una parte concreta de tu drama, para responder a tus oraciones. Bien, te he oído quejarte del cielo. Te he visto mirar de esta manera. Te he oído preguntarte, he oído tu dolor; no puedo hacer nada más por ti hasta que esté dentro de tu mundo. Necesito ser una parte concreta de tu mundo».

Y Dios no va a estar contento hasta que lo sea. Así que lo primero que hace es formar parte de nuestro mundo. ¿Qué más hace?

El versículo 2 continúa: se estaba sirviendo la cena y el diablo ya había incitado a Judas Iscariote, con algún propósito, a traicionar a Jesús. Jesús sabía que el Padre había puesto todas las cosas bajo su poder y que había venido de Dios y regresaba a Dios.

Así que se levantó de la mesa, se quitó el manto y se ciñó una toalla a la cintura; después vertió agua en una palangana y comenzó a lavar los pies de sus discípulos, secándolos con la toalla que llevaba ceñida. Llegó a Simón Pedro, quien le dijo: «Señor, ¿vas a lavarme los pies?». Y Jesús respondió: «Ahora no te das cuenta de lo que estoy haciendo, pero más tarde lo entenderás». Y Pedro se ofende por esto y dice: «No, jamás me lavarás los pies». Y Jesús respondió: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo».

¿Qué es lo siguiente que hace? Entra en nuestro mundo y nos lava los pies. Ahora bien, ¿qué está sucediendo aquí? El trabajo que Jesús está haciendo estaba reservado para los esclavos; en esencia, estaba reservado para los sirvientes. En aquel entonces, cuando un invitado de honor entraba en tu casa, era costumbre que el esclavo o el sirviente del anfitrión de esa casa lavara los pies del invitado de honor. Un problema: los discípulos no tenían esclavos. Los discípulos no tenían sirvientes. Los discípulos eran simplemente los discípulos.

Oí decir a un comentarista que... Recordarán que hay varios pasajes de las Escrituras que relatan que discutieron sobre quién era el más grande. Y un comentarista sugirió que aquella discusión surgió entre los discípulos. Bien, ¿quién va a lavar los pies de quién? «Vamos, Bethany, te toca a ti». «¿De verdad? Mira, Andrew, no recuerdo la última vez que tú nos lavaste los pies». Y fueron pasando de uno a otro, y entonces Jesús sencillamente se levanta, se quita el manto, se pone una toalla y comienza a lavar los pies de la gente. La forma más baja de servicio que existía en aquel tiempo.

Ahora bien, ¿por qué se ofendería Pedro por eso? ¿Saben por qué? ¿A alguien de aquí le ha sucedido esto, que alguien le haya lavado los pies? Yo tuve una experiencia así. Cuando estaba en la universidad, un grupo cristiano universitario del que formábamos parte decidió que sería algo realmente genial para hacer. Así que los que éramos líderes del grupo fuimos por ahí lavando los pies de la gente; zapatillas deportivas, por supuesto, las Champion estaban de moda, terriblemente sudadas a las siete de la noche, bastante asquerosas; son personas maravillosas, pero creo que su higiene termina en los tobillos. Fue dramático. Y después nos tocó a nosotros. Entonces ellos tuvieron que lavarnos los pies, y no creo que yo fuera más higiénico que mis compañeros. Y después de aquello comprendí por qué eso nunca llegó a ser un sacramento, ya saben. Sí, no es algo divertido.

Así que ustedes lo entenderían. Si alguna vez han ido al médico y les han hurgado por ahí, ¿no conocen esa sensación? ¿En serio? Quiero decir, sencillamente no... Hay zonas de nuestro... que no queremos que toquen; no queremos que la gente toque ciertas regiones de nuestro cuerpo, de nuestra existencia. ¿Y saben qué? ¿Qué está tratando de decir Jesús con esto? Él no tiene miedo de ocuparse de los lugares desagradables de tu vida ni de tocarlos. No tiene miedo de tocar los lugares desagradables.

Miren, todos los tenemos. Todos tenemos esos corredores oscuros e innombrables de nuestra mente, de nuestro corazón y de nuestra existencia. Y saben de qué hablo, todos nosotros. Sabemos que somos capaces de grandes cosas. Sabemos que somos capaces de alcanzar la grandeza. Sabemos la clase de personas en las que podríamos convertirnos. Sabemos la clase de legado que podríamos dejar, y haríamos cosas maravillosas de no ser por ese defecto trágico, o esos dos, que sabemos que existen en lo más profundo de nosotros y que nos llevarían a la ruina, que echarían por tierra precisamente las cosas buenas que querríamos hacer.

En español hay un dicho, ya saben: «Lo que construyes con las manos, lo destruyes a patadas con los pies». Y muchos de nosotros podemos dar testimonio de eso: lo que hacemos con las manos lo estropeamos con los pies. Y Jesús está diciendo: «Entonces, déjame lavarte los pies. Déjame ir allí. Déjame llegar a ese punto concreto. Sé que lo tienes, ¿y sabes qué? Yo te creé, estoy orgulloso de ti. Creo que eres hermoso. Sé lo que puedo lograr a través de ti. Sé por qué estás en este planeta. Sé que te aguardan grandes cosas. Esto te está frenando, esto te impide conseguir aquello para lo cual te puse en este planeta. Eres increíble. Y en mis manos vas a hacer cosas increíbles, pero tienes que deshacerte de esto. Déjame tocarte. Déjame sanarlo. Entrégamelo. Déjame lavarte los pies».

Y esta noche mi desafío para ti es este: es absolutamente imposible que sorprendas a Dios. No hay nada en tu vida —el peor recuerdo, el acto más vergonzoso, la aventura más disparatada, la conversación más imposible de repetir, la noche más oscura—, no hay nada que puedas revelarle a Dios o confesarle a Dios que él no sepa ya y que no lo hubiera sorprendido ya. Y ya has cargado con eso bastante tiempo. Ya has pasado bastante por ese infierno. El diablo ya se ha aprovechado bastante de lo que escondes en el armario. Satanás te metió en esa trampa y ahora te está haciendo pagar el pasaje una y otra, y otra, y otra vez. Y déjame decirte que tu Dios no te creó para eso. Tu Dios te creó para que fueras libre. Tu Dios te creó para hacer cosas en este planeta. Tu Dios te creó para lograr grandes cosas. Tu Dios te creó para la belleza y para la grandeza, y para cosas maravillosas en este planeta y más allá. Pero tienes que dejar que te lave los pies.

Él dice: «Si no me dejas lavarte los pies, no tienes parte conmigo». Déjame lavarte los pies. Entrégame esas áreas de tu vida; yo sé que existen, tú sabes que existen. No engañas a nadie. Entrégamelas; tengo mi palangana, tengo mi toalla, tengo mi amor, y esta noche te lavaré los pies.

Así que entra en nuestro mundo, nos lava los pies y luego está este acto final: el Señor prepara a estos hombres para ello una y otra, y otra, y otra vez, porque era inconcebible incluso para ellos, aun después de tres años y medio de ministerio, que Jesús hiciera algo así. Incluso a esas alturas era inconcebible que Jesús intentara hacer esto. Jesús recibe la bala destinada a nosotros. Jesús muere en nuestro lugar para que podamos tener el cielo. El gran triunfo de su amor.

Vayamos al capítulo inmediatamente siguiente, que es Juan, capítulo 14. Ahora bien, Jesús acaba de darles esta instrucción. Se lo digo: ámense unos a otros; les ordeno que se amen unos a otros. Ámense unos a otros. Ámense unos a otros. «...Adonde yo voy no puedes seguirme ahora, pero me seguirás más tarde», le dice a Pedro. Y Pedro no puede soportar eso, así que Jesús dice: «No te preocupes, tú vas a pasar la noche más difícil de todas, Pedro, lo sé».

Pero luego les dice a todos, en Juan, capítulo 14, versículo 1: «No se turbe su corazón. Confíen en Dios; confíen también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones. Si no fuera así, se lo habría dicho. Voy allí para prepararles un lugar; y si voy y les preparo un lugar, volveré y los llevaré conmigo para que también ustedes estén donde yo estoy. Sé el camino al lugar adonde voy». Tomás les dijo: «Señor, no sabemos adónde vas, así que ¿cómo podemos conocer el camino?», y Jesús respondió: «Yo soy el camino, la verdad y la vida, y nadie viene al Padre sino por mí».

En esencia, dice: «Confíen en mí, los estoy llevando a algún lugar». Y muchos de nosotros, como Tomás, preguntamos: «¿Adónde? ¿Adónde nos llevas? ¿Dónde está ese lugar? ¿De qué se trata?».

Cuando piensan en la muerte... Uy, dije la palabra con m. ¿Dónde está eso? ¿De qué se trata? La muerte ha aparecido muchísimo en el Boston Globe. Ha aparecido muchísimo en el Herald; se ha repartido al por mayor en Roxbury y en Dorchester. Cuando Jesús ve la muerte, cuando Jesús ve la muerte —nuestra muerte, la muerte de los santos—, ¿de qué está hablando?

Dime qué piensas de tu muerte y yo podré decirte cómo vives tu vida. Háblame de tu muerte y podré decirte cómo vives tu vida. ¿Y saben qué? Les garantizo esto: la mayoría de nosotros —yo diría que la gran mayoría—, si nos preguntaran, diríamos que nuestro corazón nos dice que somos eternos. Nuestro corazón nos dice que fuimos hechos para vivir para siempre. Nuestro corazón nos dice que el cielo existe. De verdad. Y algunas de las personas de quienes menos lo sospecharían son precisamente las que más lo anhelan, las que más lo piden, las que más claman por este cielo. Cuando un drogadicto sufre una sobredosis, está intentando llegar a ese lugar. Está tratando de llegar a ese lugar donde está sintiendo ese dolor. Está tratando de llegar a ese lugar donde es libre de este planeta; está tratando de llegar al lugar donde lo que lo rodea, la obra del diablo, ya no puede alcanzarlo. Y eso es lo que intenta hacer cuando hace eso. Está tratando de llegar a ese lugar.

Cuando alguien —hombre o mujer; tenemos muchos en esta iglesia— pasa por una sucesión de relaciones sexuales y queda destruido... Grado a grado, cada vez que tiene uno de estos encuentros, como la mujer samaritana con la que Jesús se encuentra junto al pozo: «Este es tu... ya sabes, oye, sé que él no es tu marido; es el número seis, has tenido cinco». Y él está contemplando el naufragio, los restos destrozados de esta vida. No era acusación, era compasión. Veía que esta mujer estaba tratando de llegar a ese lugar. Y era incapaz porque ese no es el camino. Él es el camino.

Ahora bien, la literatura. ¿Qué piensan de la literatura humana? ¿Qué piensan de Hollywood? ¿Por qué creen que estamos llenos de estas imágenes? ¿Qué creen que puede mantener cautivado a un país durante tres años seguidos? Ya saben, ¿de dónde creen que sacamos ideas como estas? Ya saben, Mordor, elfos, orcos; ya saben, una belleza que resplandece como cascadas y que nunca existió salvo en el sueño más desbordado de un pintor. ¿De dónde vienen estas imágenes? Las Crónicas de Narnia. ¿Qué recursos de la mente humana creen que producen estas imágenes? ¿De dónde vienen? Les diré de dónde vienen. Vienen de nuestro corazón diciéndonos: «Este lugar existe», y del deseo de llegar allí.

Y Jesús está aquí diciendo: «He estado en Narnia. Narnia existe. Es un lugar hermoso. Lo he creado para ustedes. Ustedes pertenecen allí. Quiero llevarlos allí».

Sabes, yo ya era un hombre adulto cuando por fin leí Las crónicas de Narnia, y cuanto más las leía, más aprendía sobre cristología y sobre el carácter de Jesús por medio de ese león del libro, Aslan, esa imagen que creó C. S. Lewis. Y en el último libro —no se preocupen, hay mucho que leer, así que no se lo estoy arruinando—, pero en el último, ultimísimo libro de la serie, un libro llamado «La última batalla», en la última página y el último párrafo, dice: «El sueño ha terminado. Esta es la mañana». Y mientras hablaba, él, este Aslan, ya no les parecía un león. Pero las cosas que comenzaron a suceder después de aquello fueron tan grandiosas y hermosas que no puedo escribirlas; y para nosotros este es el final de todas las historias, y podemos decir con toda verdad que vivieron felices para siempre. Pero para ellos era apenas el comienzo de la verdadera historia. Toda su vida en este mundo, todas sus aventuras en Narnia, no habían sido más que la portada y la página del título. Ahora, por fin, comenzaban el capítulo uno de la gran historia que nadie en la tierra ha leído, que continúa para siempre y en la cual cada capítulo es mejor que el anterior.

C. S. Lewis, cuando no hablaba de cuentos infantiles, solía referirse a este planeta como las tierras de sombras. Lo único que hacemos es vivir entre sombras. La realidad nos espera; hay más. Y el amor de Jesús, el amor de Jesús, es el camino para llegar allí.

Solo voy a terminar dejándoles esto. El pastor Roberto ha estado leyendo el libro de Efesios, y esta es una promesa que el Señor está haciendo. Así es como llegamos allí.

«En cuanto a ustedes, estaban muertos —este es el capítulo 2—; en cuanto a ustedes, estaban muertos en sus transgresiones y pecados, en los cuales vivían cuando seguían los caminos de este mundo y del gobernante del reino del aire, el espíritu que ahora actúa en quienes son desobedientes: la obra del diablo. Todos nosotros también vivimos entre ellos en otro tiempo, satisfaciendo los deseos de nuestra naturaleza pecaminosa y siguiendo sus deseos y pensamientos. Al igual que los demás, éramos por naturaleza objetos de ira. Pero, por su gran amor por nosotros, por su gran amor por nosotros, Dios, que es rico en misericordia, nos dio vida con Cristo, aun cuando estábamos muertos en transgresiones; por gracia ustedes han sido salvados».

La invitación es a recibir esa gracia, a recibir ese amor y, una vez que lo hayan recibido, dejar que haga su obra. El amor de Dios se encargará de la obra del diablo que ha estado afligiendo su vida, que ha estado limitando su vida, que les ha estado impidiendo convertirse en la persona que saben que Dios los creó para ser. En el nombre de Jesús, reciban su amor.

¿Por qué no inclinan la cabeza allí donde están? Simplemente reciban esta oración.

Voy a arriesgarme. Si estás aquí esta noche y nunca has recibido abiertamente el amor de Jesús ni has dicho: «Quiero recibir a Jesús como mi Salvador. Quiero recibir su amor. Quiero formar parte de la historia. Lo quiero en mi mundo. Lo quiero cerca, de manera personal y dentro de mi trabajo, no como una religión. No quiero que él sea mi religión. Lo quiero dentro de mi vida». Si no puedes recordar un momento en el que le hayas pedido que te lave los pies, y si la idea de la muerte sin Jesús todavía te aterroriza y necesitas que él te rescate de ese temor, voy a invitarte a levantar la mano y voy a invitarte a recibir su amor esta noche. Si ese eres tú, levanta la mano. Dios te bendiga, y Dios ve eso. Dios ve eso. Dios vuelve a ver eso.

Ahora voy a pronunciar una oración especial sobre ti. Voy a hacer una oración especial por ti. Mantén la mano levantada, porque le estás diciendo algo al Señor, y él también se está comunicando contigo.

En el nombre de Jesús, recibe el amor de Dios. En el nombre de Jesús, recibe su presencia y su vida. En el nombre de Jesús, recibe el abrazo de tu Padre celestial. En el nombre de Jesús, bienvenido a casa. Bienvenido a casa. Bienvenido al lugar al que perteneces, a la mesa de tu Padre. En el nombre de Jesús, declaro la protección de Dios sobre tu vida.

Ahora di esto en tu corazón o en voz alta, y haz esta oración conmigo: Padre, vengo a ti por la invitación del nombre de Jesús. Declaro que sin ti estoy perdido. Declaro que necesito un Superman. Declaro que necesito un Salvador, y te pido que seas mi Salvador, que perdones cada estupidez que he hecho contra ti, que me laves los pies, que me hagas íntegro y me des el cielo. Y dame el cielo. Y recibo tu amor en el nombre de Jesús.